La despolitización como discurso de la eficiencia política

Fuente: La Diaria

Liliana Pertuy
El Chasque 222
30/01/2026


La última medición de Factum sobre los niveles de apoyo de la ciudadanía al gobierno y a la oposición, de diciembre de 2025, refleja una percepción que quienes vivimos en política –no de la política–, con años de militancia y experiencia, venimos registrando desde hace tiempo.

Nunca un fenómeno se explica por una sola causa. Sin embargo, hay algunas que son determinantes si se quiere corregir el rumbo. Las causas externas al fenómeno son difíciles de cambiar; por ejemplo, la situación internacional, las decisiones del imperio, el contexto global no están bajo nuestro control. Pero siempre podemos analizar las condiciones internas y tomar decisiones que jueguen a favor de nuestros propios intereses. Por eso intentaré decir algo sobre estos números.

El 59% de los encuestados no aprueba la actuación ni del gobierno ni de la oposición. Eso implica que dentro de ese casi 60% hay votantes de ambos lados. Pero me interesa centrarme en otro aspecto: el desinterés, el descreimiento, el desencanto, la desinformación quizás de un porcentaje tan alto en este Uruguay, históricamente politizado, culto y debatidor.

Cabe señalar, además, que esta “indiferencia” es mayor en los sectores jóvenes. Ya he trabajado en otros artículos el descreimiento de la gente en la democracia, producto de que esta no logró resolver sus problemas concretos. La llamada era progresista del subcontinente fue breve y tampoco pudo cumplir plenamente con esas expectativas.

Un proceso histórico
Este fenómeno no es nuevo en la historia y tiene causas profundas. Tras la primera mitad del siglo XX, el mundo inicia un proceso de internacionalización acelerada. En los años 1980, la globalización se presentaba como una maravilla salvadora, acompañada por la caída del muro de Berlín y la idea de que las utopías, la revolución, el cambio social y lo político colectivo habían fracasado. Esa imagen quedó grabada en la retina de millones: jóvenes alemanes, melenudos, rubios, de jean, trepados al muro, demoliéndolo y “alcanzando la libertad” con Coca-Cola.

Se abrió una nueva etapa que fetichizó la libertad y la emancipación. La alienación fue recreada por el capitalismo tardío, financiero y globalizado. El ser humano se cosificó: se percibió y se relacionó como cosa, perdiendo la conciencia de totalidad.

Herbert Marcuse, desde la escuela de Frankfurt, retomó el concepto y lo trasladó al capitalismo avanzado: el del consumo, la tecnología y el control social sutil. Su idea central es que el capitalismo ya no se sostiene sólo por la represión violenta, sino por una integración psicológica y cultural de los individuos. La gente cree ser libre mientras sus deseos, necesidades y formas de pensar están moldeados por el sistema.

Aquí la alienación ya no se da tanto por la explotación directa, sino por una falsa conciencia de bienestar y libertad. Las personas se identifican con aquello que las domina: consumo, confort, tecnología, productividad. El hombre unidimensional es aquel que piensa en los términos del sistema, no puede imaginar alternativas y vive satisfecho dentro de un mundo administrado.

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