XXII – Los últimos días-El Talón de Hierro

Jack London

“—Sólo faltaba esto en la confusión universal —exclamaba Ernesto—. ¿Cómo esperar que ninguna solidaridad se asiente en medio de estas tendencias divergentes y contrarias? Realmente, este movimiento religioso adquiría proporciones formidables.
Como consecuencia de su desilusión sobre todas las cosas terrenales, el pueblo estaba maduro e inflamado de un anhelo por un cielo en el que sus tiranos industriales entrarían más difícilmente que un camello por el ojo de una aguja.”

El Chasque
01/04/2026
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En esta increíble obra de anticipación, escrita en 1907 en Estados Unidos, Jack London, su autor, describe con gran lucidez el desprecio de la gran burguesía y sus representantes en el gobierno ante el sufrimiento de la clase obrera, trabajadores y pueblo en general.

Trump encabeza una nueva escalada de agresión y violencia en el mundo, a Venezuela y el secuestro de Maduro y su esposa, agrega Cuba y su bloqueo genocida, después la guerra abierta junto a Netanyahu, contra Irán que ha sumido al mundo en una nueva crisis que no se sabe donde termina. Esta obra nos explica, en forma novelada, una anticipación de lo que vivimos hoy. Explica el fenómeno del fascismo, como los monopolios, los trust y los cárteles generan una nueva etapa, más salvaje aún, del capitalismo, el imperialismo, llevando a la humanidad a una profunda crisis y al borde del abismo. Aquí relata la traición de una aristocracia obrera, que comprada por la oligarquía, logran abortar el levantamiento popular, sumiendo al resto de los trabajadores en el abismo más cruel.

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CAPÍTULO XV -LOS ÚLTIMOS DÍAS

FUE a fines de enero de 1913 cuando se manifestó públicamente el cambio de actitud de la Oligarquía hacia los sindicatos privilegiados. Los diarios anunciaron un aumento de salarios sin precedentes, al mismo tiempo que una reducción de las jornadas de trabajo para los empleados de los ferrocarriles, los trabajadores del hierro y del acero, los mecánicos y los maquinistas.

Ultrajado, el mundo del trabajo continuó tomándose venganza de los renegados. Las castas surgieron automáticamente: los hijos de los traidores eran perseguidos por los de los traicionados, al punto de que no podían corretear en las calles ni asistir a las escuelas. Sus mujeres y sus familias padecían un verdadero ostracismo, y hasta el almacenero de la esquina era boicoteado si les vendía provisiones.

El resultado fue que, repudiados por todos y refugiados en sí mismos, los traidores y sus familias formaron clanes. Viendo que era imposible estar seguros en medio de un proletariado hostil, se establecieron en nuevas localidades habitadas exclusivamente por sus semejantes. Los oligarcas favorecieron este movimiento. Para uso de los obreros y privilegiados se construyeron casas higiénicas y modernas, rodeadas de espacios amplios, de jardines y de campos de juego. Sus niños concurrieron a escuelas creadas para ellos con cursos especiales de aprendizaje manual y de ciencias aplicadas. Así, desde el comienzo, y de manera fatal, de este aislamiento nació una casta. Los miembros de los sindicatos privilegiados se convirtieron en la aristocracia del trabajo y quedaron separados de los demás obreros. Mejor alojados, mejor vestidos, mejor alimentados, mejor tratados, participaban del queso con frenesí.

En tanto, el resto de la clase obrera era tratado más duramente que, nunca. Les quitaron muchos de sus magros privilegios; sus salarios y su nivel económico bajaron rápidamente.

Mientras la tierra entera se despedazaba con sus conflictos, la paz estaba lejos de reinar en los Estados Unidos. La defección de las grandes sindicatos había impedido la rebelión de nuestros proletarios, pero la violencia estaba desencadenada en todas partes. Además de los tumultos de los obreristas, además del descontento de los granjeros y de lo que subsistía de las clases medias, se encendía y propagaba un renacimiento religioso. Una rama de los Adventistas del Séptimo Día acababa de surgir y tornaba un notable desenvolvimiento. Sus fieles proclamaban el fin del mundo.

—Sólo faltaba esto en la confusión universal —exclamaba Ernesto—. ¿Cómo esperar que ninguna solidaridad se asiente en medio de estas tendencias divergentes y contrarias? Realmente, este movimiento religioso adquiría proporciones formidables.

Como consecuencia de su desilusión sobre todas las cosas terrenales, el pueblo estaba maduro e inflamado de un anhelo por un cielo en el que sus tiranos industriales entrarían más difícilmente que un camello por el ojo de una aguja. Predicadores de torva mirada vagabundeaban por todo el país; a pesar de todas las prohibiciones de las autoridades civiles y de las persecuciones decretadas contra los delincuentes, en incontables reuniones de campamentos se atizaban las llamas de ese fanatismo religioso.

«Han llegado los últimos días —gritaban—; ya comenzó el fin del mundo». Habían sido desencadenados los cuatro Vientos y Dios había agitado a las naciones para la lucha. Fue una época de apariciones y de milagros. Eran legión los profetas y los videntes.

Por centenas de millares, las gentes abandonaban el trabajo y huían alas montañas para aguardar allí el inminente descenso de Dios y la ascensión de ciento cuarenta y cuatro mil elegidos. Pero Dios no aparecía y morían de hambrea millares.

Y los socialistas decían:
—Tenemos con nosotros a millones de descontentos y de pobres. Se han incorporado a nuestras filas los granjeros, los chacareros, la clase media y los jornaleros. El sistema capitalista va a saltar en pedazos. Dentro de un mes enviaremos cincuenta diputados al Congreso. Dentro de dos años, todos los puestos oficiales serán nuestros, desde la presidencia de la Nación hasta el empleo municipal en la perrera.

A lo que Ernesto replicaba, meneando la cabeza:
—¿Cuántos fusiles tenéis? ¿Sabéis dónde encontrar plomo en cantidad suficiente? ¡Ah!, y por lo que se refiere a la pólvora, creedme, las combinaciones químicas son más poderosas que las mezclas mecánicas.

Continuará.
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I- Los metafísicos

II – Los metafísicos

III- Los Mercenarios -El Talón de Hierro

IV – La lucha de Clases -EL TALON DE HIERRO

V – Esclavos de la máquina -El Talón De Hierro

VI- El capitalismo salvaje- El Talón de Hierro

VII- Las fuerzas de la Revolución

VIII – La clase capitalista se ha hecho pasible del delito de mala administración

IX -La lucha de clases: ¡El Poder! Verdaderamente, es la reina de las palabras, la última palabra

X – Así actúa la clase dominante: Si no puedes convencerlos, cómpralos… y si no…

XI- Para el sentido común, solo un loco puede “estar en desacuerdo radical con nuestras más sanas conclusiones.”

XII-Los destructores de máquinas -El Talón de Hierro

XIII-Los destructores de máquinas -2-El Talón de Hierro

XIV– La convicción de un comunista-El Talón de Hierro

XV– La convicción de un comunista-2-El Talón de Hierro

XVI–Convicciones de un comunista-3-El Talón de Hierro

XVII–La democracia es aplastada por El Talón de Hierro

XVIII– Ante la infamia de la Oligarquía, solo queda la lucha -El Talón de Hierro

XIX – La Clase Dominante no perdona-El Talón de Hierro

XX – La Huelga general -El Talón de Hierro

XXI – El comienzo del Fin- El Talón de Hierro

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