Alfredo Cuesta
El Chasque
30/8/2026
Imaginemos, por un segundo, una superficie totalmente blanca. Una hoja despojada de adornos, de matices, de colores amables. Imaginemos una línea negra, gruesa, trazada a tinta pura, que interrumpe ese vacío.
No hay paisaje de fondo. No hay sombras decorativas. Solo la urgencia del trazo sobre el papel.
En el centro de esa hoja, un niño descalzo, con la ropa raída y las manos cruzadas a la espalda. Tiene diez años. Los mismos diez años que tenía en 1948, cuando sufrió en carne propia la violencia de la Nakba: la matanza, el despojo y la expulsión sistemática ejercida por las fuerzas armadas y las milicias sionistas que arrasaron su aldea natal de Al-Shajara, en la Galilea palestina, forzándolo a sobrevivir en el hacinamiento del campo de refugiados de Ain al-Hilweh, en el Líbano.
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