Fuente: hormigaroja.uy
Nicolás Marrero
El Chasque 231
3/04/2026
I. La fusión del capital tecnológico y el aparato militar
No es frecuente que un contrato gubernamental revele con tanta transparencia la mutación interna del capitalismo contemporáneo. En julio de 2025, el Departamento de Defensa de Estados Unidos y la empresa Palantir Technologies formalizaron un acuerdo por valor de diez mil millones de dólares. Pero el monto, aunque abrumador, es secundario. Lo sustantivo es que, a través de setenta y cinco disposiciones operativas, se transfirieron a una corporación privada funciones que hasta hace poco constituían el núcleo mismo de las funciones militares estadounidenses. La ceremonia tuvo un detalle adicional: el secretario de Defensa confirió grados de teniente coronel honorario a ejecutivos de Palantir, Meta y OpenAI. Lo que en apariencia era un gesto protocolar se convertía, en los hechos, en la disolución simbólica de la frontera entre la jerarquía castrense y la cúpula tecnológica.
Esta convergencia no es un accidente ni una concesión puntual. Es la manifestación de un proceso histórico que, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, algunos analistas identificaron como la fusión del capital industrial con el capital bancario en el seno del imperialismo, donde los Estados imperialistas se organizaban para ir a la guerra a defender “su capital nacional”. Un siglo después, esa fusión ha adquirido una nueva forma: la integración orgánica entre el capital monopolista tecnológico y el aparato militar del Estado. La novedad no es la alianza, sino el hecho de que la tecnología se ha convertido en el terreno privilegiado donde se dirimen tanto la acumulación como la capacidad de coerción. Lo que hoy presenciamos no es una crisis que interrumpe un orden pacífico, sino la puesta en transparencia de lo que el capitalismo siempre fue: un estado de guerra permanente que se presenta como normalidad. Las cifras, los contratos, los algoritmos de exterminio no son excepciones; son el rostro desnudo de una paz que nunca existió.
II. Gaza: genocidio asistido algorítmicamente
El caso del genocidio en Gaza ofrece la ilustración más cruda de esta simbiosis. Según una investigación publicada por +972 Magazine, Palantir comanda acciones bélicas del gobierno israelí de Netanyahu. Los sistemas de Palantir alimentan un programa conocido como «Lavender», que asigna a cada habitante de la Franja una puntuación numérica en función de su probabilidad de pertenecer a organizaciones armadas o militantes. Seis oficiales de inteligencia israelíes confirmaron que los resultados eran tratados como decisiones humanas: la máquina no se verifica, se obedece. El genocidio del pueblo palestino (más de setenta mil asesinados a enero de 2026, según la ONU) no es un subproducto fortuito, sino el corolario “lógico” de un sistema diseñado para optimizar la velocidad de los bombardeos a costa de la verificación humana.
Lo que aquí se observa es un fenómeno que bien podría denominarse como un genocidio asistido algorítmicamente. No porque los algoritmos decidan, sino porque reorganizan el proceso de toma de decisiones militares de un modo que hace más eficiente la producción de víctimas civiles. Un ejecutivo de Palantir, interrogado sobre la masacre bajo este método, respondió con una frase que difícilmente hubiera pronunciado en público hace una década: señaló que se asesinó «Mayormente terroristas, es cierto». Alex Karp, director de la empresa, lo había anticipado con una honestidad inusual: «nuestro producto es usado en ocasiones para matar personas». La normalización de esta declaración en el discurso corporativo es un síntoma de hasta qué punto la industria tecnológica ha interiorizado su función en la cadena letal del Estado.
No se trata, además, de una aplicación confinada a zonas de guerra. Documentos filtrados en 2026 muestran que Palantir suministra a la agencia migratoria estadounidense ICE una herramienta llamada ELITE, que ingiere datos de Medicaid (el programa de salud pública para personas pobres del gobierno estadounidense) para elaborar mapas de deportación. La misma lógica que clasifica edificios en Gaza como objetivos se aplica ahora a barrios en Minnesota. La tecnología ensayada en los territorios coloniales retorna a la metrópoli como técnica de control social. En ambos casos, el efecto no es solo la muerte o la deportación, sino la producción de un nuevo tipo de subjetividad: aquella que acepta su propia existencia como un dato dentro de una base de control, una puntuación que decide su valor.
III. El autómata fascista
La analista Francesca Bria ha acuñado un concepto útil para pensar esta constelación: el «Complejo Tecnológico Autoritario». Lo describe como una arquitectura integrada (una «pila» o «stack» en el lenguaje informático) que no reemplaza a las instituciones democráticas mediante un golpe clásico, sino que las vacía silenciosamente a través de contratos de software y capital de riesgo.
Palantir opera como una suerte de sistema operativo del gobierno estadounidense, pero su radio de acción es global. El Servicio Nacional de Salud británico le ha confiado sus datos por 330 millones de libras, al tiempo que el Reino Unido sellaba una alianza en inteligencia artificial para defensa por 1.500 millones. Alemania ha destinado 25 millones de euros a vigilancia policial con su tecnología; Italia, Francia y Polonia han suscrito acuerdos similares. En ningún caso mediaron debates parlamentarios significativos. En América Latina, estos acuerdos con Palantir se encuentran en curso con diversos gobiernos derechistas y ultraderechistas de la región.
Sin embargo, la relevancia de Palantir no se agota en su penetración contractual. La empresa ha comenzado a explicitar en los últimos años una visión ideológica que evidencia la transición política de las «Big Tech» de Silicon Valley. A diferencia de otras grandes tecnológicas, que solían presentarse como plataformas neutrales, Palantir reivindica abiertamente su alineamiento político y geopolítico. Esa posición quedó plasmada en el libro The Technological Republic, escrito por su CEO Alex Karp, donde se sostiene que las empresas tecnológicas deben colaborar activamente con los Estados occidentales (con el gobierno de Trump en primer lugar) en materia de defensa, inteligencia y seguridad. En esa misma línea, el cofundador Peter Thiel, también autor del influyente Zero to One, defiende la idea del ocaso de la democracia liberal y apuesta por formas concentradas de dominio de poder tecnológico. No es casual, que se los haya señalado como propagandistas de un nuevo «fascismo tech».
Más que una simple empresa de software, Palantir se posiciona como un actor clave en la articulación entre el sector privado y el aparato estatal. Sus sistemas son utilizados por agencias como la CIA y la NSA, así como por fuerzas de seguridad y gobiernos en distintos países. Su expansión se inscribe en un contexto marcado por el fortalecimiento de la vigilancia digital tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, donde la gestión masiva de datos pasó a ser central para la «seguridad nacional norteamericana». Se presenta como parte del bloque occidental en la disputa tecnológica global, particularmente frente a China, y defiende la idea de que la tecnología no es neutral, sino una herramienta que debe estar al servicio del proyecto político trumpista.
Este posicionamiento ha generado críticas desde distintos sectores, que advierten sobre los riesgos de consolidar formas de «gobiernos algorítmicos» antidemocráticos, dónde decisiones sensibles, desde políticas migratorias hasta prácticas policiales y operaciones militares, son cada vez más mediadas por sistemas automatizados desarrollados por actores privados. En ese cruce entre tecnología, poder y seguridad, Palantir aparece como un caso paradigmático de las nuevas formas que adopta el capitalismo contemporáneo: un modelo donde la acumulación no solo se apoya en el consumo masivo, sino también en la provisión de infraestructuras de datos para la gestión del Estado, el control social y el exterminio de poblaciones.
Lo que aquí se configura, sin embargo, no es un mero autoritarismo tecnológico. Es una nueva forma de gobierno que no se expresa (aún) como partido único, pero que se ejerce a través de máquinas de guerra que integran a los humanos como sus componentes, como diría Mauricio Lazzarato. El fascismo ya no se anuncia con camisas pardas, sino con contratos de software, capital de riesgo y gestión algorítmica.
Nos enfrentamos a una forma recursiva del fascismo que reaparece en nuestra historia planetaria como un autómata fascista que ordena autocráticamente el genocidio de los desposeídos, el ataque a las clases trabajadoras y a las «poblaciones extinguibles», el cierre de fronteras y la lógica opresiva del trabajo esclavo. Este autómata está impulsado por el deseo de desmantelar el Estado democrático, promoviendo las nuevas reglas del monopolio y del capital nacionalista.
Otras «big tech» también se encuentran en este camino. Anduril, fundada por un exdirectivo de Palantir, ha desarrollado la plataforma Lattice, que integra satélites, radares e imágenes de combate para que las misiones militares sean planificadas y ejecutadas automáticamente. La empresa proclama haber alcanzado el «Nivel 5 de autonomía»: identificar, atacar y regresar sin intervención humana. Su valoración ronda los 30.500 millones de dólares; sus contratos de defensa, los 22.000. El Pentágono anunció en julio de 2025 que para 2027 integrará completamente armas autónomas en sus operaciones.
SpaceX, a través de su rama Starshield, ha privatizado de hecho las comunicaciones satelitales de la OTAN. Italia ha integrado Starlink en su infraestructura militar estratégica, creando una dependencia crítica de un proveedor privado extranjero.
A estos tres nombres se suma una constelación de fondos de capital riesgo —Founders Fund (vinculado a Peter Thiel), Andreessen Horowitz, 1789 Capital— que actúa como mecanismo de gobernanza activa, financiando empresas alineadas con un nacionalismo imperialista de nuevo cuño. Bria los ha denominado «capital patriótico»: la alianza orgánica entre capital ficticio, tecnología y Estado.
El cuarto vértice, que completa el cuadro, es OpenAI (chat GPT). Fundada en 2015 bajo la fórmula de una organización sin fines de lucro comprometida con la inteligencia artificial «para beneficio de la humanidad», en 2023 eliminó la cláusula que prohibía los usos militares. En diciembre de 2024 se asoció con Anduril para incorporar sus modelos en sistemas de defensa antiaérea. Un mes después firmó un contrato millonario con el Pentágono. La trayectoria de OpenAI sintetiza la evolución del sector: de la promesa humanitaria a la integración plena en la cadena de valor letal del Estado.
En los últimos meses Microsoft, Meta y Google han competido por los contratos de defensa norteamericanos. En tanto, los contratos del gobierno de Trump con Anthropic, empresa propietaria de la herramienta de inteligencia artificial Claude, fueron rescindidos luego de que ésta se negara a la utilización militar de su IA. No se trata, sin embargo, de una disputa comercial ordinaria: es una lucha por la hegemonía dentro del complejo militar-industrial-tecnológico, y todas las partes comparten el supuesto de que la venta de capacidades de vigilancia, clasificación y destrucción al Estado constituye uno de los negocios centrales de la industria en un escenario de guerra internacional en curso.
IV. Imperialismo del siglo XXI: viejos rasgos, nuevas formas
Este breve relato puede ser ilustrativo para comprender la naturaleza de la transformación del imperialismo en el siglo XXI. A menudo se dice que el imperialismo ha cambiado de forma, pero quizá sería más preciso señalar que ha actualizado sus fundamentos. Cinco rasgos definían aquella fase del capitalismo en los albores del siglo XX: la concentración monopólica, la fusión del capital bancario e industrial, la exportación de capital, el reparto del mundo entre monopolios y el reparto territorial entre potencias. Cada uno de esos rasgos se reconfigura hoy en torno a la emergencia del capitalismo de plataformas, la inteligencia artificial y la guerra internacional.
Los monopolios tecnológicos como OpenAI-Microsoft, Google, Meta, Amazon controlan verticalmente infraestructura computacional, plataformas, datos y trabajo científico de alto nivel. El capital algorítmico-financiero exhibe todas las características del capital ficticio: la valuación de OpenAI en 157.000 millones de dólares (febrero de 2025) no corresponde a ganancias presentes, sino a expectativas de rentas futuras, es decir, a títulos sobre plusvalía aún no producida. La exportación de infraestructura (cables submarinos, centros de datos, modelos preentrenados) se ha convertido en la forma contemporánea de la exportación de capital fijo. El reparto del mundo impone estándares, protocolos y sesgos que reproducen la jerarquía Norte-Sur bajo la apariencia de neutralidad técnica. En tanto, la guerra comercial entre Estados Unidos y China por semiconductores, computación cuántica y tierras raras ha pasado a ocupar el lugar que a inicios del siglo XX tenían las disputas por las colonias. La guerra comercial fue el preludio de la guerra «tout court».
En este escenario, para un imperialismo en decadencia como Estados Unidos, la preparación de una guerra contra China y Rusia implica someter militar y económicamente a América Latina (considerado su «patio trasero»). Desde hace más de una década, nuestra región se convirtió en un campo de orégano de la guerra comercial entre China y EEUU. La influencia económica y tecnológica de China en América Latina es decisiva. El cambio de época implica que ya no estamos solo frente a una guerra que se desenvuelve solo en el terreno económico, sino militar.
En este cuadro, el capital norteamericano también necesita someter a Europa, lo que plantea enormes contradicciones y agudas paradojas en los países europeos: los gobiernos del continente proclaman su aspiración a la autonomía estratégica mientras sus infraestructuras quedan progresivamente subordinadas a plataformas estadounidenses. El NHS británico en Palantir, la defensa italiana en Starlink, la policía alemana en sistemas de vigilancia yankis sin control parlamentario: todo ello describe una integración silenciosa en la órbita del complejo tecnológico norteamericano.
V. Trabajo vivo, trabajo muerto y las contradicciones del capitalismo de plataformas
Otro aspecto que ilustra la mutación del imperialismo es el cambio de eje de la lógica económica que lo impulsa. En el centro de esa lógica se encuentra una transformación en la relación entre el trabajo vivo y el trabajo muerto cristalizado en máquinas. Tradicionalmente, el capitalismo ha tendido a incrementar la proporción de maquinaria, infraestructura y tecnología respecto del trabajo humano directamente empleado. Lo característico del capitalismo de plataformas –y de la inteligencia artificial en particular– es que condensa millones de horas de trabajo pretérito (datos etiquetados por trabajadores mal pagados en el Sur global, infraestructura computacional masiva, investigación científica apropiada) para desplazar trabajo presente cognitivo y no cognitivo a una escala sin precedentes.
Este proceso engendra tres consecuencias que recorren toda la economía contemporánea. La primera es una presión sostenida sobre la tasa de ganancia: a medida que crece la inversión en capital fijo tecnológico en relación con la masa de trabajo asalariado, la capacidad de generar ganancias tiende a disminuir, a menos que se obtengan rentas extraordinarias. Los monopolios tecnológicos, justamente, logran compensar esa tendencia mediante la captura de rentas monopólicas derivadas del control de plataformas, datos y estándares. Esta base rentista de las principales empresas del globo ha sido calificada erróneamente como «tecnofeudalismo»1.
La segunda consecuencia es una contradicción que se vuelve cada vez más visible entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción existentes. La inteligencia artificial posee un potencial técnico inmenso para reducir el tiempo de trabajo socialmente necesario. Pero en el marco capitalista, ese potencial no se traduce en una reducción de la jornada laboral o en la liberación del trabajo, sino en desempleo estructural y precarización. La tecnología que podría emancipar se convierte, bajo el imperio del valor, en instrumento de explotación, militarización y destrucción de las propias fuerzas productivas que la engendran. Las fuerzas productivas se trastocan en fuerzas destructivas.
La tercera es una tendencia a la centralización extrema. La inversión inicial requerida para desarrollar modelos de frontera o infraestructura computacional a gran escala sólo está al alcance de unos pocos conglomerados. El resultado no es el mercado competitivo que la retórica empresarial invoca, sino un oligopolio consolidado desde el origen, donde las barreras de entrada son prácticamente insalvables.
Este análisis, a primera vista abstracto, se materializa en los fenómenos descritos en las secciones anteriores. La concentración de Palantir, Anduril y OpenAI en el mercado de la defensa; la capacidad de estos actores para imponer sus condiciones a los Estados nacionales; la subordinación de infraestructuras estratégicas europeas a decisiones corporativas tomadas en California: todo ello deriva directamente de esa estructura de acumulación.
VI. Geopolítica de la guerra permanente
La dimensión geopolítica añade una capa adicional. En la historia del capitalismo, la desigualdad entre centros y periferias nunca ha sido un rezago que la modernización terminaría por eliminar, sino una condición estructural de funcionamiento. Hoy esa desigualdad se reproduce en el capitalismo de plataformas y la irrupción de la inteligencia artificial. Algunos análisis llaman a esta nueva reconfiguración como «colonialismo recursivo», donde se reciclan proyectos coloniales mediante la abstracción algorítmica.
De este modo, la guerra en Ucrania actuó como campo de pruebas de drones autónomos; los semiconductores se han convertido en el petróleo del siglo XXI; las tierras raras se extraen en el Congo bajo condiciones semicoloniales para alimentar los centros de datos de Silicon Valley; el trabajo cognitivo se explota en Kenia para entrenar modelos que operan en Wall Street. Gaza es un laboratorio de una «gestión algorítmica» para el exterminio; el Sur global en su conjunto opera como reserva de recursos, trabajo barato y territorio de experimentación de una guerra internacional dirigidos por fascistas que dan contenido político a los algoritmos.
La crisis mundial de 2007-08 es el antecedente directo del escenario actual de guerras. La disputa entre Estados Unidos y China por la supremacía en inteligencia artificial, semiconductores y computación cuántica ha reemplazado a las viejas rivalidades interimperialistas. Las sanciones a Huawei, la prohibición de chips avanzados y la guerra por las tierras raras son sus manifestaciones más visibles. Y como en toda fase de crisis hegemónica, la tendencia a la guerra no opera como accidente, sino como salida sistémica a contradicciones que no pueden resolverse por vías productivas. En esta medida la guerra internacional se vuelve cada vez más pronunciada.
VII. Resistencia y futuro
El diagnóstico aquí trazado exige también preguntas sobre la forma de la resistencia y la imaginación del futuro. ¿Cómo se lucha contra un capitalismo cuyas empresas producen máquinas que no solo matan, sino que producen la subjetividad de quienes las enfrentan? ¿Cómo enfrentamos la guerra en curso?
Quienes aún confían en la recuperación de la soberanía estatal o en el retorno a una democracia de parlamentos deliberantes de la «belle époque» no han comprendido la naturaleza de lo que tienen enfrente. Quienes buscan un refugio «local» en las pequeñas cosas también serán alcanzados por la dinámica histórica. Los movimientos de izquierda no pueden permanecer en el presente ni regresar al pasado.
Las «Big Tech» que impulsan la guerra y que hoy privatizan la soberanía no son una anomalía o una corrupción del Estado, sino su verdad más íntima, ahora desnuda. Por ello, las contenciones regulatorias del capitalismo son del todo insuficientes.
Frente a esto, una de las tareas centrales pasa por construir política de izquierda de escala y expansión.
Una tarea ineludible es recuperar o reinventar el sentido de futuro. Y en esa batalla la lucha por el socialismo es un horizonte urgente, necesario y actual. Una inteligencia artificial bajo el socialismo sería radicalmente distinta: entrenada con trabajo libre, diseñada colectivamente, orientada a reducir el trabajo necesario y expandir el tiempo libre, con código abierto y subordinada a necesidades planificadas.
En este punto, rescatamos el legado de la modernidad, pues solo una nueva forma de acción universal es capaz de derribar al capitalismo parasitario. Un aspecto pasa por la disputa hacia una reorientación de la tecnología y un control obrero y democrático de los medios de producción algorítmicos. De manera actual, implica repensar demandas clásicas a la luz de las tecnologías de última generación. Entre ellas la reorientación de nuestras economías hacia la producción de bienes socialmente útiles, la reducción de la jornada laboral o el ingreso universal básico. Pero con esto no alcanza.
Porque el problema no es solo quién controla las máquinas, sino qué tipo de máquinas construimos. Se trata de inventar otras máquinas, otras prácticas y otra subjetividad.
Es también en las prácticas de autoorganización de los movimientos sociales y en las experiencias sindicales y del movimiento obrero, en las experiencias de desobediencia, en las huellas de solidaridad que emergen en medio de la precariedad más cruel, donde se encuentran los ensayos de esa otra subjetividad. La guerra no es la única posibilidad ni la barbarie un destino último.
La tarea histórica es múltiple: nombrar al adversario con precisión, organizarse internacionalmente y disputar poder real. Pero también, y quizá sobre todo, construir las condiciones para que la subjetividad que ese poder produce deje de ser la única disponible. Porque la guerra terminará cuando construyamos un futuro que la vuelva irrelevante.
Nota al pie
- La caracterización del capitalismo de plataformas como «tecnofeudalismo» ha sido objeto de un intenso debate en la izquierda internacional. El crítico bielorruso Evgeny Morozov, en su Crítica de la razón tecnofeudal (2022), sostiene que esta analogía es un síntoma de debilidad teórica: «es como si el marco conceptual de la izquierda ya no pudiera dar cuenta del capitalismo sin movilizar el lenguaje moral de la corrupción y la perversión». Para Morozov, las grandes tecnológicas no son señores feudales que viven de rentas, sino empresas capitalistas que invierten masivamente (320.000 millones de dólares en infraestructura de IA solo en 2025), compiten ferozmente y venden bienes de producción (servicios en la nube) como cualquier otra corporación industrial. Desde su perspectiva, hablar de «feudalismo» oscurece más de lo que aclara: el capitalismo no ha sido reemplazado, sino que está «movilizando los recursos que siempre ha movilizado». En tanto el filósofo Frédéric Lordon ha ido más lejos al advertir que la hipótesis de una nueva configuración «tecnofeudal» del capitalismo corre el riesgo de eludir la necesaria ruptura no con tal o cual configuración del capitalismo, sino con el capitalismo en tanto tal [Le Monde Diplomatique, agosto 2025]. Frente a estas críticas, el economista Cédric Durand (uno de los principales formuladores de la tesis del tecnofeudalismo) ha respondido que la mirada microeconómica de Morozov no logra captar las dinámicas macro: la caída estructural de la inversión privada y el estancamiento de la productividad desde el auge de las grandes plataformas evidencian que algo ha cambiado en el corazón del capitalismo. La disputa, aún abierta, expresa una tensión central: si las categorías del análisis marxista clásico siguen siendo suficientes o si la nueva fase requiere nuevas herramientas conceptuales. En todo caso, aunque no comparto la hipótesis del «tecnofeudalismo», reconozco que ha tenido el mérito de forzar una discusión necesaria sobre la naturaleza del capitalismo contemporáneo con derivaciones sobre la estrategia de la izquierda. ↩︎
Tags : guerra inteligencia artificial
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