Julio Castillo
El Chasque 252
28/8/2026
“Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida”.
Federico García Lorca.
A raíz de la presentación del libro “El bote de la muerte y otras leyendas del Paso de los Carros”, me ha provocado una serie de reflexiones que van más allá de la obra en sí. Una de ellas se refiere al significado del más grande e importante invento humano: la escritura, y a su vez, junto con la imprenta, la creación de un artefacto increíble llamado libro. Por medio de él podemos viajar en el tiempo, conocer lo que pensaban determinadas personas hace cientos de años. Pero también podemos viajar hacia el futuro, hacia nuevos horizontes. Federico tiene razón. El libro proyecta horizontes y esperanzas. Dos palabras que hoy han perdido su razón de ser frente al avance de la cultura “neflixdiana” (palabra dicha por Gustavo Espinoza) del streaming y en particular de las redes sociales, con su inmediatez de un presente efímero. La esperanza anida exclusivamente en el futuro.
Solo ahí crece como un sueño posible.
