Recuperar la política para volver a soñar en colectivo

Socióloga Liliana Pertuy

El Chasque

01/09/2026

Hace algunos meses, cuando comenzaba este año, escribía sobre los problemas de la despolitización como metodología de dominación. Entonces, las encuestas comenzaban a mostrar un panorama complejo, no solo para el gobierno, sino para la política. Y esto último era lo que más me preocupaba.

Intentaba profundizar en qué sucede en esta época y decía cosas como estas:

“En esta etapa se fetichiza la libertad y la emancipación. La alienación es recreada por el capitalismo tardío, financiero y globalizado. El ser humano se cosifica: se percibe y se relaciona como cosa, perdiendo la conciencia de totalidad”.

Tomaba a Herbert Marcuse y su análisis de la sociedad unidimensional.[1] Su planteo central es que las sociedades industriales avanzadas ya no necesitan sostener la dominación únicamente mediante la represión directa: también pueden integrar psicológica y culturalmente a los individuos al propio sistema.

La alienación, en este contexto, no opera solamente a través de la explotación directa. También lo hace mediante la construcción de necesidades, deseos y formas de vida que llevan a las personas a identificarse con aquello que las domina: el consumo, el confort, la tecnología y la productividad.[1]

El hombre unidimensional es, en la lectura de Marcuse, aquel cuyo pensamiento queda cada vez más encerrado dentro de los términos del sistema y encuentra dificultades para imaginar alternativas. La sociedad se convierte así en un mundo administrado, donde incluso aquello que parece expresión de libertad puede reproducir las mismas formas de dominación.[1]

Todo parece estar normatizado: se consume lo mismo, se comparten gustos, se vacaciona de formas similares, se compran las mismas cosas. El individuo se refugia en su sofá, fetichiza incluso su sufrimiento en las redes y su supuesto “mundo feliz” ni siquiera llega a ser un jardín.

Para consolidar este sentido común, el neoliberalismo fusionó lo público y lo privado, convirtió a las personas en emprendedoras de sí mismas y decretó que el futuro ya no sería colectivo.

Este discurso neoliberal, tecnocrático y neofeudal alaba la tecnocracia y la delegación de decisiones en expertos —la llamada burocracia experta—, despolitizando sutilmente la esfera pública, vaciando de contenido político las decisiones y generando apatía.

Por eso planteaba entonces que restaurar lo político implica recuperar el sentido colectivo, el diálogo, la acción común y la construcción de mayorías. Implica también separar lo político de aquello que es meramente técnico o privado.

La primera pregunta a responder es:

¿Para qué?

Luego:

¿Con quiénes?

Y finalmente:

¿Qué hacer?

Se trata de devolver la confianza en la política, en lo colectivo, en el conocimiento, en el pensamiento crítico, en el debate de ideas y en la construcción del nosotros.

Decía entonces:

“No será una tarea fácil, y menos en este contexto. Pero es necesaria. Y nosotros, los y las uruguayas, todavía tenemos una oportunidad”.[2]

Siempre soy optimista histórica.

Ahora, sobre mi lectura del documento base para el VIII Congreso del Frente Amplio

Y aquí aparece mi sorpresa.

No hay, a mi juicio, una lectura suficientemente histórica, politica, social, económica de la realidad que pretende transformar.

Hay, eso sí, una recuperación bastante clara del lenguaje histórico de la izquierda. Se nota una preocupación por categorías y valores como igualdad, justicia social, soberanía, democracia, solidaridad, antiimperialismo, antipatriarcado, antirracismo, participación y transformación. Pero hay un gran ausente:

La política

Me dió la impresión de que existe cierta confusión conceptual. Si no supiera quién lo elaboró, podría pensar que es de otros sectores con una idea bastante genérica de “progresismo”.

Me puse a releer las declaraciones fundacionales del Frente Amplio y tengo la impresión de que ese recorrido histórico y político no fue suficientemente tenido en cuenta.

Es más: por momentos me pareció una buena estrategia al estilo de Maquiavelo.

El documento habla de acción política, estrategia, gestión, comunicación, coordinación, alianzas, gobierno, militancia, participación y transformación.

Pero no se detiene suficientemente a definir algo que considero previo a todo eso.

¿Qué significa hacer política?

Política no es solamente gobernar.

Política tampoco es solamente gestionar.

Política es construir sujetos, producir sentido, disputar poder, organizar intereses, procesar conflictos, construir voluntad colectiva y ampliar la capacidad de una sociedad para decidir sobre su propio destino.

Por eso, el problema del Frente Amplio no sería solamente cómo recuperar votos, militancia o capacidad de gobierno..

El problema más profundo es cómo recuperar la política como práctica de construcción colectiva de poder y de sentido.

Entonces, le voy a tomar la palabra al documento.

Identifico, por lo menos, cuatro crisis que deberíamos tener en cuenta.

  1. Crisis de sentido político
    Esta crisis tiene varias dimensiones.

Crisis de proyecto
La izquierda recupera su lenguaje histórico, pero tiene dificultades para traducirlo en un proyecto convincente de futuro.

Aparecen la desigualdad económica y la concentración de la riqueza y, aunque se menciona la categoría de clase, esta no organiza plenamente el análisis político.

A mi modo de ver, la izquierda tiene que volver a explicar con mucha mayor claridad:

¿Qué sociedad quiere construir?

No alcanza con defender valores. Hay que ser capaces de convertirlos en un proyecto de sociedad.

Crisis de sujeto

La izquierda habla de “la gente”, “la ciudadanía”, “las mayorías”, “los sectores vulnerables”.

Pero necesita volver a pensar en sujetos colectivos.

No hay transformación sin sujetos capaces de protagonizarla.

Eso implica recuperar a trabajadores y trabajadoras, movimientos sociales, feminismos, jóvenes, territorios, cooperativismo, cultura, mundo académico, organizaciones comunitarias y nuevas formas de organización social.

No como una suma de demandas, sino como un bloque social capaz de producir un proyecto común de cambio.

Crisis de la política

La política fue desplazándose hacia la gestión, la administración, los resultados, la comunicación y el electoralismo.

Y necesitamos recuperar la deliberación, el conflicto, la organización, la formación, la participación, el proyecto y el poder.

Es decir:

volver a politizar la política.

Algo de esto decía ya en el artículo FA en su laberinto.[3]

Crisis ética

La izquierda no puede limitarse a preguntarse:

“¿Qué políticas hacemos?”

También tiene que preguntarse:

“¿Cómo ejercemos el poder?”

La ética debería volver a ser una dimensión estructural de la política y no solamente una declaración de principios.

El documento afirma que el Frente Amplio se estructura alrededor de valores, ética y principios, y coloca la dignidad humana en el centro.

Entonces hay que transformar esa afirmación en una ética concreta del poder.

Porque no alcanza con preguntarnos qué queremos hacer con el poder. También debemos preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer —y qué no— para ejercerlo.

II. Entonces: ¿qué significa recuperar el sueño colectivo?

Yo propondría que el nuevo sueño colectivo de la izquierda uruguaya tenga cinco grandes dimensiones.

  1. Una sociedad de igualdad sustantiva
    No solamente igualdad ante la ley.

La igualdad tiene que volver a ser una experiencia social, no solamente una bandera.

No alcanza con que todas las personas sean formalmente iguales si las condiciones materiales, las oportunidades y las posibilidades reales de decidir sobre la propia vida siguen siendo profundamente desiguales.

2. Una democracia que transfiera poder
No basta con votar cada cinco años.

Necesitamos una democracia donde las personas puedan participar, deliberar, decidir y controlar.

El propio documento habla de descentralización “con transferencia de poder”. Y esto, para mí, es una definición estratégica:

La democracia participativa no es una metodología de consulta: es una política de distribución del poder.

3. Una economía al servicio de la vida
Esto aparece en el documento, pero creo que debemos profundizarlo.

La izquierda debería volver a discutir:

¿Para qué producimos?

¿Qué producimos?

¿Quién decide?

¿Quién se apropia del excedente?

¿Cómo distribuimos?

No solamente cuánto crece el PIB.

Una economía orientada al trabajo digno, al tiempo libre, a los cuidados, a la sostenibilidad, a la soberanía productiva, a la distribución, a la innovación pública y a los derechos.

Pondría como gran idea fuerza la reproducción de la vida en el centro de la economía.

4. Soberanía como capacidad colectiva de decidir

Este puede ser otro aporte importante.

El documento habla de soberanía frente al imperialismo, las corporaciones, los recursos estratégicos, los datos y las nuevas tecnologías.

Pero podemos dar un paso más.

La soberanía no es solamente la capacidad del Estado de decidir frente a otros Estados. Es la capacidad de una sociedad de decidir democráticamente sobre aquello que determina su vida.

Como planteaba en La soberanía no es una frontera.[4]

Entonces aparecen la soberanía alimentaria, energética, tecnológica, económica, ecológica, cultural y territorial; la soberanía sobre los datos y, fundamentalmente, la soberanía popular.

Porque una sociedad puede tener un Estado formalmente soberano y, sin embargo, tener cada vez menos capacidad colectiva para decidir sobre las condiciones concretas de su existencia.

5. Una sociedad donde valga la pena vivir

La esperanza, el sueño colectivo, no puede estar compuesto solamente de indicadores económicos y derechos.

También necesita sentido, pertenencia, cultura, belleza, tiempo, comunidad, solidaridad y futuro.

Una sociedad justa no debería ser solamente una sociedad con menos pobreza.

Debería ser una sociedad en la que las personas quieran vivir y puedan imaginar un futuro mejor que su presente.

Porque una izquierda que solamente administra las condiciones existentes puede mejorar la vida —y eso es importante—, pero corre el riesgo de perder la capacidad de imaginar aquello que todavía no existe.

Y sin imaginación política, no hay proyecto emancipador.

III. Volver a construir un nosotros
El VIII Congreso intenta recuperar al Frente Amplio como fuerza política, después de reconocer que, durante su experiencia de gobierno, la gestión ocupó casi todo el lugar en relación con la política.

Pero esa recuperación no dependerá solamente de volver al territorio, escuchar a la sociedad o fortalecer los Comités de Base.

Todo eso es necesario.

Pero no alcanza.

Dependerá de reconstruir un sujeto político colectivo capaz de producir sentido, disputar poder y volver a imaginar un futuro común.

Porque el desafío no es simplemente recuperar al Frente Amplio electoralmente.

Es recuperar aquello que hizo posible su existencia como fuerza política: la capacidad de construir un nosotros.

Un nosotros que no sea nostalgia del pasado, ni repetición de viejas consignas, ni suma de intereses particulares.Un nosotros capaz de volver a preguntarse:

¿Para qué?

¿Con quiénes?

¿Qué hacer?

Y, sobre todo:

¿Qué sociedad queremos construir juntos?

Ahí comienza, otra vez, la política.

Notas

[1] Marcuse, Herbert. El hombre unidimensional: ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Traducción de Antonio Elorza. Barcelona: Ariel, 1981. Esta edición está registrada en catálogos bibliográficos universitarios y especializados. (Catálogo SENA)

[2] Pertuy, Liliana. “La despolitización como discurso de la eficiencia política”. Posturas, La Diaria, 27 de enero de 2026.

[3] Pertuy, Liliana. “El FA en su laberinto”. UY.press. Agencia Uruguaya de Noticias, 24 de abril de 2026.

[4] Pertuy, Liliana. “La soberanía no es una frontera”. El Chasque, 12 de agosto de 2026.

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