Mirar la locura desde una perspectiva de derechos

Rosana Porteiro
El Chasque
14/04/2026

«¿Cómo distinguir entre una acción sabia que ha
sido cometida por un loco, y la más insensata de las
locuras, obra de un hombre ordinariamente sabio y
comedido?» (Foucault, 1967).

En 2017 se aprobó la Ley de Salud Mental N° 19.529 en Uruguay, luego de décadas de movilizaciones de colectivos sociales por los derechos de las personas con padecimientos mentales en el país, en alianza con instituciones académicas y organizaciones sociales, todos los que conformaron el movimiento antimanicomial. Aunque en ese momento nació la esperanza de que se diera un cambio de paradigma en el abordaje de la locura en Uruguay, cambiando el modelo histórico manicomial por una atención comunitaria y desinstitucionalizadora, hoy en la práctica el abordaje de la locura en el país continúa enfrentando falta de recursos, hospitalización prolongada y largas esperas para la atención. 

Los colectivos que nuclean personas usuarias del sistema de salud mental como VilardeVoz continúan alzando su voz en reclamo de que la Ley N° 19.529 se ponga en práctica y en defensa del derecho a un trato digno y respetuoso hacia la diversidad. Con este fin articulan algunas de sus actividades con grupos y actores sociales nacionales e internacionales como La RedEsfera Latinoamericana por las Culturas Locas, la Diversidad Psicosocial, la Justicia, el Buen Vivir y el Derecho al Delirio, un espacio que se inició en 2018 y busca posicionarse como “una organización en primera persona”.

Los integrantes de esta Red se reconocen ya sea como “personas locas”, con diversidad psicosocial, neurodiversas, o con alguna discapacidad psicosocial dentro de una amplia variedad, pero todos integran la Red desde una experiencia directa. “Es un esfuerzo por tratar de conectar activistas locos de toda la región para organizarnos y cambiar las cosas”, explica Alberto Vásquez, abogado peruano, activista por los derechos humanos y la salud mental y miembro fundador de la Red. El Chasque dialogó con Alberto Vásquez en modalidad virtual acerca de la Red, su perspectiva, objetivos y desafíos en el contexto actual.

 En defensa de una identidad loca

Algunas de las reivindicaciones del espacio son reapropiarse de términos como “identidades locas, personas locas y locura” y el derechoa pensar en sus identidades, tanto individual como colectiva, desde la propia experiencia. En este sentido se posicionan contra esas “etiquetas psiquiátricas que se usaron para quitarnos nuestra personalidad y dignidad”. Vásquez aclara que no se trata de una romantización de la locura ni del sufrimiento ya que este es real y muchos de los integrantes del colectivo lo experimentaron personalmente. “Lo que reivindicamos es que esa diferencia existe, que a veces es positiva y otras nos trae dificultades, pero forma parte de nuestra identidad y por tanto tenemos que aprender a convivir con ella y en algunos casos estar orgullosos de lo que nos hace diferentes porque nos genera a veces la creatividad, las distancias que nos permiten pensar respuestas que están fuera del molde”, acotó. Por ejemplo, “¿por qué no creamos una casa donde se reciba a las personas y se les pueda apoyar durante la crisis, no a través de drogas sino de respuestas distintas, del cuidado, del amor, del autoconocimiento y del apoyo de pares?”.

El espacio surgió a partir de una reunión inicial de algunos activistas en Argentina, en uno de los encuentros de salud mental, y luego de meses de trabajo se llegó a una reunión regional a fines de diciembre del 2018 en Lima, Perú, donde, luego de discutir y aprender unos de los otros, los participantes emitieron un manifiesto, la declaración de Lima, que plantea el pensamiento y las líneas políticas de la Red y formaliza la creación del espacio que en ese momento se llamó Red Esfera Latinoamericana por la diversidad psicosocial. Más tarde cambiaron la organización tomó el nombre actual, “que representa mejor nuestras identidades”, recuerda Vásquez. “Con el paso del tiempo en el grupo hay gente que ingresa y otra que sale pero en general todavía continuamos tratando de organizarnos para impactar en nuestras comunidades, con ganas de trabajar con toda la región”, explicó. La Red cuenta con miembros de varios países, Uruguay, Argentina, Perú, Chile, México, y Costa Rica, Colombia formaba parte del grupo y hoy ya no.

Para Vásquez posicionarse como una organización en primera persona, “es la principal fuerza y potencia de la red, hablamos desde nuestra experiencia de vida acerca de cuáles son los obstáculos que enfrentamos, las violencias que existen en los sistemas, incluyendo los de salud mental y qué cosas creemos que deben cambiar porque muchas de las respuestas tradicionales no están funcionando”. Esta perspectiva hace que la red sea distinta a muchos de los otros espacios similares que existen, que integran en su mayoría a profesionales y activistas de la salud mental y a personas con experiencia directa.

Añadió que la organización en primera persona les brinda también la legitimidad de saber que la normativa, lo establecido formalmente, frecuentemente no funciona o tiene consecuencias distintas a las que la población en general puede pensar. “Por ejemplo la sociedad entiende que una ley de salud mental es una buena idea, porque va a generar más inversión y mejores servicios en la materia, pero uno que vive el sistema de salud mental lo que ve es que muchas veces esta ley permite, entre otras cosas, que me detengan, que no me dejen comunicarme durante días, que si estoy en situación de calle me pongan en un hospital psiquiátrico o en un albergue, o que se creen instituciones que pueden ser espacios de encierro”, explicó.

Resaltó que abordar la locura desde esta perspectiva los obliga a construir alianzas con grupos progresistas que se alinean con los derechos humanos y la justicia social, y espacios de profesionales de la salud. “Nos cuestan mucho estas articulaciones, en parte por las desconfianzas históricas que han surgido, pero también por los desbalances de poder que a veces se generan”, indicó. Además existe un estigma generalizado hacia el colectivo que hace que le sea muy difícil acceder a espacios de poder como los de toma de decisión de políticas públicas. Por otra parte señaló que “la realidad también es que somos un colectivo complejo, con muchas personas que están en situaciones de vulnerabilidad muy difíciles, sin vivienda, ingreso o empleo, expuestos a violencia familiar y social, en ese contexto mantener un trabajo de activismo es muy complicado”.

Un espacio contrahegemónico

La Red trata de salir de los discursos de salud mental,  aunque en el grupo existe una gran diversidad, “hay muchos colegas que son parte de espacios como la Radio VilardeVoz, de Uruguay que trabaja con grupos de salud mental comunitaria y está pensando en cómo transformar y mejorar este sistema, pero también hay colegas que están completamente al margen de esos espacios y más bien lo que prefieren es construir soluciones fuera de estos sistemas”.

El espacio en general es crítico de los discursos de salud mental y propone pensar un poco más allá de la idea de que las respuestas solo pueden surgir desde ella. En cambio apuntan a acciones que nacen de la justicia social. Uno de los reparos es por ejemplo que cuando se habla de la salud mental comunitaria que trata de posicionarse más allá del sistema tradicional, en muchos países de la región esta perspectiva no ha cambiado las condiciones del abordaje de estas situaciones. En la mayoría de los casos no ha significado más que llevar la salud mental del hospital psiquiátrico a la comunidad manteniendo las mismas lógicas manicomiales, del encierro y del asilo, el control de la atención en manos del psiquiatra, un poder muy claro del sector médico frente a los psicólogos, poder que privilegia determinados tratamientos frente a otros, entre ellos el uso de medicación psiquiátrica en las comunidades de manera indiscriminada.

“No hemos transformado el sistema sino que trasladamos la lógica del hospital a la comunidad, eso se refleja por ejemplo en que cada vez más en muchos países la población en general empieza a hablar en términos médicos y la medicación y automedicación empiezan a incrementarse. “Frente a esto hay que ser muy críticos”, afirmó. Entiende que espacios como los de la salud mental comunitaria son aliados claros, por supuesto, pero con los que también es necesario ser críticos acerca de los límites de las transformaciones que pueden lograr. “Si no resolvemos las violencias, si no resolvemos la falta de vivienda, si no resolvemos el desempleo, si no creamos espacios de apoyo, va a ser muy difícil que las cosas cambien”, sostuvo Vásquez.

En cuanto a la situación de Latinoamérica señaló que el caso de Uruguay, por ejemplo, “es un poco trágico porque, siendo según piensan muchos el país más progresista de América Latina, está yendo para atrás, no solo tiene una ley de salud mental que no se implementa sino que la modificación vigente desde el 25 de agosto de 2024, a la ley 18.787, “ley de internación compulsiva” aprobada en 2011, extiende el concepto de hospitalización involuntaria a personas en situación de calle que tengan su capacidad de juicio afectada por problemas psiquiátricos o de consumo de sustancias psicoactivas”. Añadió que esa es la realidad también en muchos países de Latinoamérica, “en Argentina el presidente Milei quiere cambiar la ley de salud mental para que  sea más fácil internar a la gente; en México acaba de salir un informe durísimo de Naciones Unidas por las instituciones que existen en México por la internación involuntaria, a pesar de que México nuevamente tiene una de las mejores legislaciones en el papel sobre el tema y sin embargo la situación es bastante mala”.

“Por otra parte Reformas que parecían ir bien como la de Chile o la de Perú tampoco lograron los resultados que se esperaban”, acotó. Entiende que una de los desafíos es cambiar precisamente la forma en la que avanzan estas políticas, “sin involucrar en la discusión a las personas con experiencia directa y por tanto no necesariamente van a tener resultados que impacten directamente en nuestros colectivos”. Otro factor negativo hoy para la región es el contexto autoritario, de austeridad, de discursos conservadores, que llevan a decir, «este es un problema privado, que la familia decida» lo que hace que “los colectivos en  primera persona perdamos un poco el control de nuestras narrativas y nos obliga, por tanto, también a organizarnos mejor”. En ese sentido entiende que algunos de los desafíos son “¿cómo nos organizamos para crear nuestras propias respuestas a algunas de las crisis sociales que estamos viviendo? Por ejemplo, ¿cómo resolvemos crear más espacios de apoyo de pares? ¿cómo creamos más espacios de ayuda mutua? ¿cómo creamos más espacios de colaboración?»

Por otro lado sostiene que también es necesario que se organicen “para golpear la puerta a los Estados que empiezan a endurecer sus legislaciones, hay que salir a hacer bulla, pero también hay que empezar a utilizar armas que a veces no hemos usado tanto, empapelar las calles, meter demandas, empezar a presionar, defendernos lo mejor que podamos”. Entiende que para eso se requiere construir alianzas con otros movimientos sociales que viven situaciones similares en cuanto a retroceso de derechos, los movimientos de mujeres, de personas en situación de calle, de pueblos originarios, entre otros..

Rutas de salida

Vásquez señaló que lo principal es “cambiar la conversación actual que plantea que existe un problema de salud mental en nuestras comunidades y para resolverlo es necesario crear nuevos servicios, expandir los ya existentes o dar más medicación a las personas”. En contraposición a esta postura, desde la Red coinciden en que existe un gran sufrimiento mental en las comunidades pero que no se resuelve solamente tomando medidas para que las personas respondan mejor sino transformando la sociedad para prevenir esas causas del malestar psicosocial. Sostiene  que esta transformación pasa por apoyar a la gente de otras formas, incluyendo a través de vivienda, de servicios de pares, de pensar respuestas que no solamente respondan al síntoma, sino más bien aborden las causas.

Para la Red “cambiar esa conversación” implica, en primer lugar, no solo transformar la perspectiva de la población sino también las respuestas que dan los Estados frente a esto. “El rol de las comunidades es clave para contener el sufrimiento que se expande, que tiene que ver con todas estas opresiones e injusticias que vivimos en estos últimos años, pero creo que nos toca también, cambiar la narrativa para empezar a pensar de dónde viene el malestar, cómo lo solucionamos y qué hacemos con la diferencia”, indicó. Entiende que para lograr esto se requiere crear articulaciones, pensar desde abajo, “si en mi barrio identificamos que uno de los problemas más grandes es que la gente vive en el día a día, entonces hay cosas que no necesariamente se vinculan con la salud mental que son claves, por ejemplo, comedores populares, espacios comunitarios donde conversar, donde sentarse, donde reír”, sostuvo. “Es decir, si perdemos este sentimiento de pertenencia y nos vamos sintiendo cada vez más solos, creo que va a ser muy difícil cambiar las cosas”, acotó.

“Un segundo punto es defender nuestra libertad y dignidad porque, los propios compañeros de la red viven diariamente situaciones de violencia, no solo familiar y social, sino también desde el sistema, son encerrados, son víctimas de muchas prácticas dentro de los espacios de encierro, incluyendo sugestiones físicas, aislamiento, maltratos y medicación forzada, Queremos parar eso, defender ese espacio de derechos humanos y de libertad mínimos, que garanticen que seamos ciudadanos como cualquiera otra persona”, resaltó.

Como tercer punto señaló la necesidad de organizar un movimiento regional que no necesariamente esté integrado solo por miembros de la RedEsfera, sino con todos aquellos con los que la organización pueda coordinar, movimientos locos y de personas con discapacidad psicosocial que existen en la actualidad en distintos países. “Nuestra preocupación hoy es cómo nos conectamos y organizamos para construir una masa suficiente que pueda lograr un impacto e incluso generar la capacidad de crear nuestras propias respuestas”, destacó.

“Por ahora es un sueño, un anhelo, lograr que las prácticas autogestionadas y basadas en los conocimientos de los propios implicados empiecen a ser populares en nuestra región, pero hoy nos gana la defensa de nuestros derechos y de las garantías básicas, porque el mundo está cambiando radicalmente y los retos son muchos”, concluyó.

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