Socióloga Liliana Pertuy
El Chasque 227
06/03/2026
Ese espíritu puede alinearse con los intereses populares o con los de quienes los van a explotar: miremos el mundo en guerra; Donald Trump fue electo. La victoria política está precedida por una batalla cultural. Como decía Mao Zedong, lo real —lo único real— es el poder.
Mientras tanto, estudiemos, analicemos y discutamos sin miedo. No se trata solo de campañas electorales ni de camuflarnos según lo que creemos que prefiere la sociedad. Se trata de la audacia de construir un nuevo espíritu de época.
En ese espíritu hay que incorporar todos los elementos que lo constituyen. La banalización de los conceptos, la superficialidad con la que nos informamos y la papilla digerida de ideas que nos dan masticadas y casi deglutidas los supermillonarios dueños del poder y de las estructuras y medios de dominación no son una casualidad.
El uso de “woke” surgió dentro de la comunidad negra de Estados Unidos y originalmente quería decir estar alerta frente a la injusticia racial, como tantas tradiciones de lucha en ese país. William Melvin Kelley, en 1962, publicó un ensayo en The New York Times titulado If You’re Woke, You Dig It (“Si estás despierto, lo entiendes”), donde ya registraba esa expresión.
Por ejemplo, ese es el significado literal de la palabra “woke”: el pasado de “wake”, que significa despertar.
El término resurgió con el movimiento Black Lives Matter, que nació en rechazo a la brutalidad policial hacia personas afrodescendientes. Esta vez su uso se difundió más allá de la comunidad negra y empezó a significar algo más amplio. Suena como algo positivo, ¿verdad?
Para las personas “woke”, se trata de una forma de protesta no violenta que permite empoderar a grupos históricamente marginados y corregir comportamientos sobre todo de los sectores más privilegiados— que persistían sin castigo ni cambio.
Pero este concepto, bien intencionado, es tergiversado y utilizado por los dominadores para denostarlo. El propio Oxford English Dictionary hace una distinción: debajo de la definición agrega que la palabra a menudo se usa con desaprobación por parte de quienes consideran que otras personas se ofenden con demasiada facilidad o hablan demasiado sobre estos temas sin generar cambios reales.
Los críticos de la cultura “woke” cuestionan, sobre todo, los métodos considerados coercitivos que utilizan algunos “policías de la palabra” —así los definen— contra quienes dicen o hacen algo que perciben como misógino, homofóbico o racista.
En particular, señalan el método conocido como “cancelación”: un boicot social y profesional, generalmente impulsado a través de redes sociales, contra individuos que actuaron o dijeron algo considerado intolerable.
Disputa política
Lo que empezó como un choque cultural se fue transformando en un enfrentamiento político. Mediatizan y mediocrizan las ideas: te ofrecen un paquete para que te sientas bien y no cuestiones. Los dueños del poder manipulan. Y si no tienes capacidad de pensamiento crítico, si no te interrogas ni interrogas tu realidad, te transformas en funcional al sistema: algo así como autocobrarte en el supermercado.
La llamada “cultura de la cancelación” puede terminar favoreciendo al sistema: cuanto menos opines y cuestiones estructuralmente, más manipulable eres.
Logramos masificar la lucha por los derechos de las mujeres en el mismo año en que el término “woke” volvió a popularizarse (2017). Sin embargo, con el paso de los años no se lograron profundizar esos derechos en la misma proporción. Más aún: la reacción logró instalar una brecha contra los movimientos feministas, balcanizar al movimiento y licuarlo.
Las más inexpertas —recién llegadas con esta cultura “soft”— pueden confundir lo importante con lo accesorio, incluso rechazar a las “viejas”, sin comprender que venimos enlazadas en luchas que se remontan a las pioneras.
Esto también ha sucedido en nuestro país, incluso desde mujeres de izquierda y desde frenteamplistas, cuando hemos sido impulsoras de leyes y políticas que hicieron avanzar derechos, tomando las reivindicaciones del movimiento de mujeres. El Frente Amplio es el único sector político que incorporó en su Declaración de Principios, desde el Congreso Rodney Arismendi (diciembre de 2016), las definiciones de antipatriarcal y antirracista.
Cultura selfie
Hay un vaciamiento de contenidos. Lo importante es “haber estado”. Para ello te sacas la foto con “el importante”, con tu teléfono —que es además tu gran orientador ideológico—, lo etiquetas. Te acerca, pero mientras tanto tú eres objeto de él. Miremos el caso Jeffrey Epstein.
Nombrar gente importante te hace “pertenecer” en el instante del flash.
En el fondo —o en el centro— hay un sistema desigual que no actúa inocentemente. Se necesita desigualdad para alimentar la estructura patriarcal y capitalista donde se ejerce el poder, que es lo verdaderamente real. Y si observas con atención, ese poder es ejercido directamente por hombres supermillonarios que quieren más poder, porque eso es lo que vale dentro de esa lógica.
Someten a mujeres, a niñas y niños. Epstein y su red de millonarios pedófilos y pederastas. Aquí, el caso Gustavo Penadés y los ricos y poderosos involucrados en la Operación Océano.
No sigas engordando el poder
Hay que lograr que la democracia no se limite al voto; de lo contrario, solo favorecerá a las élites, que tienen una mirada instrumental y buscan elegir representantes que garanticen sus privilegios.
Dotar a la democracia de otras formas de participación, incidencia, escucha de reclamos y construcción de soluciones la ensancha y, sobre todo, genera empoderamiento real de los sectores subalternos.
Recuerda: lo real siempre es el poder. Y el poder de las grandes mayorías es pensar, unirse y organizarse.
Mujeres: únanse y piensen desde su existencia. Tengan la certeza de que es la única forma de disputar poder.
