Fuente: Hormiga Roja (marzo 30, 2026)
Pensamos que este llamado a la unidad de los pueblos latinoamericanos es un paso esencial ante la creciente agresión de Trump, como de la crisis ideológica de la izquierda mundial. Así que si es necesario:
«Tomar lo que haya quedado, e inventar cosas nuevas»
El Chasque
9/04/2026
La guerra está acá. A principios de este año Estados Unidos atacó Venezuela, mató a más de cien personas y secuestró a su presidente. Unos días después, en el salón oval de la casa blanca, Donald Trump se fotografió junto a un mapa en el que Venezuela estaba pintada con una banderita de Estados Unidos. Al momento de explicar cuál era el plan, el gobierno estadounidense fue explícito al decir que se trataba de quedarse con el petróleo.
Luego del ataque a Venezuela, Estados Unidos pasó su atención a Cuba, imponiendo un bloqueo a los envíos de petróleo que se suma al bloqueo comercial que está vigente hace décadas. Sin importaciones de energía, la economía cubana quedó paralizada. La red eléctrica dejó de funcionar y la sociedad está totalmente distorsionada, produciendo un enorme sufrimiento social. Trump directamente dijo que va a tomar Cuba.
Esto no se trata de qué gobiernos nos gusten o no, sino de rechazar una agresión no provocada contra países de América Latina, atacando su soberanía y la de toda la región. No se puede desconocer que si Estados Unidos ataca a Cuba y Venezuela, esto no es por lo que los gobiernos de estos países tienen de malo, sino por lo que tienen de bueno: su negativa a subordinarse a la dominación estadounidense en la región.
El derecho internacional, si es que tal cosa sigue existiendo, prohíbe sin ambigüedad este tipo de agresiones militares. Si a esto le sumamos los crímenes de guerra que Estados Unidos y su aliado Israel están cometiendo en Oriente Medio, incluyendo al genocidio en Palestina, la más elemental adhesión a las normas mínimas de la convivencia entre naciones debería llevar a condenar las acciones estadounidenses.
Si esta condena no se escucha de suficientes gobiernos del mundo, incluyendo el uruguayo, es por el miedo de ser el próximo blanco de la arbitrariedad y la violencia estadounidense. Pero si algo ha demostrado Trump, es que no respeta a los que le temen. Al contrario: los humilla y exprime cada vez más, disfrutando de maltratar a los débiles. Si el costo de tomar una posición digna es alto, es más alto el de aceptar una situación que implica la renuncia total a la soberanía. Además, estos costos pueden bajar si se hace en conjunto con otros.
Hace unas semanas, en una reunión entre Trump y los presidentes de derecha de América Latina se presentó el «escudo de las américas», una iniciativa que se presenta a sí misma como una escalada de lucha contra el narcotráfico, pero que tiene una dimensión bélica explícita, y evidentemente política. Estados Unidos se va a relacionar con nuestros países a través de la guerra.
En esta especie de plan cóndor 2.0, que se viene gestando hace algunas décadas, el crimen organizado (cuya finalidad es la acumulación de dinero) se empaqueta junto al terrorismo (cuyos fines son de corte político), etiqueta con la que se describen todos los movimientos de resistencia, independientemente de sus medios (como ejemplo alcanza ver el caso de Palestine Action en el Reino Unido). De esta forma, se arma un tablero en el que por transitiva, cualquier movimiento político de resistencia –el viejo «enemigo interno»– queda asociado al crimen organizado, a la vez que este último se aleja semánticamente de la institucionalidad que más se le parece: las empresas multinacionales.
Las declaraciones de Orsi y Lubetkin al respecto de que en el caso de ser invitados estarían interesados en participar, cruzan la línea de lo tolerable, y sumado a los posicionamientos sobre el genocidio en Gaza, deberían ser rechazadas por el conjunto de la izquierda. El silencio al respecto es preocupante. Lo extremo de la situación requiere audacia y claridad con el pueblo.
Esto cambia sustantivamente la forma como debemos pensar la política. No sabemos lo que esto va a implicar en el futuro, pero tenemos que empezar a discutirlo cuanto antes. En una situación mundial que se caracteriza por la violencia de la decadencia del imperio estadounidense, la renegociación de las áreas de influencia y un aumento de la violencia política, es necesario construir una mirada propia y una estrategia a la altura del problema. Aunque nuestra escala de incidencia sea pequeña, se hará mayor si logramos actuar en conjunto con la región, o con algunos países importantes de ésta. Lula, por lo pronto, dice que hay que armarse para evitar que nos invadan.
América Latina está fragmentada y cada vez más dominada por gobiernos de derecha trumpista. Por lo tanto, no es de esperar que la unidad se logre rápidamente. Así, antes de esperar por los gobiernos, desde abajo tenemos la tarea de reconstruir un movimiento continental capaz de expresarse y de actuar contra la guerra y las agresiones imperialistas. Las derrotas de los últimos años han destruido parte de la infraestructura militante y la credibilidad de nuestros discursos y símbolos. Pero hay que seguir. Tomar lo que haya quedado, e inventar cosas nuevas.
