(l’imagination au pouvoir)
Julio Castillo
El Chasque 223
6/02/2026
«Imagina que no existen propiedades
Me pregunto si puedes hacerlo
No hay necesidad de codicia o hambre
Una hermandad de la humanidad
Imagina toda la gente
Compartiendo todo el mundo
Puedes decir que soy un soñador
Pero no soy el único«
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Una de las consignas más emblemáticas y desafiantes surgida durante las movilizaciones del mayo francés de 1968 nos exige nuevamente traer al presente el necesario pensamiento crítico, ya que sin él, no existe posibilidad alguna de imaginar el futuro y particularmente un futuro diferente al que se vislumbra si no modificamos el curso de los acontecimientos. En ese llamado nacido en las barricadas parisinas, el topo de la revolución recobra su marcha subterránea arrastrando consigo el destello de la esperanza. La derrota de aquella primavera no impide evocar la irradiación del sueño, de la utopía, el salto que la vida experimentó como posibilidad creadora: la imaginación restituida e incorporada a la vida inmediata. Sin ella no hay revoluciones posibles, porque es esa fuerza vital la que puede parir una nueva aurora.
Y hoy, ante la decadencia del capitalismo, del derrumbe de todo sentido común, de los consensos e institucionalidad internacional, de un imperialismo yanqui que busca sobrevivir en base a la violencia militar y económica se hace necesario más que nunca restituir la imaginación y traerla nuevamente a la vida inmediata.
Recientemente los científicos nucleares informaron en su boletín anual que retrasaron a 85 segundos (cuatro menos que el año anterior) el simbólico reloj del fin del mundo. Hoy la humanidad está más cerca del instante final producto del rearme, la deriva imperialista yanqui y el inicio de nuevos ensayos atómicos por parte de EEUU. La humanidad se enfrenta a tres grandes problemas: La guerra nuclear, la Inteligencia Artificial y la crisis ecológica ambiental.
Tras el derrumbe de las certezas se abre ante nuestros ojos un nuevo mundo donde existen posibilidades únicas para avanzar en dar respuestas a los grandes males de la época –hambrunas, enfermedades, crisis climática, guerras, etc- o hundirnos definitivamente en la acción devastadora y sin ninguna oportunidad de supervivencia, salvo el silencio de un planeta arrasado. Para la izquierda es un mandato obligatorio imaginar nuevos caminos y un futuro que no sea el final de todo como nos propone el capitalismo, porque efectivamente, seguir por el camino que impulsa el capital financiero es caminar hacia el exterminio de la vida en la Tierra.
La imaginación de ese futuro renueva un viejo mensaje de liberación: «Cambiar la vida» —dijo Rimbaud—, «transformar la sociedad» —dijo Marx—; es hora de que asomen nuevamente, como en las barricadas del ’68, esas dos consignas que también fueron una sola.
59% de los encuestados en Uruguay desaprueban el accionar del gobierno tanto como el de la oposición.
En particular al Frente Amplio y al gobierno debería preocuparle y mucho.
¿Por qué las personas opinan eso? Quizás parte de esa visión se deba a que prácticamente no existe una distancia definida entre izquierda y derecha.
Se ha pretendido refundar – sin su épica original- el viejo Estado de bienestar impulsado por las ideas batllistas. Es claro que funcionó en tanto la renta y las ganancias del capital encontraron posibilidad de expansión y reproducción. Sin embargo en los gobiernos progresistas no dimos ni un paso para limitar la acumulación obscena de la riqueza ni la concentración de los recursos en menos manos. Tampoco nos propusimos avanzar en el desarrollo de la propiedad social, fortalecer el cooperativismo y la participación como forma de construir una fuerza social consciente de su papel en la transformación del país.
Quedamos huérfanos de ideas repitiendo los viejos esquemas reformistas y socialdemócratas. Sin embargo el capitalismo hoy ya no es un capitalismo de Estado: es un capitalismo ultra violento, de grandes corporaciones, de plataformas digitales, de criptomonedas; es el mundo del capital financiero transnacional que todo lo inunda, desde los Estados hasta la vida de cada uno de nosotros.
Hay una máxima en comunicación que dice: lo obvio produce apatía.
Escuchamos los mismos argumentos, los mismos diagnósticos donde los problemas se han agudizado y no pueden esperar cinco años más. Repetir viejas fórmulas totalmente insuficientes es la manera más clara de consolidar el cansancio de las promesas políticas y en cierta forma explica el 59% de descontento por parte de los uruguayos.
Hasta ahora el único horizonte que propone el gobierno del Frente Amplio es la redistribución (con justicia social) de la riqueza creada pero sin intervenir de forma clara en el proceso de acumulación de riquezas de una minoría privilegiada.
Todo lo que se ha instrumentado para redistribuir la riqueza es más o menos lo mismo que se hizo en otros gobiernos del FA. Transferencias monetarias por vía del MIDES, incrementos salariales y de las jubilaciones y otros programas, algunos ya existentes del período de gobierno de Lacalle Pou. Es lo más radical que encontraremos hoy en el programa de gobierno del Frente Amplio.
Básicamente destinamos un gran esfuerzo en atacar las consecuencias que genera el capitalismo y no al capitalismo responsable único de todos los males.
Inclusive la existencia del MIDES expresa la visión que tiene la izquierda uruguaya referido a los temas sociales. Con su creación se institucionalizó y naturalizó la desigualdad y la tragedia social. No se trata de no atender la “emergencia social”, a las personas en situación de calle u otros temas más específicos, pero en línea general, nada ha cambiado desde su creación. El MIDES atiende todo lo que expulsa el sistema, y de alguna manera pone una tapa al debate necesario y oculta al responsable verdadero del padecimiento de miles de uruguayos. En definitiva y para ser honestos, el MIDES administra y gestiona la desgracia de la gente.
Redistribuir con justicia social es una obligación mínima que tiene la izquierda, sin embargo es la propia izquierda que pide moderación para con los multimillonarios que siguen acumulando riquezas. Por otro lado, la tendencia es a naturalizar la existencia del drama social y por ende la respuesta a él; la redistribución de la riqueza no se hace educando al pueblo en su derecho a una vida digna, tampoco a luchar para cambiar la realidad, sino que pasa a ser un simple acto técnico administrativo de un Estado paternalista. Lo vemos en la continuidad de las ollas populares ya no como expresión solidaria, sino como respuesta institucional.
¿Si somos de izquierda cuál es la razón o el sentido de nuestra lucha? Cambiar la vida, hacer del mundo un lugar habitable, una vida digna de ser vivida. Entonces si ese es el fin, la acción política no puede medirse solo por cuánto se redistribuye, porque no toda política redistributiva es emancipadora per se.
Si esta no se relaciona a cambios estructurales en una perspectiva de construcción de una nueva sociedad entonces está condenada al fracaso.
Las mejoras materiales pueden convivir con el malestar subjetivo en tanto estas no cuestionan ni transforman el sistema. Cuando lo que vale es el éxito y el mérito personal unido al valor material, lo redistribuido se percibe y se vive como “un mal uso de los impuestos (con mis impuestos no) que injustamente el Estado me obliga a pagar”. La cultura hegemónica del capitalismo en estos tiempos construye consciencias individualistas alienadas por el deseo y la búsqueda incansable de un mayor statu, ocultando la explotación en el velo discursivo de autosuperación y del emprendedurismo. Ha impulsado el deseo incontrolable del éxito y del consumo bajo la idea de que todo es posible si nos esforzamos lo suficiente. Eso lleva a exigencias de largas jornadas de trabajo con las consecuencias devastadoras en la salud física y mental de la sociedad. Alienación, frustraciones, suicidios… etc.
Vivir para trabajar. Esta situación se constituye en el argumento de que todo aquel o aquella que no responden a esta lógica son vagos y por lo tanto no merecen ser contemplados.
La derecha utiliza esas políticas redistributivas para darle un sentido diferente y construir un discurso contrario basado en la aporofobia, en el individualismo extremo, de “un Estado usurpador que cobra impuestos para sostener a parásitos”. Y es a tal grado el convencimiento que miles aplauden la destrucción de leyes de protección social (Argentina y los discapacitados) y ven en ese acto de brutal desprecio y “maldad” una acción emancipadora y de justicia hacia ellos.
Todo el desmantelamiento de la red de protección social sobre la base de que el Estado no debe hacerse cargo de la educación pública ni de la salud pública, de la seguridad social ni de los jubilados es, en realidad, un ajuste económico a favor del capital y sus administradores. Es un verdadero saqueo a manos de la oligarquía y de las grandes corporaciones. Es el zorro en el gallinero, la apropiación violenta de la riqueza a favor de los poderosos y que se demuestra también en la acción llevada adelante por el imperialismo yanqui al invadir Venezuela para robarle el petróleo.
Es ridículo suponer que el gran capital va a permitir graciosamente que se frene esa acumulación inherente a su condición como tal. Sería suicidarse y no lo va hacer. En América Latina tenemos miles de ejemplos del accionar de los capitalistas y oligarcas cuando vieron amenazados sus intereses de clase. Intervenciones militares, golpe de estados, muertes, asesinatos, matanzas y desapariciones son parte de una larga lista donde el denominador común es el imperialismo yanqui.
Hoy la supervivencia del capitalismo y su reproducción se relaciona estrechamente con el necesario debilitamiento del Estado y las normas democráticas para que avancen formas jurídicas autoritarias y fascistas que justifiquen y permitan el saqueo.
Todo aquello que impida su libre circulación debe ser destruido. Es como el cáncer.
Su expansión implica la antropofagia, cuanto más avanza, más destruye: pueblos, culturas, recursos, personas, sueños, esperanzas, cabalgando sobre las mágicas palabras “progreso y desarrollo” que todo lo justifica. Y lo paradójico es que existe un límite y es la propia Tierra, una isla pequeñita que viaja por el espacio a unos 800.000 kilómetros por hora.
Lo estamos viviendo con un EEUU decadente y temeroso ante el debilitamiento de su hegemonía. El propio capitalismo es quien hace estallar la democracia liberal de antaño. Ya no le sirve, ni el congreso americano, ni la Unión Europea ni el Parlamento Europeo, ni las Naciones Unidas; hora todo es una pantomima, una teatralización. La moral y las buenos modales se fueron al carajo. En este momento se está reconfigurando las relaciones sociales ante cambios estructurales que impulsa el capitalismo salvaje en su crisis final.
Por experiencia sabemos que simplemente redistribuir sin transformar, gobernar sin disputar el poder económico e ideológico a las clases que sostienen el actual estado de situación, es en definitiva, pecar de una profunda inocencia o de una gran estupidez.
Y esa visión cuasi bucólica, diría románticamente inútil de ser un país que no molesta a nadie, donde estamos convencidos de que es posible conciliar el cielo con el infierno, es en definitiva de una gran ausencia de imaginación por parte de la izquierda uruguaya. La sensación que se proyecta es la de vivir en el limbo, donde el tiempo no fluye, sin pena y sin gloria, sin épica, sin promesa, sin tensiones y sin futuro hacia donde ir; solo el hoy, entonces como Sísifo, haremos exactamente lo mismo, subir la piedra hasta la cima una y otra vez.
No sabemos por qué nacemos ni por qué morimos, pero si podemos hacer algo en el breve tiempo que pasamos por la Tierra, y es influir en los acontecimientos y cambiar aquello que impide que futuras generaciones vivan en un mundo mejor.
Por tal razón en la izquierda debemos preguntarnos cual es nuestro rol, por qué existimos y para quienes existimos. ¿Es ganar elecciones, es administrar y gestionar “mejor” o estamos dispuestos al cambio del actual sistema por otro donde la dignidad y la vida de las personas sean el centro de toda preocupación?
Sin el ejercicio de la imaginación no hay posibilidad de construir una nueva esperanza, de convocar a la participación si en definitiva no hay una nueva alternativa, ni una promesa diferente que entusiasme y convoque a participar.
Al no haber imaginación no hay épica y sin épica no hay transformación de la sociedad ni cambios de vida.
Imagina
Imagina que no existe el paraíso
Es fácil si lo intentas
Ningún infierno bajo nosotros
Por encima de nosotros solo el cielo
Imagina toda la gente
Viviendo el hoy
Imagina que no hay países
No es difícil
Nada por que matar o morir
Y ninguna religión tampoco
Imagina toda la gente
Viviendo la vida en paz
Puedes decir que soy un soñador
Pero no soy el único
Espero que algún día te unas a nosotros
Y el mundo será como uno
Imagina que no existen propiedades
Me pregunto si puedes hacerlo
No hay necesidad de codicia o hambre
Una hermandad de la humanidad
Imagina toda la gente
Compartiendo todo el mundo
Puedes decir que soy un soñador
Pero no soy el único
Espero que algún día te unas a nosotros
Y el mundo vivirá como uno
(Yoko Ono / John Lennon)

Todo eso es correcto, exacto, y refinadamente en su semántica, y bien sabido por cualquier persona revolucionaria de los años 60, pero la explicación debería ser en una retórica más concreta y directa, sintetizada: el Frente Amplio ha sido copado por la derecha mujiquista, y este gobierno cuasi reformista y cuasi progre, lo único que hace, es administrar la crisis del capitalismo, con asistencialismo para evitar estallidos sociales, con conciliación de clases para evitar la lucha de clases e ideológica.
La traición fragante al Programa y los principios fundacionales de nuestro FA. Falta señalar al culpable: que no es el pueblo “que vota mal” sino lo errores y horrores de la cúpula frenteamplistas y de este gobierno anti-obrero, pro-capitalista. Pro-imperialista, pro-oligaquia, donde se exalta el individualismo egoísta y la insolidaridad. El desmantelamiento del Estado en favor de las privatizaciones y el lucro del capital golondrina extranjero.
Estamos en la etapa ultima y mas putrefacta del capitalismo, el capitalismo de Estado, explicado por Lenin y redifinido por Dimitrov, como la dictadura universal del capital financiero.
Y nuestro gobierno es continuismo, electoralismo…defensor de todo eso malo antes explicado, y lo peor, es que engaña como lobo con capa de lana de oveja, con careta frenteamplista, y mucha gente apolítica lo ve como algo “nuestro” y no lo es. Y los más fanáticos lo aplauden con manos, pies y aletas, como clientes o focas descerebradas, esperando a cambio, alguna prebenda-pescado.
No es que la izquierda debemos “preguntarnos” si lo que hacemos, o no hacemos, esta mal, esa pregunta se la tiene que hacer la pseudoizquierda que es mayoría en las instancias superiores de la estructura burocrática del actual FA, y del gobierno ya ni esperanza hay que abrigar, porque es pura derecha, neoliberal y proimperialista. Lo que falta es lucha ideológica y de clases.
Saludos, Sebastian Bestard Molina
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