No se pueden construir consensos desde la desventaja

Las FFAA y la educación de los excluidos

Liliana Pertuy – Socióloga
El Chasque 223
5-02-2026

La decisión por consenso es un proceso de toma de decisiones que no busca únicamente el acuerdo de la mayoría de los participantes, sino que persigue también el objetivo de resolver o, al menos, atenuar las objeciones de las minorías, con el fin de alcanzar la decisión más satisfactoria posible. Se trata de una metodología cualitativa que implica el involucramiento de todas y todos.

El consenso no es la imposición de la mayoría, ni tampoco el sometimiento de la minoría a la mayoría. Eso es la democracia representativa en su forma procedimental, y es otra cosa.

Por eso insisto en que el consenso es una metodología. Parte de la idea de que nadie quede excluido. Se contemplan todas las visiones y se trabaja para alcanzar un “mínimo común múltiplo”: una base compartida de acuerdo a partir de la cual luego se teje y se construye.

Me preocupa la banalización creciente del concepto. No debemos olvidar que las palabras son conceptos, y que los conceptos condensan análisis y tradiciones teóricas complejas.

El consenso se refiere a un acuerdo general o a un entendimiento compartido entre los miembros de un grupo respecto de una decisión u opinión. Desempeña un papel crucial en la toma de decisiones colectivas, ya que ayuda a garantizar que todas las voces sean escuchadas y consideradas, promoviendo la cooperación y reduciendo los conflictos.

Mediante el consenso, las personas pueden —y deben— resolver sus diferencias y alcanzar una postura mutuamente satisfactoria. Las ideas o creencias arraigadas de una persona pueden influir en todo el grupo, y ninguna idea se pierde: la aportación de cada integrante se valora como parte de la solución.

El consenso es, por definición, un proceso de toma de decisiones no violento que busca construir la mejor decisión posible para el grupo. Si se impone una idea dominante, no estamos ante un consenso.

Las aportaciones de todos los participantes se recopilan y se sintetizan para llegar a una decisión final aceptable para el conjunto. Esa decisión no suele coincidir plenamente con la primera preferencia de cada persona, sino que es aquella a la que todas adhieren porque se considera la mejor opción posible en ese momento histórico y político.

El consenso no es unanimidad, sino la adopción de una decisión a la que el grupo consiente para poder actuar. Tampoco es la opinión mayoritaria.

Este tipo de proceso suele requerir más tiempo y mayores habilidades, pero utiliza más recursos antes de decidir, genera mayor compromiso con la resolución adoptada y, con frecuencia, habilita decisiones más creativas y sólidas. Para que exista consenso son necesarios, al menos:

  1. valores comunes;
  2. habilidades en el trabajo grupal y en la resolución de conflictos, o la disposición a que estos procesos sean facilitados;
  3. compromiso y responsabilidad de los miembros con el colectivo;
  4. tiempo suficiente para que todas las personas puedan participar.

Si una decisión final vulnera los valores morales o éticos fundamentales de alguno de los integrantes, esa persona está legítimamente obligada a bloquear el consenso.

Desde la sociología clásica, Émile Durkheim —uno de los principales referentes del funcionalismo estructural— sostuvo que la interrelación y la interdependencia de los distintos aspectos de la vida social son los que producen la estructura de la sociedad. Las teorías del consenso describen a la sociedad como edificada sobre una base de normas, valores, comportamientos y principios éticos compartidos por la mayoría de la población. En este marco, las experiencias y los intereses comunes son considerados centrales para la cohesión social.

Un ejemplo de estas teorías es la llamada teoría de la vergüenza reintegrativa. En ella, la vergüenza puede utilizarse de manera ineficaz o eficaz. La vergüenza reintegrativa busca responsabilizar a quien comete un delito sin recurrir al estigma ni a la etiqueta permanente. El infractor es reintegrado a la comunidad, lo que reduce las probabilidades de reincidencia.

En el plano comunitario, el consenso se sostiene sobre normas, valores y una ética compartida. Por lo tanto, no puede existir consenso allí donde una parte de la comunidad ha sido lesionada. Pretenderlo implicaría obligar a ese sector a suprimir o deponer su herida, su trauma y su experiencia de daño sin que haya existido previamente reparación.

De ahí la afirmación que da título a este texto: no se pueden construir consensos desde la desventaja de un sector, de un grupo o de una parte de la sociedad.

Esta herida social —nada menor— se suma con fuerza a otras discusiones en curso, como la referida a las competencias de quienes deben educar e integrar a nuestros jóvenes. No tengo conocimiento experto en esa materia y otros, que sí lo tienen, ya han intervenido públicamente. Sin embargo, esta discusión ha generado una discrepancia profunda y atendible dentro del Frente Amplio en torno a la posibilidad de otorgar a las Fuerzas Armadas la tarea de “educación y aprestamiento” para la inserción social de jóvenes excluidos.

Se trata de una institución que ha cometido crímenes de lesa humanidad y que, a más de cincuenta años, continúa amparando el secretismo de quienes los perpetraron, sin reconocimiento ni asunción de responsabilidad.

Plantear esta salida implica pedirles a las víctimas de esos crímenes atroces que depongan su derecho a la verdad y a la justicia. Implica, en los hechos, exigirles que renuncien a sus derechos humanos, algo que es imposible per se, porque los derechos humanos son inherentes a toda persona.

Según las Naciones Unidas, los derechos humanos son normas que reconocen y protegen la dignidad de todos los seres humanos. Son universales, inalienables e indivisibles, y no dependen de la nacionalidad, el lugar de residencia, el sexo, el origen nacional o étnico, el color, la religión o la lengua. Constituyen la base mínima para vivir en libertad, justicia y paz.

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