El Chasque 150
9/08/2024
Avanzaba junio del 81.
Todavía quedaban unas cuestas por subir, pero alumbraba la primavera.
Eso nos llevaba a correr más de lo aconsejable.
Veníamos de una semana agitada.
Estábamos preparando una movilización obrero-estudiantil y por otro lado la primera jornada del ruido para el 27 de junio.
A la vez, mediante la coordinación del “darsenero” Trigo y Don Cerruti, esperábamos un encuentro con el Senador Cardozo, dirigente socialista, para poner en funcionamiento la dirección interna del Frente Amplio, en correspondencia con el momento de masiva participación de los frenteamplistas en la lucha antidictatorial.
Un desencuentro nos obligó a rearmar un envío de materiales para el exterior.
Pasé por la imprenta, recién instalada, donde vivían Héctor y Sonia con sus pequeños hijos. Ellos habían tenido el coraje de volver al país, luego de haber salido para Brasil, por unos meses, por la persecución dictatorial.
Toqué timbre y caí en manos del Departamento 4, que había dado con la imprenta.
Sin noción de nada, como en medio de una bruma, recién comenzaba a recuperar los sentidos, cuando una puerta se abre y alguien entra en el lugar.
Me pregunta con un tono autoritario si sé en que fecha estamos, a lo cual respondo con un movimiento negativo de cabeza, tras lo cual disparó la amenaza diciéndome:
“estamos a 12 de julio, si para el 15 no hablás te vas para el infierno”.
Mis recuerdos eran confusos. La negativa a decirles donde vivía ni a decirles nada. La angustia, porque en algún momento dije alguna media verdad, en el juego complicado de hacerme el gil, en las primeras de cambio, porque eso hubiera podido conducir a la detención de mi familia.
Los tiras me habían torturado a cara descubierta y la forma de “bancarme” mientras fui consciente, fue mirar los ángulos del techo, y en cada uno de ellos estaban Paula, el Seba, Ana y los compañeros.
Lo peor fueron las cosas que deliré cuando me hicieron creer que tenían a mi compañera y a mis hijos allí, (seguramente los mencioné en medio de las sesiones), o que tiraban compañeros al vacío, desde la azotea de un edificio.
Hay un instante donde uno pierde la noción de la realidad, y es una mezcla de instinto animal y aferrarse a los recuerdos lo que te permite encarar lo que viene.
Tenía mucha cola de paja por el grado de responsabilidad que tenía a esa altura, y el natural miedo por lo que se venía.
Cuando volví a estar solo, mientras iban pasando las horas, lo único que atiné a hacer desde donde estaba acostado, fue contar las baldosas como idea del tiempo: Doce, trece, catorce.
Fue así que recordé una vivencia de mi anterior detención del 74: Estaba hecho pelota y amenazaron con llevarme de vuelta a la máquina. Estaba incomunicado, pero un compañero de la celda continua logró susurrarme: – pedí médico. Cosa que hice. Luego de verlo, volví con un papel que recomendaba cuatro días de reposo, que para mí eran una vida.
Así que pedí la atención de un médico (motivos tenía: un brazo paralizado, dolor en el pecho y una permanente sensación de ahogo). Luego de algunas horas alguien vino a atenderme. Debe haberme visto mal, porque terminaron tirándome adentro de una camioneta.
Ya en camino me decían: – “tratá de tener algo “Pepe” si no vas para el surucundun”.
Arribamos a un lugar, luego me enteré que era el Hospital Militar, donde una doctora, a la que quizás, en parte, le debo la vida, decidió internarme.
Lo insólito es que siendo un detenido secuestrado, terminé en una sala común del hospital, esposado a una cama, donde me tocó presenciar, en la noche, la agonía y muerte de un anciano.
Todas las cosas tienen algo de humor negro, quizás porque puedo contarlo.
A la mañana siguiente, custodiado por unos de mis torturadores, fui conducido a realizar un electro-cardiograma. Al retornar pedí que me llevara al baño. Allí había un ejemplar de “El País”. Le sugerí que lo tomara para combatir el aburrimiento, cosa que rechazó y entonces me lo apropié.
A la tarde entró un “grado” del Ejército y al ver la escena de un detenido incomunicado, leyendo un diario, armó un escándalo.
Al día siguiente me sacaron de ahí y mi guardián terminó arrestado.
Me llevaron a un lugar apartado donde había dos celdas enfrentadas, con puertas de rejas y un pasillo hacia el fondo que terminaba en una pared con un banco de hormigón. Así conocí a Wasem Alaníz que estaba en unas de las celdas.
Al día siguiente me realizaron un electroencefalograma. Al volver con el nuevo custodio, creo que con los efectos del tratamiento, le digo que vaya haciendo las valijas porque le quedaba poco.
Al rato llegó una enfermera, con grado, con el café con leche y yo estaba dormido. El tipo no encontró mejor forma de despertarme que puntearme la cabeza con el palo del soldado que cuidaba a Wasem (que luego me contaría esto). La mujer se puso furiosa y todo terminó con otro tira sancionado.
Desde ese momento pusieron un oficial a cuidarme, por supuesto que del mismo grupo de torturadores del departamento.
Wasem
La relación que establecimos fue una de las experiencias más importantes de mi vida. Uno, detenido desaparecido, el otro secuestrado en condiciones inhumanas. Estaba allí porque le realizaban aplicaciones de cobalto. Él era consciente de la gravedad de su enfermedad y lo enfrentaba con entereza.
En los momentos que quedábamos solos, el oficial que me cuidaba se iba a jugar a las cartas con los soldados de la guardia perimetral; yo era una catarata de palabras tratando de trasmitirle todo lo que se vivía afuera; cómo le habíamos ganado el plebiscito, la alegría de la gente, que se generaban condiciones para avanzar a la derrota de la dictadura. También mis miedos por lo que me esperaba cuando me sacaran de ahí.
Con serenidad, Wasem me habló de su tiempo, de su militancia en la Universidad, las duras condiciones en las que había vivido esos años, las limitaciones para ver a su familia, cuando pudo verla.
Una tarde, al observar como cortaba cuadraditos de papel higiénico, pasándolos de un lado a otro, ante mi broma sobre el “sin sentido” de la acción me respondió: “son autodefensas para matar el tiempo”.
No quiero olvidar la dignidad con la cual enfrentaba a los paracaidistas que venían a buscarlo y pretendían basurearlo al hacerlo subir a la camioneta.
Yo acababa con cuanto cigarro o tabaco caía en mis manos. Las conversaciones que manteníamos con mi custodia, eran un mutuo trabajo de inteligencia, aprovechado por mí para fumarle algunos puchos.
Así que con Wasem elaboramos una estrategia, él se iba a bañar primero al celdario, donde estaban los presos del penal, y les pedía por señas que me dejaran materia prima en el baño, después iba yo y arrasaba con lo que hubiese.
Intento
En uno de esos días le comenté la idea de escaparme, -si lo logro- le dije, puedo ayudar mucho y además, cuando me lleven de acá no quiero ni pensar la que me espera.
A la cual me respondió: “Es muy difícil, yo ya estoy jugado y por otro lado tendría que hacer uso de la fuerza y ya fue (sinceramente no recuerdo las palabras exactas pero este era el sentido).
Estudié la cosa. La celda tenía una ventana con barrotes finos, detrás de la cual deambulaba gente, por lo menos, vestida de civil. Ese espacio estaba custodiado por la guardia del Ejército.
Wasem me facilitó un libro que lo acompañaba desde el tiempo a…la idea era separar los barrotes, y, como estaba vestido de civil saltar y jugármela con el libro debajo del brazo.
En uno de esos ratos en que mi custodia se iba a charlar con el sargento del Ejército, saqué un fierro debajo de la antigua cama que estaba junto a la mía y me abalancé hacia la ventana. Para mi desgracia no me percaté antes, que la banderola de vidrio tenía una traba de fierro en la pared que impedía ponerla en posición horizontal.
Todo sucedió en un minuto. La “chambonié”. En vez de quebrar el vidrio ahogando el ruido con una frazada, hice palanca con el fierro entre el marco y la traba de la pared.
Duro aprendizaje de física, porque estalló el vidrio con un gran estruendo.
Wasem, que observaba la situación, de los nervios se puso a cantar.
El milico que lo cuidaba estaba unos metros más atrás, sentado en el banco, no se animó a asomar la trucha. Creo que tenía el tal susto, con la manija de que tupas y comunistas éramos todos asesinos y “ainda mais”.
Coloqué la barra de hierro en el lugar de donde la había extraído, me golpée la cabeza contra la pared y mojé una camisa.
Con el escenario armado llamé al soldado, pidiéndole que fuera en busca del oficial. Cuando este vino, el verso fue que estaba colgando ropa y me mareé, cosa que se tragó.
Me duró poco la alegría, al día siguiente vino “la técnica” del Ejército y no les costó mucho percibir el ataque a la traba.
Pocos días después me anunciaron mi traslado. Mi último momento con Wasem fue un último abrazo y un mensaje, dado con las palabras y con los ojos, de que avisara que iba rumbo a la dura. Espero que meses después se enterara de mi llegada al Penal.
Para mi sorpresa al ascender a la camioneta, los tiras me espetaron: “Pepe vas ganando dos a acero”.
Me condujeron a Cárcel Central donde me encontré con otros compañeros que estaban allí. Entre ellos Héctor D´Alessandro; Sixto Barrios y Ariel Casco, a quien llevaron por varios días a La Tablada, para torturarlo, el Comité de Base en pleno de una fábrica metalúrgica, más algunos compañeros socialistas.
Más tarde, desde el Penal, pude tener idea de que había seguido otra oleada represiva en la cual habían detenido a cientos de obreros y estudiantes, la mayoría camaradas.
Una vez allí, no me tocaron más.
No entendía por qué, lo que me generaba serias dudas en cuanto a mi destino.
Al Salir, con la amnistía del 85, me fui enterando de que mientras estaba en el Hospital habían asesinado y desaparecido a Félix Ortiz, más tarde a Omar Paitta y Miguel Mato.
Supe también de la gran campaña de solidaridad internacional, por la cual el gobierno de Italia me había concedido la ciudadanía, lo cual probablemente me salvó la vida.
José Pacella
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La “Bruja” José Pacella fue secretario del Partido Comunista en la clandestinidad entre marzo de 1979 y el 27 de junio de 1981.
Este fue el primer relato que escribió Pacella. Para mí es un honor compartirlo con familiares y compañeros.
Una semana antes que empezaran las negociaciones del 6 de julio de 1984, en el ESMACO entre militares y partidos políticos, el dirigente del MLN Adolfo Wasem, uno de los nueve rehenes varones de la dictadura, empezó una huelga de hambre en el Hospital Militar donde estaba internado y enfermo de cáncer. Eso generó una amplia solidaridad y pedido de su libertad a nivel mundial y nacional.
En el próximo chasque ampliaremos este artículo.
Gonzalo Alsina.
