Julio Castillo
El Chasque 227
06/3/2026
En medio del desierto marroquí se alzan torres de sonido preparando una fiesta “rave” o festival de música electrónica. En ese contexto, un padre, su hijo más chico y su perro buscan a su hermana que ha desaparecido, supuestamente siguiendo las fiestas electrónicas en diferentes lugares. Por un lado la inmensidad del desierto, por otro, la fiesta electrónica rodeada de una naturaleza que contempla ese ritual desde una soledad absoluta y un paisaje que lleva en pie cientos de miles de años. Mientras la erosión fluvial y eólica formaba su imponente muro escarpado ya iniciado el cuaternario, alguno de nuestros predecesores, en algún lugar de África, se esforzaba por sacarle rendimiento a una piedra afilada. Esas paredes han estado ahí mucho antes de que nuestra civilización dominara el planeta, pero han convivido con nosotros como especie. Más que un simple pasatiempo, parece una ceremonia para conectar con la roca. La electrónica inunda el lugar. Paradójicamente, el sonido procedente de los instrumentos más sofisticados del ser humano resulta extrañamente primitivo, como vibraciones telúricas procedentes de la misma era que vio nacer al barranco y al ser humano. Como si ese sonido llevara en nuestros genes desde el principio, y nuestros enormes equipos musicales solo lo hubieran despertado.
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