Muchas preguntas sin responder
Socióloga Liliana Pertuy
El Chasque
19/03/2026
En un intercambio con mi hijo acerca de la exploración marítima sobre la existencia de petróleo, le pregunté, a modo de reflexión: ¿nunca pensaste que nuestro relativo desarrollo y nuestra mejor situación de equidad en el continente más desigual del planeta también tienen que ver con aquello de que éramos una “tierra de ningún provecho”?
Eso significó una colonización tardía y posibilitó una distancia importante con los centros de poder de la época. No significa una colonización suavizada, porque existió genocidio de los pueblos originarios, pero el poco interés nos dio cierto respiro.
Ser “tierra de ningún provecho” también nos “habilitó” a que los imperialismos de turno —incluido el inglés, que nos creó— se mantuvieran con una dominación más alejada. Instruyeron a la burguesía local para que fuera funcional a sus intereses mercantiles. Y Estados Unidos, como no tenemos petróleo, tampoco se ha interesado demasiado en nosotros: con nuestro tamaño bastaría con envenenarnos el agua para someternos.
Claro que él me retrucó —y con razón—: entonces, ¿no tenemos que desarrollarnos?
Quedé pensando. Y, valga la redundancia, hay que pensar en otras formas de desarrollo, no solamente en la que nos ha impuesto Occidente. No sabemos si será posible, pero tampoco sabemos si será imposible.
¿Nos garantizará encontrar petróleo una buena vida?
¿Se ampliará nuestro horizonte de libertad, justicia social y equidad?
Me puse a releer algunos apuntes que tenía de antes y me encontré con cosas interesantes.
¿El desarrollo es solamente económico?
¿Cuánto influye el desarrollo social y humano en el desarrollo?
¿Los países llamados desarrollados lo son solamente porque son ricos?
Lo primero que conocemos es una forma de desarrollo que remite al dominio de la ciencia moderna y a la destrucción de las formas de conocimiento de los pueblos sometidos bajo el colonialismo. Es la imposición de una sola idea de desarrollo, subsidiaria y componente del desarrollo del imperio. Esa es la que conocemos hasta ahora.
Boaventura de Sousa Santos, en su libro Democratizar la democracia (2005), nos daba una clave. Aunque hayan pasado tantos años —cientos de años— plantea recuperar los saberes y las racionalidades que nos han antecedido. No desestimar ni desperdiciar esa racionalidad. Hacer dialogar y cuestionar la racionalidad moderna.
En otras palabras, reducir la unidad totalizante de la razón moderna y hacerla coexistir con otras racionalidades, asumiendo que cualquier totalidad está siempre compuesta de cierta heterogeneidad, a la que sus partes pertenecen de manera precaria.
El instrumento propuesto es una ecología de saberes, capaz de otorgar reconocimiento a las prácticas cognitivas de las clases, pueblos y grupos sociales oprimidos; contrarrestar el arquetipo moderno de conocimiento y establecer las condiciones de posibilidad del diálogo entre conocimientos diversos.
Suena mágico, pero es muy real. Además, estamos en este continente donde lo mágico y lo real coexisten al mismo tiempo.
Lo segundo es situarnos en este continente, en su historia y en cómo han sido sus desarrollos desiguales. Ese análisis me lleva al desafío de reconsiderar profundamente los ejes de la relación entre capitalismo, colonialismo y patriarcado.
Des-pensar la naturalización del capitalismo mediante la acción de una economía en otros términos.
Des-pensar la naturalización de una democracia de baja intensidad, reconociendo la diversidad democrática del mundo. “Democratizar significa des-pensar la naturalización de la democracia liberal representativa y legitimar otras formas de deliberación democrática”. A esto nos anima Boaventura.
Descolonizar significa des-pensar “el racismo justificado como resultado de la inferioridad de ciertas razas o grupos étnicos y no como su causa”. Pensar el subdesarrollo y la falta de oportunidades como resultado también de la asimilación cultural de los pueblos sometidos, que siempre han cumplido roles secundarios y de proveedores de materias primas.
Se trata de un proyecto que otorga credibilidad a nuevas formas de relación entre la tierra, la producción y la tecnología; que reconoce la diversidad democrática y la búsqueda de nuevas conexiones entre distintos modelos democráticos.
Desmercantilizar, democratizar y descolonizar es, asimismo, des-pensar las naturalizaciones en todos los ámbitos de las constelaciones sociales del poder: la comunidad. En este nivel también entran las formas en que nos organizamos desde la comunidad, las organizaciones sociales, políticas y el Estado. La economía, la escuela, la familia, el lugar de trabajo, etc.
Descolonizar significa, en última instancia, refundar el concepto de justicia social, incluyendo en la igualdad y en la libertad el reconocimiento de las diferencias, de los distintos conocimientos y de sus formas de conocer, y hacer justicia con nuestra historia.
En el fondo, se trata de un problema de empuje democrático. Por eso serán las concepciones no hegemónicas —que vinculan la democracia con una forma de vida (formas de democracia directa, comunitaria, asamblearia, etc.)— las que propondrán criterios distintos para el reconocimiento de las diversidades.
Claro que la imposición hegemónica fue un gran invento del capitalismo para su desarrollo, pero es hora de pensar distinto. Su complejidad radica en la convivencia entre el reconocimiento de la diversidad y lo distinto.
Cuando el mundo parece encaminarse nuevamente hacia un enfrentamiento supremacista, nosotros deberíamos, como continente, unirnos en el respeto y la diversidad de nuestras riquezas.
¿Cómo me fui de la prospección sísmica en nuestro mar territorial a democratizar, descolonizar y desarrollarnos?
Porque nuestro desarrollo, en la etapa actual, debería pensarse desde esta multivariedad de componentes. Y no sé qué es primero. O si los distintos componentes se pondrán en juego para generar una nueva forma de desarrollo.
