Fuente: Tricontinental | Boletín 20 (2026)
La miseria generalizada que impone el capitalismo exige que organicemos la esperanza mediante la lucha colectiva. Solo así podremos construir un futuro donde la dignidad humana supere al destructivo afán de lucro.
Queridas amigas y amigos,
Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
En 2022, los aproximadamente 10.500 ciudadanxs del Estado insular de Tuvalu, en el Pacífico, comenzaron a migrar no de un país a otro sino de sus islas físicas al mundo digital. Ante la posibilidad de que el cambio climático haga inhabitable su territorio de baja altitud en apenas unas décadas, Tuvalu se propuso convertirse en la “primera nación digital”, construyendo un registro tridimensional de su tierra, archivando su cultura y preparando sistemas digitales de identidad y gobernanza para poder seguir funcionando aunque su pueblo quede disperso por todo el mundo. La crisis climática está obligando al derecho internacional a enfrentar una pregunta terrible: ¿qué ocurre con un Estado cuando el aumento del nivel del mar se traga su territorio? En 2025, la Corte Internacional de Justicia, en el caso Obligations of States in Respect of Climate Change [Obligaciones de los Estados en materia de cambio climático], emitió un fallo que establecía que: “una vez que se ha constituido un Estado, la desaparición de uno de sus elementos constitutivos no implicaría necesariamente la pérdida de su condición de Estado”.
Si Tuvalu pierde sus 26 kilómetros cuadrados por el aumento del nivel del mar, no desaparecerá de la memoria de su pueblo ni dejará de ser un Estado. Pero un pueblo no puede vivir solo en un archivo digital. En 2024, Tuvalu y Australia acordaron el Falepili Mobility Pathway [Camino de Movilidad Falepili], que, entre otras cosas, permite que 280 ciudadanos de Tuvalu por año soliciten residencia permanente en Australia. La Organización de las Naciones Unidas no acepta el término “refugiados climáticos” en virtud de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, pero la grave situación de estas personas ha producido su propio desenlace. Quizás su isla no tenga futuro en nuestro planeta, pero su pueblo continuará buscando tierra firme en otros territorios y preservará su nación en el panorama digital.
¿Quién tiene derecho a un futuro? Lxs multimillonarixs, sin duda. En la actualidad hay más de 3.000 multimillonarios en el planeta y los 12 más ricos poseen una riqueza superior a la mitad más pobre de la humanidad: más de 4.000 millones de personas. Tomemos a Elon Musk como ejemplo. Su patrimonio neto de aproximadamente 840.000 millones de dólares significa que su riqueza es superior al Producto Interno Bruto (PIB) individual de aproximadamente el 83% de las naciones del mundo, incluida Argentina. El ingreso medio mensual en Argentina es de unos 420 dólares, mientras que el ingreso mensual de Musk es de aproximadamente 3.000 millones de dólares, 7 millones de veces más que el ingreso promedio de una persona en Argentina. Si se toma el dinero como índice de posibilidad, entonces el futuro de Musk parece casi ilimitado. Una persona promedio en Argentina, por el contrario, podría sentir que el futuro se le escapa de las manos.
En 1969, Roberto Goyeneche cantó el tango de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer “Chiquilín de Bachín”, que refleja la realidad de tantas niñas y niños argentinos de entonces y ahora:
Por las noches, cara sucia de angelito con bluyín
vende rosas en las mesas del boliche de Bachín.
Si la luna brilla sobre la parrilla
come luna y pan de hollín.
El niño de la canción debe trabajar para ganarse la vida. El tango nos arrastra al pasado, pero está muy vivo en nuestra realidad presente. Hoy, más de la mitad de las niñas y niños argentinos viven en la pobreza. Los ataques del gobierno del presidente Javier Milei les han arrebatado el futuro. Están atrapados en el presente, luchando por sobrevivir como si estuvieran condenados a mil años de sufrimiento, sin poder escapar:
Cada aurora, en la basura
con un pan y un tallarín
se fabrica un barrilete para irse, ¡y sigue aquí!
Es un hombre extraño niño de mil años
que por dentro le enreda el piolín.
En nuestro dossier n° 100, El futuro (mayo de 2026), insistimos en que este presente impuesto es efímero. Es un texto inusual por varias razones, pero sobre todo porque es profundamente filosófico, y ofrece una explicación histórico-materialista del futuro como algo más que la siguiente página del calendario. El futuro, sostenemos en el dossier, no es una prolongación neutral del presente sino una ruptura con él hacia un horizonte socialista. El tiempo calendario, que trata el mañana como si solo pudiera ser una repetición del hoy y hace que el desastre parezca inevitable, no es suficiente. Lo que necesitamos es una concepción del tiempo que abra el futuro a la transformación y al desarrollo humano. El niño debe comer, estudiar, prosperar, y el pueblo de Tuvalu debe tener tierra firme bajo sus pies para continuar su travesía en el tiempo. Estos no son meros derechos sino necesidades humanas. Quedarnos de brazos cruzados mientras miles de millones de personas pasan hambre y siguen siendo analfabetas, aceptar que se les ha negado un futuro, no es aceptable para ninguno de nosotrxs.
En un mundo saturado por la guerra, la deuda, la catástrofe climática y la desesperación social, incluso la capacidad de imaginar un futuro más allá del capitalismo ha sido sistemáticamente socavada. El realismo capitalista nos ha entrenado para creer que el orden actual es eterno, que la explotación y las jerarquías son hechos permanentes de la vida humana en lugar de estructuras históricas producidas por el poder de clase. Sin embargo, la historia nos enseña algo diferente. Todo orden social parece permanente hasta un momento de ruptura. El feudalismo alguna vez se imaginó eterno y los imperios coloniales creían que su dominio duraría para siempre. El capitalismo también pasará. Por lo tanto, el futuro no es un regalo entregado por el calendario. Es un terreno de lucha. Nuestro dossier plantea la pregunta: ¿existe un futuro? Respondemos: Por supuesto que sí. Estamos luchando para construirlo y lo estamos construyendo ahora.
En el dossier El futuro sostenemos que la ruptura es necesaria porque el capitalismo ha alcanzado una etapa en la que sus capacidades productivas son inmensas, mientras sus resultados sociales son catastróficos. El mundo actual posee los recursos, la tecnología, la fuerza de trabajo y el conocimiento científico para erradicar el hambre, el analfabetismo y las enfermedades prevenibles. Sin embargo, miles de millones de personas siguen atrapadas en la pobreza mientras el capital financiero acumula una riqueza sin precedentes. La contradicción no es técnica sino política. El capitalismo desarrolla las fuerzas productivas y simultáneamente sabotea su potencial emancipatorio.
En nuestro dossier se identifica a los “enemigos del futuro” que llevan a cabo este sabotaje: el capital financiero, que disciplina a las sociedades mediante la deuda y el ajuste estructural; el capital de plataformas, que atomiza la vida social y reorganiza el trabajo en una precariedad existencial; el extractivismo, que destruye las bases ecológicas de la vida en función de la ganancia; y el militarismo, que convierte cada crisis en una justificación para la guerra, la vigilancia y la represión. Estas fuerzas buscan colonizar el futuro antes de que llegue, asegurando que el mañana permanezca subordinado a las necesidades de la acumulación en lugar de a la dignidad humana.
Sin embargo, el futuro persiste porque los seres humanos seguimos resistiendo. En todo el Sur Global, campesinxs, trabajadorxs, mujeres y disidencias sexuales, migrantes y desempleadxs luchan diariamente contra un sistema que les niega la dignidad. Estas luchas son a menudo fragmentadas, desiguales y vulnerables a la cooptación, pero revelan una verdad duradera: las personas oprimidas no aceptan la miseria como destino.

En nuestra tradición, la esperanza no surge del optimismo abstracto sino de la lucha organizada. Sin embargo, para convertirse en fuerza histórica, se requiere organización, disciplina e internacionalismo. Los levantamientos espontáneos pueden derrocar gobiernos, pero solo las fuerzas organizadas pueden construir alternativas duraderas. Las grandes revoluciones del siglo XX no fueron accidentes de la historia. Fueron el producto de un trabajo político paciente llevado a cabo durante décadas. Hablar del futuro hoy no es, por tanto, un ejercicio de fantasía utópica. Es una afirmación de que el orden actual es intolerable y efímero. El futuro no llegará por sí solo. Hay que construirlo de forma colectiva, consciente e internacional. En esa lucha reside el verdadero significado de la esperanza.
Cordialmente,
Vijay
PD: Las obras de arte del dossier El futuro, de las que se incluye una selección en este boletín, proceden de la inmensa colección Arte de Nuestra América Haydée Santamaría de la Casa de las Américas en La Habana, Cuba. La colección constituye un archivo excepcional de arte principalmente latinoamericano y caribeño, construido a través de décadas de internacionalismo cultural antiimperialista de la Casa.

Un deficiente para el sistema
Rafael Correa, expresidente de Ecuador, sentencia que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época. ¿Qué significa eso? Para poder responder a esa pregunta, tomo como referencia un cambio anterior como fue la Revolución Francesa. Sintéticamente y a los ojos de un aficionado (como lo soy), en ese momento y lugar irrumpe el conocimiento científico procedente de brillantes sabios y matemáticos como Galileo, Kepler y Newton, que rompieron la dura cáscara del huevo en que los había encerrado la Inquisición y la Alquimia, y por otra parte, la dura, despótica y abusiva nobleza renacentista. La naciente Revolución Industral y un avasallante capitalismo desencadenan la lucha entre la nobleza y la burguesía.
Hoy convivimos con la inminente caída del gran hegemon, propietario del aparato militar, tecnológico y económico dominante, pero desafiado por un sistema comercial, tecnológico y financiero como lo son China, los BRICS y su ámbito de influencia económica, comercial y militar.
Ahora corresponde entender cuáles son los conceptos obsoletos que, como sujetos ordinarios de nuestros días, debemos actualizar.
En primer lugar, entiendo que con urgencia debemos recatalogar el término “democracia»: Generalmente se interpreta como democracia un país donde se celebran elecciones periódicamente. Ahora bien, si profundizamos un poco, observaremos que de los resultados de esos procesos electorales pueden resultar gobiernos que, lejos de beneficiar a sus electores, los perjudican notoriamente, aunque la victoria de esos candidatos haya sido muy amplia. Tomemos como ejemplo los casos de D. Trump, que en 2024 ganó con más amplitud que en la elección anterior elección J. Milei, triunfó con el 56%, o incluso en Uruguay, como Luis Lacalle Pou, quien ganó obteniendo en la primera vuelta un parlamento con el 62% y resultó ser el gobierno más corrupto después de la dictadura. Las elecciones no son lo mismo que la democracia; son un espectáculo caro, con debates, actos multitudinarios, rencillas, altercados, calumnias, rumores, festejos… y una vez terminado el proceso, al volver a la cotidianidad, los cambios son marginales.
Datos socioeconómicos publicados hace pocas semanas nos indican que el 1% de la población se apropia del 47% de la riqueza del país, mientras que en el otro extremo social hay un 16,6% que vive bajo la línea de pobreza. Esta desigualdad en la calidad de vida se perpetúa desde hace dos siglos, y es la evidencia de que una cosa son las elecciones y otra la democracia. La definición de democracia es “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.Más aún; la consigna de los revolucionarios que tomaron la Bastilla, de la cual heredamos la actual democracia, era “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. De igualdad y fraternidad, nos quedó el recuerdo, y de la libertad… ¿De qué libertad hablamos cuando una parte muy importante de la población no tiene aseguradas ni la comida, ni la vivienda, ni la economía?
En definitiva, queda claro que, cambiemos o no a los funcionarios que ejercen el gobierno, la estructura social permanece, y es sobre esta que los políticos deberían actuar si quisieran evitar la injusticia y la miseria. Ahora bien, comparémoslo con otro servicio que pueda prestarnos otro profesional, por ejemplo un médico o un electricista. Tú lo contratas para que te preste un servicio sobre el que tiene competencia y se compromete a satisfacer tus necesidades. Estos funcionarios tienen una idoneidad y una moral profesional que los obliga no solo a ser eficientes, sino a aportar su experticia para obtener el mejor resultado posible de acuerdo a los medios. Los políticos son funcionarios públicos de la ciudadanía y deben actuar en beneficio de toda la sociedad. Esas desigualdades que hemos señalado más arriba, según las cuales unos se benefician de manera desmedida mientras que a otros no les alcanza para satisfacer mínimamente sus necesidades, son un comportamiento que merece la reprobación social. Cuando esta conducta se perpetúa durante siglos, debemos concluir que no se trata de ciertas personas, sino de un método, una estructura diseñada para sobrebenficiar a muy pocos y perjudicar a muchos. En síntesis, una estructura anti evolutiva para nuestro tiempo.
A modo de ejemplo, voy a citar lo que nos muestra la enorme diferencia que existe entre la necesidad y la medida que se toma para satisfacerla. En el mercado de la vivienda hay un déficit muy grande, que según se catalogue de calidad o de cantidad. Si atendemos a la cantidad se estima en 57.000 viviendas, pero si atendemos a la calidad, es decir, al hacinamiento o carencia de algún servicio público, llega a 230.000. El hecho es que las empresas construyen, como forma de inversión, pero no para abastecer a una franja como los 25.000 pesistas, (unos 500.000 a 600.000). O sea, se construye, pero el público que lo necesita no puede pagarlo.
Ahora recurriré a una metáfora, que posiblemente explique más claro el núcleo del problema. Olvidémosno del tema político, estamos en una clase en la escuela y la maestra nos plantea un problema; Calcular la superficie de un triángulo que mide tanto por tanto. Es un problema difícil. En una clase de treinta alumnos, solo tres dan la respuesta correcta, 4. El resto da otras respuestas, pero unos 10 contestan 8. Entonces, la maestra o uno de los alumnos que contestaron correctamente, demuestra cómo procedió. Pero ahora volvemos al tema político. Si es una democracia, la mayoría decidió que el resultado fuera 8. Y la gran pregunta es: ¿Qué país podríamos desarrollar con ese criterio? Porque los países los desarrollan quienes saben resolver los problemas. Saber sumar votos es otra categoría completamente distinta, que implica financiación, vínculos con la prensa, redes sociales, empresariales, una estructura social y diversos vínculos que no están relacionados con los aspectos técnicos de la solución..
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