XV–Convicciones de un comunista-2- El Talón de Hierro

EL TALON DE HIERRO
Jack London

«Os he demostrado matemáticamente la inevitable ruptura del sistema capitalista.
Su posesión (de las máquinas) será la postura que estará en juego …Si el trabajo sale victorioso, Estados Unidos, y sin duda el mundo entero, entrarán en una era nueva y prodigiosa. Las máquinas, en lugar de aplastar a la vida, la tornarán más bella…
Si los Trusts ganan la batalla…vosotros, el trabajo y todos nosotros quedaremos aplastados bajo el talón de hierro de un despotismo más implacable y terrible que ninguno de los que mancharon las páginas de la historia humana.
¡El Talón de Hierro! Tal es el nombre que convendrá a esta horrible tiranía.»

El Chasque
11/02/2026
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En esta increíble obra de anticipación, escrita en 1907 en Estados Unidos, Jack London, su autor, describe con gran lucidez el desprecio de la gran burguesía y sus representantes en el gobierno ante el sufrimiento de la clase obrera, trabajadores y pueblo en general.

En estos días que Trump impulsa una nueva escalada de agresión sobre Venezuela y el resto de América Latina, esta obra nos explica, de forma novelada, la esencia de los hechos que vivimos hoy. Explica el fenómeno del fascismo, describe como los monopolios, los trust y los cárteles generan una nueva etapa más salvaje aún, del capitalismo, el imperialismo, llevando a la quiebra a los pequeños y medianos empresarios o poniéndolos a su servicio.

En este capítulo se describe, en 1907, la incapacidad de la burguesía media para sobrevivir al poder del gran capital, a transformarse en lacayos, hoy tercerizados, simples eslabones al servicio del capital financiero, de la brutal concentración de capital, que los hunde y a su vez es causa de la multiplicación de la miseria en el mundo.
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Capitulo IX – Un sueño matemático

…. Continuación
—Se lo vende al extranjero —declaró espontáneamente el señor Kowalt.

—Eso es —corroboró Ernesto—. De este remanente nace la necesidad de una salida al exterior. Se lo vende en el extranjero. Estamos obligados a venderlo en el extranjero. No hay otro medio

de desprenderse de él. Este excedente vendido al extranjero constituye lo que llamamos balanza comercial favorable. ¿Seguimos de acuerdo?

—Seguramente, estamos perdiendo el tiempo con esta elaboración del abecé del comercio —dijo el señor Calvin de mal humor. Todos lo sabemos de memoria.

—Si puse tanto cuidado en exponer este alfabeto —replicó Ernesto—, es porque gracias a él voy a confundiros. Ahí está lo picaresco del asunto. Voy a confundiros en menos que canta un gallo.

Los Estados Unidos es un país capitalista que ha desarrollado sus recursos. En virtud de su sistema industrial, posee un remanente del que debe deshacerse en el extranjero[61]. Lo que es cierto en los Estados Unidos, lo es igualmente para todos los países capitalistas cuyos recursos están desarrollados. Cada uno de esos países dispone de un excedente todavía intacto. No olvidéis que va uno y otros han comerciado y que, no obstante, esos excedentes continúan disponibles. En todos esos países el trabajo ha gastado sus jornales y no puede comprar nada; en todos ellos también el capital consumió ya todo lo que se lo permite su naturaleza. Y tienen en sus brazos esa sobrecarga, sin poder trocarla entre sí. ¿Cómo van a desembarazarse de ella?

—Vendiéndola a los países cuyos recursos no están desarrollados —sugirió Kowalt.

—Perfectamente; como veis, mi razonamiento es tan claro y tan simple que se desenvuelve solo en vuestro espíritu. Demos ahora un paso adelante. Supongamos que los Estados Unidos colocan su excedente en un país cuyos recursos no están desarrollados, en el Brasil, por ejemplo. Acordaos que esta balanza está fuera y por encima del comercio, pues los artículos comerciales ya han sido consumidos. ¿Qué dará en cambio el Brasil a los Estados Unidos?

—Oro —dijo el señor Kowalt.
—Pero en el mundo sólo hay una cantidad limitada de oro —objetó Ernesto.
—Oro bajo forma de fianzas, obligaciones y otras prendas por el estilo —rectificó el señor Kowalt.

—Ahora lo tengo. Los Estados Unidos recibirán del Brasil, a cambio de su excedente, obligaciones y garantías. ¿Qué significa eso sino que los Estados Unidos entrarán en posesión de los ferrocarriles, de las fábricas, de las minas y de las tierras del Brasil? ¿Y qué resultará de eso?
El señor Kowalt reflexionó y sacudió la cabeza.

—Os lo voy a decir —continuó Ernesto—. Resultará esto: que los recursos del Brasil van a desarrollarse. Bien, demos un paso más. Cuando, bajo el impulso del sistema capitalista, el Brasil haya desarrollado sus propios recursos, poseerá él también un excedente no consumido. ¿Podrá colocarlo en los Estados Unidos? No, porque éstos tienen ya su propio excedente. ¿Y los Estados Unidos podrán hacer como antes y colocar su excedente en el Brasil? No, puesto que este país tiene ahora el suyo propio.

¿Qué sucede? En adelante, los Estados Unidos y el Brasil deben buscar sus salidas en comarcas cuyas fuentes de riqueza no estén todavía explotadas. Pero por el hecho mismo de descargar allí su remanente, esas nuevas regiones verán crecer sus recursos y no tardarán en poseer, a su vez, excedentes: entonces se ponen a buscar nuevos países para aliviarse. Bien, señores, seguidme:
nuestro planeta no es tan grande; no hay más que un número limitado de regiones en la tierra. Cuando todos los países de la tierra, hasta el último y más insignificante, tengan una sobrecarga en sus brazos y estén ahí mirando a los demás igualmente sobrecargados, ¿qué va a pasar?

Hizo una pausa y observó a sus oyentes. Era divertido ver sus caras perplejas. En medio de abstracciones, Ernesto había evocado una visión clara. En esos momentos ellos la veían muy precisamente y tenían miedo.

—Hemos comenzado por el abecé, señor Calvin —dijo Ernesto con malicia—, pero ahora le di el resto del alfabeto. Es completamente sencillo: en eso reside su belleza. Seguramente, usted tiene lista la respuesta. Pues bien, ¿qué ocurrirá cuando todos los países del mundo teman su excedente no consumido? ¿Adónde irá a parar entonces vuestro sistema capitalista?

El señor Calvin bamboleaba preocupado su cabeza. Evidentemente buscaba una falla en el razonamiento que Ernesto acababa de exponer.

—Hagamos juntos un rápido repaso al terreno ya andado — resumió Ernesto—. Hemos comenzado por una operación industrial cualquiera, la de una fábrica de calzado, y henos establecido que la división del producto elaborado conjuntamente que allí se practicaba era similar a la división que se cumplía en la suma total de todas las operaciones industriales. Hemos descubierto que el trabajo no puede volver a comprar con su salario más que una parte del producto y que el capital no consume todo el resto. Hemos hallado que una vez que el trabajo había consumido todo lo que le permitían sus salarios y el capital todo lo que necesitaba, quedaba un excedente disponible. Hemos reconocido que no se podía disponer de esa balanza sino en el extranjero. Hemos convenido que el fluir de ese excedente a un país nuevo provocaba allí el desarrollo de los recursos, de suerte que en poco tiempo ese país, a su vez, se encontraba sobrecargado con un remanente. Hemos extendido este proceso a todas las regiones del planeta, hasta que cada una de ellas se atiborra, de año en año y de día en día, de un exceso del que no puede desembarazarse en ningún otro país. Y ahora os pregunto una vez más, ¿qué vamos a hacer con esos excedentes?

Tampoco esta vez nadie respondió.
—¿Y, señor Calvin? —lo provocó Ernesto.
—Eso está fuera de mi alcance —confesó el interpelado.
—Nunca había pensado en semejantes cosas —declaró el señor Asmunsen—. Y, sin embargo, está tan claro como si estuviera escrito.

Era la primera vez que escuchaba una exposición de la doctrina de Karl Marx[62] sobre la plusvalía. Ernesto lo había hecho tan simplemente que yo también me sentía pasmada e incapaz de responder.

Voy a proponeros un medio para desprenderos del excedente dijo Ernesto. Arrojadlo al mar. Tirad cada año los centenares de millones de dólares que valen los calzados, los vestidos, el trigo y todas las riquezas comerciales. ¿No se arreglaría así el asunto?

—Claro que lo sería —respondió el señor Calvin—. Pero es absurdo de su parte hablar de esa manera.
Ernesto repuso con la velocidad del rayo:
—¿Es usted menos absurdo, señor destructor de máquinas, cuándo aconseja la vuelta a los procedimientos antediluvianos de sus abuelos? ¿qué propone usted para librarse de la plusvalía?

Esquivar el problema cesando de producir, pues no otra cosa importa una vuelta a un método de producción tan primitivo e impreciso, tan desordenado y desatinado, que hace imposible producir el menor excedente.

El señor Calvin tragó saliva. La estocada había llegado al blanco. Tuvo un movimiento de deglución y luego tosió para aclararse la garganta.

—Tiene usted razón —dijo—. Estoy convencido. Es absurdo; pero tenemos que hacer algo. Para nosotros, los de la clase media, es una cuestión de vida o muerte. Nos negamos a morir. Preferimos ser absurdos y volver a los métodos de nuestros padres, por groseros y dispendiosos que sean. Romperemos las máquinas. ¿Y vosotros qué pensáis hacer?

—No podéis romper las máquinas —replicó Ernesto—. No podéis hacer refluir la ola de la evolución. Se os oponen dos grandes fuerzas, cada una de las cuales es más poderosa que la clase media. Los grandes capitalistas, los trusts, en una palabra, no os dejarán emprender la retirada. Ellos no quieren que las máquinas sean destruidas. Y, más fuerte aún que el poder de los trusts, está el del trabajo, que no os permitirá romper las máquinas. La propiedad del mundo (comprendiendo en él las máquinas) se encuentra en el campo de batalla, entre las líneas enemigas de los trusts y del trabajo. Ninguno de los dos ejércitos desea la destrucción de las máquinas, pero cada uno quiere su

posesión. En esta lucha no hay lugar para la clase media, pigmea entre dos titanes. ¿No sentís vosotros, pobre clase media, que estáis entre dos muelas que ya han comenzado a moler?

Os he demostrado matemáticamente la inevitable ruptura del sistema capitalista. Cuando cada país se encuentre excedido de una sobrecarga inconsumible e invendible, el andamiaje plutocrático cederá bajo el espantoso amontonamiento de beneficios levantado por él mismo. Pero ese día no habrá máquinas rotas. Su posesión será la postura que estará en juego en el combate. Si el trabajo sale victorioso, el camino estará expedito para vosotros. Los Estados Unidos, y sin duda el mundo entero, entrarán en una era nueva y prodigiosa. Las máquinas, en lugar de aplastar a la vida, la tornarán más bella, más feliz y más noble. Como miembros de la clase media abolida y de concierto con la clase trabajadora —la única que subsistirá—, participaréis en el equitativo reparto de los productos de esas máquinas prodigiosas. Y nosotros, unidos todos, construiremos otras más maravillosas aún. Y habrán desaparecido los excedentes no consumidos porque no existirán más los lucros.

—¿Y si los trusts ganan esta batalla por la posesión de las máquinas y del mundo? —preguntó el señor Kowalt.

—En ese caso —respondió Ernesto—, vosotros, el trabajo y todos nosotros quedaremos aplastados bajo el talón de hierro de un despotismo más implacable y terrible que ninguno de los que mancharon las páginas de la historia humana. ¡El Talón de Hierro! Tal es el nombre que convendrá a esta horrible tiranía.

Continuará.
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I- Los metafísicos

II – Los metafísicos

III- Los Mercenarios -El Talón de Hierro

IV – La lucha de Clases -EL TALON DE HIERRO

V – Esclavos de la máquina -El Talón De Hierro

VI- El capitalismo salvaje- El Talón de Hierro

VII- Las fuerzas de la Revolución

VIII – La clase capitalista se ha hecho pasible del delito de mala administración

IX -La lucha de clases: ¡El Poder! Verdaderamente, es la reina de las palabras, la última palabra

X – Así actúa la clase dominante: Si no puedes convencerlos, cómpralos… y si no…

XI- Para el sentido común, solo un loco puede “estar en desacuerdo radical con nuestras más sanas conclusiones.”

XII-Los destructores de máquinas -El Talón de Hierro

XIII-Los destructores de máquinas -2-El Talón de Hierro

XIV– La convicción de un comunista-El Talón de Hierro

XIV– La convicción de un comunista- El Talón de Hierro

EL TALON DE HIERRO
Jack London

es inevitable, la desaparición, no sólo de los pequeños capitalistas, sino también de los grandes capitalistas y de los mismos trusts”
“…la ola de la evolución nunca vuelve hacia atrás..”

El Chasque
04/02/2026
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En esta increíble obra de anticipación, escrita en 1907 en Estados Unidos, Jack London, su autor, describe con gran lucidez el desprecio de la gran burguesía y sus representantes en el gobierno ante el sufrimiento de la clase obrera, trabajadores y pueblo en general.

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XIII-Los destructores de máquinas -2-El Talón de Hierro

EL TALON DE HIERRO
Jack London

¿Qué hacer entonces? Destruir los trusts es nuestra única salida para escapar a su dominio.

Os voy a indicar otra. En lugar de destruir esas máquinas maravillosas, asumamos su dirección. Aprovechémonos de su buen rendimiento y de su baratura. Desposeyamos a sus propietarios actuales y hagámoslas caminar nosotros mismos. Eso, señores, es el socialismo, una combinación más vasta que los trusts, una organización social más económica que todas las que han existido hasta ahora en nuestro planeta. El socialismo continúa la evolución en línea recta. Nosotros combatimos a las asociaciones por una asociación superior. Los triunfos están en nuestras manos. Venid a nosotros y sed nuestros compañeros en el bando ganador. ”

El Chasque
21/01/2026
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XII-Los destructores de máquinas -El Talón de Hierro

Jack London

Sois destructores de máquinas. ¿Sabéis lo que eso quiere decir? En Inglaterra, durante el siglo XVIII, hombres y mujeres tejían paños en telares de mano en sus propias casitas. Ese sistema de manufactura a domicilio era un procedimiento lento, torpe y costoso. Luego vino la máquina de vapor .. Un millar de telares reunidos en una gran fábrica y movidos por una máquina central tejían el paño a menos costo .. Los hombres y las mujeres .. trabajaban en los telares de vapor, pero no para ellos, sino para los propietarios capitalistas. Muy pronto niños ..reemplazaron a los hombres. .. Se morían de hambre. Decían que todos los males provenían de las máquinas. Entonces se les ocurrió destruir las máquinas.”

El Chasque
21/01/2026
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XI- Para el sentido común, solo un loco puede “estar en desacuerdo radical con nuestras más sanas conclusiones.”

EL TALON DE HIERRO
Jack London

Ya sabemos que el razonamiento de un hombre con el cual no se está de acuerdo nos parece siempre falso; desde ese momento, el espíritu de ese hombre está extraviado. ¿En dónde está la línea divisoria entre un espíritu falso y un espíritu loco? Nos resulta inconcebible que un individuo de sentido común pueda estar en desacuerdo radical con nuestras más sanas conclusiones.”

El Chasque
14/01/2026
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X – Así actúa la clase dominante: Si no puedes convencerlos, cómpralos… y si no…

EL TALON DE HIERRO
Jack London

El Chasque
07/01/2026
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Mucho antes que Gramsci escribiera sobre la hegemonía, en esta ficción -que muestra descarnadamente la sociedad capitalista- se ve como la clase dominante se transfigura, dejando de lado lo humano, para solo preocuparse por la “Tasa de Ganancia”.

En esta increíble obra de anticipación, escrita en 1907 en Estados Unidos, Jack London, su autor, describe con gran lucidez el desprecio de la gran burguesía y sus representantes en el gobierno ante el sufrimiento de la clase obrera, trabajadores y pueblo en general.

En estos días que Trump impulsa una nueva escalada de agresión sobre Venezuela y el resto de América Latina, esta obra nos explica, de forma novelada, la esencia de los hechos que vivimos hoy. Explica el fenómeno del fascismo, describe como los monopolios, los trust y lo cárteles generan una nueva etapa más salvaje aún, del capitalismo, el imperialismo, y cuando las herramientas de la disuasión o la compra de las conciencias no basta, impone “la dictadura terrorista y sangrienta del capital financiero” como definió Dimitrov al Fascismo.

Se describe todo el horror que implica para los explotados y el más sombrío cinismo de los explotadores para justificar sus crímenes.

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IX -La lucha de clases: ¡El Poder! Verdaderamente, es la reina de las palabras, la última palabra

Wickson: “Despedazaremos a los revolucionarios bajo nuestro talón y caminaremos sobre vuestros rostros. El mundo es nuestro, somos sus dueños y seguirá siendo nuestro.”

EL TALON DE HIERRO
Jack London

El Chasque
31/12/2025
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VIII – La clase capitalista se ha hecho pasible del delito de mala administración

EL TALON DE HIERRO
Jack London

«En presencia de este doble hecho -que el hombre moderno vive más miserablemente que su antepasado salvaje, en tanto que su poder productor es mil veces superior.«

El Chasque
24/12/2025
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Estos párrafos corresponden a una increíble obra de anticipación, escrita en 1907 en Estados Unidos. Jack London, su autor, premonitorio y con gran lucidez se adelantó al fenómeno del fascismo, describió como los monopolios, los trust y lo cárteles generaban el una nueva etapa del capitalismo, el imperialismo.

Descarnadamente, describe la lucha de clases, con todo el horror que implica para los explotados y el más oscuro cinismo de los explotadores al justificar sus crímenes.

——————— Continuación
Capitulo Quinto – Los Filómatas

«Cinco hombres bastan ahora para producir pan para mil personas.
Un solo hombre puede producir tela de algodón para doscientas cincuenta personas, tricotas para trescientas y calzado para mil.

Uno se sentiría inclinado a concluir que con buena administración de la sociedad el civilizado moderno debería estar mucho más cómodamente que el hombre prehistórico. ¿Ocurre así?

Examinemos el problema. En los Estados Unidos hay hoy quince millones de hombres que viven en la pobreza; por pobreza entiendo aquella condición en que, carente de alimento y de abrigo convenientes, su nivel de capacidad de trabajo no puede ser mantenido. A pesar de nuestra pretendida legislación del trabajo, hoy existen en los Estados Unidos tres millones de niños empleados como trabajadores . Su número se ha duplicado en doce años. A propósito, os pregunto por qué vosotros, los rectores de la sociedad, no habéis publicado las cifras del censo de 1910. Y respondo por vosotros: porque os han aterrorizado. Las estadísticas de la miseria habrían podido precipitar la revolución que se prepara.

«Pero vuelvo a mi acusación. Si el poder de producción del hombre moderno es mil veces superior al del hombre de las cavernas, ¿por qué, pues, hay actualmente en los Estados Unidos quince millones de habitantes que no están alimentados ni alojados convenientemente y tres millones de niños que trabajan? Es una grave acusación.

La clase capitalista se ha hecho pasible del delito de mala administración.
En presencia de este hecho, de este doble hecho -que el hombre moderno vive más miserablemente que su antepasado salvaje, en tanto que su poder productor es mil veces superior-, no cabe otra solución que la de la mala administración de la clase capitalista, que sois malos administradores, malos amos y que vuestra mala gestión es imputable a vuestro egoísmo. Y sobre este punto, aquí esta noche, frente a frente, no podéis responderme, del mismo modo que no puede responder vuestra clase entera al millón y medio de revolucionarios de los Estados Unidos. No podéis responderme; os desafío. Y me atrevo a decir desde ahora que cuando haya terminado, tampoco me responderéis. Sobre este punto vuestra lengua, por muy suelta que sea en otros temas, está trabada.

«Habéis fracasado en vuestra administración. Habéis hecho de la civilización un tajo de carnicería. Os habéis mostrado ávidos y ciegos. Habéis tenido, y tenéis todavía, la audacia de levantaros en las asambleas legislativas y declarar que sería imposible obtener beneficios sin el trabajo de los niños, ¡de los nenes! ¡Oh!, no me creáis solamente por mis palabras: todo eso está escrito, registrado por y contra vosotros. Habéis dormido vuestra conciencia con charlatanería sobre vuestro bello ideal y sobre vuestra querida moral. Heos aquí cebados de poderío y de riqueza, borrachos de éxito. Pues bien, tenéis contra nosotros las mismas posibilidades que los zánganos reunidos alrededor de la colmena, cuando las laboriosas abejas se lanzan para poner fin a su existencia ahita. Habéis fracasado en la dirección de la sociedad, y esa dirección os será arrebatada. Un millón y medio de hombres de la clase obrera se jactan de que ganarán para su causa al resto de la masa trabajadora y de quitaros el señorío del mundo. Esa es la revolución, señores míos. ¡Detenedla si sois capaces!»

El coronel Van Gilbert no prestaba atención a la docena de hombres que, desfigurados por la ira, querían que se les concediese la palabra. El mismo se retorcía de rabia. …

-¡Error tras error! –exclamó-. ¡En mi vida he oído tantos errores proferidos en tan poco tiempo! Además, joven, usted no ha dicho nada nuevo. Todo eso lo aprendí en el colegio antes de que usted naciera. Pronto hará dos siglos que Juan Jacobo Rousseau lanzó su teoría socialista. ¿El regreso a la tierra? ¡Bah!, una reversión, cuyo absurdo demuestra nuestra biología. No sin razón suele decirse que un poco de ciencia es peligroso, y usted acaba de darnos una prueba palmaria esta noche con sus teorías descabelladas. ¡Un error tras otro! Verdaderamente nunca he estado tan asqueado por un desborde de errores. Tenga usted, éste es el caso que hago de sus generalizaciones precipitadas y de sus razonamientos infantiles.

-¡Uno solo a la vez! -repitió con tono calmo-. Dejadme contestar al coronel Van Gilbert. Después de eso, los otros podrán atacarme, pero de a uno por vez, recordadlo; que no estamos aquí en una cancha de fútbol. En cuanto a usted -continuó, volviéndose hacia el coronel-, no contestó a nada de lo que he dicho. Simplemente ha emitido algunas apreciaciones excitadas y dogmáticas sobre mi calibre mental. Esas prácticas pueden serle útiles en sus negocios, pero no es a mí a quien hay que hablarle en ese tono. Yo no soy un obrero que ha llegado, con la gorra en la mano, a pedirle que me aumente el salario o que me proteja de la máquina que manejo. Mientras usted tenga que habérselas conmigo, no podrá servirse de sus maneras dogmáticas con la verdad. Resérvelas para sus relaciones con sus esclavos asalariados, que no se atreven a responderle porque usted tiene en sus manos su pan y su vida.

«En cuanto a esa vuelta a la naturaleza, que usted pretende haber aprendido en el colegio antes de mi nacimiento, permítame que le observe que usted parece no haber aprendido nada a partir de entonces. El socialismo no tiene nada de común con el estado natural, o tiene lo que pueda haber entre el cálculo infinitesimal y el catecismo. Yo había denunciado la falta de inteligencia de su clase para todo lo que no sea negocio; usted, señor, acaba de dar un ejemplo edificante en apoyo de mi tesis.» –

-No se fíe en mis palabras solamente –prosiguió Ernesto, después de esta interrupción-. Sus propias autoridades, con voto unánime, le probarán su falta de inteligencia, sus propios abastecedores de ciencia le dirán que usted está en un error. Consulte al más humilde de sus sociólogos de segundo orden y pregúntele la diferencia entre la teoría de Rousseau y la del socialismo; interrogue a sus mejores economistas ortodoxos y burgueses; busque en cualquier manual que duerme en los estantes de sus bibliotecas subvencionadas, y por todas partes se le responderá que no hay ninguna concordancia entre la vuelta a la naturaleza y el socialismo, sino que, por el contrario, las dos teorías son diametralmente opuestas. Le repito que no tenga fe en mis palabras. La prueba de su falta de inteligencia está en los libros, en esos libros que usted nunca lee. Por lo que respecta a su falta de inteligencia, usted no es más que una muestra de su clase.

«Usted sabe mucho de derecho y de negocios, señor coronel Van Gilbert. Usted se ingenia mejor que nadie para servir los carteles y aumentar los dividendos torciendo la ley. Perfectamente, manténgase en ese papel notable. Es usted un excelente abogado, pero un lamentable historiador. Usted no conoce una palabra de sociología, y en cuanto a la biología, usted parece contemporáneo de Plinio el Antiguo.»

El coronel se agitaba en su asiento. Reinaba en el salón un silencio absoluto. Todos los asistentes estaban fascinados, pasmados. Ese trato al famoso coronel Van Gilbert era algo inaudito, increíble, inimaginable. ¡EI personaje ante el cual temblaban los jueces cuando se levantaba para hablar al tribunal! Pero Ernesto nunca daba cuartel a un enemigo.

-Esto, naturalmente –agregó-, no comporta ninguna, censura para usted. Cada cual a su oficio. Manténgase en el suyo, y yo no me saldré del mío. Usted se ha especializado. Cuando se trata de conocer las leyes o de encontrar el mejor medio para escapar de ellas o de hacer otras nuevas para beneficio de las compañías expoliadoras, yo no le llego a la suela de sus zapatos. Pero cuando se trata de sociología, que es mi oficio, usted es a su vez el polvo de mis zapatos. Recuerde eso. Recuerde también que su ley es una materia efímera y que usted no es versado en materias que duran más de un día. En consecuencia, sus afirmaciones dogmáticas y sus generalizaciones imprudentes sobre temas históricos o sociológicos no valen ni el aliento que usted gasta para enunciarlas.

Ernesto hizo una pausa y observó con aire pensativo esa cara ensombrecida y deformada por la cólera, ese pechojadeante, ese cuerpo que se agitaba, esas manos que se abrían y cerraban convulsivamente. Luego continuó:

-Pero usted parece tener todavía mucho aliento y yo le ofrezco una ocasión para gastarlo. He incriminado a su clase-,demuéstreme que mi acusación es falsa. Le he hecho notar la desesperada condición del hombre moderno -tres millones de niños esclavos en los Estados Unidos, sin el trabajo de los cuales todo beneficio sería imposible, y quince millones de personas mal alimentadas, mal vestidas y peor alojadas- Le he hecho notar que, gracias al empleo de las máquinas, el poder productor del civilizado actual es mil veces mayor que el del salvaje habitante de las cavernas. Y afirmé que de este doble hecho no se podía sacar otra conclusión que la de la mala gestión de la clase capitalista. Tal ha sido mi imputación; claramente, y en varias ocasiones, lo he desafiado a que contestase. He ido más lejos: le predije que no me contestaría. Usted hubiera podido emplear su aliento para desmentir mi profesía. Usted calificó de error mi discurso. Muéstreme dónde está la falsedad, coronel Van Gilbert. Responda a la acusación que yo y mi millón y medio de camaradas hemos lanzado contra usted y su clase.

El coronel olvidó completamente que su papel de presidente lo obligaba a ceder cortésmente la palabra a los que se la habían solicitado. Se levantó de un salto, lanzando a todos los vientos sus brazos, su retórica y su sangre fría; sucesivamente despotricaba contra su juventud y la demagogia de Ernesto y después atacaba salvajemente a la clase obrera, a la que trataba de presentar como exenta de toda capacidad y de todo valor. Cuando terminó esta parrafada, Ernesto replicó en estos términos:

-Jamás he encontrado un hombre de leyes más difícil de hacerlo ceñirse al tema, que usted. Mi juventud no tiene nada que ver con lo que he dicho, ni tampoco la falta de valor de la clase obrera. He acusado a la clase capitalista de haber dirigido mal a la sociedad. Y usted no me contestó. Ni siquiera ha intentado contestar. ¿Es que no tiene respuesta? Usted, es el campeón de este auditorio: todos, excepto yo, están suspensos de sus labios, esperando de usted esa respuesta que ellos no pueden dar. En cuanto a mí se lo vuelvo a decir, sé que usted no sólo nopuede responder, sino que ni siquiera intentará hacerlo.

-¡Esto es intolerable! -exclamó el coronel!. ¡Es un insulto!

-Lo que es intolerable es que usted no conteste -replicó gravemente Ernesto.. Ningún hombre puede ser insultado intelectualmente. Por su naturaleza, el insulto es una cosa emocional. Serénese. Dé una respuesta intelectual a mi acusación intelectual de que la clase capitalista ha gobernado mal a la sociedad.

El coronel guardó silencio y se encogió con expresión de superioridad ceñuda, como de alguien que no quiere comprometerse a discutir con un bribón.

-No se desaliente -le espetó Ernesto-. Consuélese pensando que ningún miembro de su clase no supo nunca contestar a esta imputación.

Se volvió hacia los demás, impacientes de usar de la palabra.

-Y ahora, esta es la ocasión para vosotros. Vamos, pues, y no olvidéis que os he desafiado a todos para que me deis la respuesta que el coronel Van Gilbert no supo darme.
Continuará.
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I- Los metafísicos

II – Los metafísicos

III- Los Mercenarios -El Talón de Hierro

IV – La lucha de Clases -EL TALON DE HIERRO

V – Esclavos de la máquina -El Talón De Hierro

VI- El capitalismo salvaje- El Talón de Hierro

VII- Las fuerzas de la Revolución

VII- Las fuerzas de la Revolución

EL TALON DE HIERRO
Jack London

«Describió la organización internacional que unía al millón y medio de socialistas de los Estados Unidos con los veintitrés millones y medio de socialistas diseminados en el resto del mundo.
«Semejante ejército de la revolución, de más de veinticinco millones de hombres, puede detener y retener la atención de las clases dominantes.»

El Chasque
17/12/2025
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Estos párrafos corresponden a una increíble obra de anticipación, escrita en 1907 en Estados Unidos. Jack London, su autor, premonitorio y con gran lucidez se adelantó al fenómeno del fascismo, describió como los monopolios, los trust y lo cárteles generaban el una nueva etapa del capitalismo, el imperialismo.

Descarnadamente, describe la lucha de clases, con todo el horror que implica para los explotados y el más oscuro cinismo de los explotadores al justificar sus crímenes.

——————— Continuación
Capitulo Quinto – Los Filómatas

«Y ahora —declaró Ernesto— voy a hablaros de esta revolución»
Empezó a describir el ejército de esa revolución, y cuando dio las cifras de sus fuerzas, según los resultados oficiales de los escrutinios de diversos países, la asamblea comenzó a agitarse.

Una expresión atenta inmovilizó sus rostros y vi que sus labios se apretaban. Al fin se había arrojado el guante del combate.

Describió la organización internacional que unía al millón y medio de socialistas de los Estados Unidos con los veintitrés millones y medio de socialistas diseminados en el resto del mundo.

«Semejante ejército de la revolución, de más de veinticinco millones de hombres, puede detener y retener la atención de las clases dominantes. El grito de este ejército es ¡Sin cuartel!

Necesitamos todo lo que poseéis. No nos conformaremos con nada menos. Queremos tomar en nuestras manos las riendas del poder y el destino del género humano. ¡He aquí nuestras manos, nuestras fuertes manos! Ellas os quitarán vuestro gobierno, vuestros palacios y vuestra dorada comodidad, y llegará el día en que tendréis que trabajar con vuestras manos para ganaros el pan, como lo hace el campesino en el campo o el hortera reblandecido en vuestras metrópolis. He aquí nuestras manos. Miradlas: ¡son puños sólidos!».

Al decir así adelantaba sus hombros poderosos y alargaba sus dos grandes brazos, y sus puños de herrero amasaban el aire como garras de águila. Con sus manos extendidas para aplastar y desbarrar a los explotadores, aparecía como el símbolo del trabajo triunfante. Percibí en el auditorio un movimiento casi imperceptible de retroceso delante de esta figura de la revolución concreta, poderosa, amenazante. Las mujeres, por lo menos se encogieron y el temor asomó a sus caras. No ocurrió lo mismo con los hombres; éstos no pertenecían a la Ovase de los ricos ociosos, sino a la de los activos y batalladores. Un ruido profundo rodó en sus gargantas, hizo vibrar el aire un instante y luego se apaciguó.

Era el pródromo de la jauría, que esa noche debía oír varias veces: la manifestación de la bestia despertando en el hombre o del hambre en toda la sinceridad de sus pasiones primitivas. Ellos no tenían conciencia de haber producido ese ruido: era el rugido de la horda la expresión de su instinto y su demostración refleja. En ese momento, al ver endurecerse sus caras y brillar en sus ojos el relámpago de la lucha, comprendí que esa dente no se dejaría arrancar fácilmente el dominio del mundo.

Ernesto prosiguió su ataque. Explicó la existencia de un millón y medio de revolucionarios en los Estados Unidos, acusando a la clase capitalista de haber gobernado mal a la sociedad. Después de haber esbozado la situación económica del hombre de las cavernas y de la de los pueblos salvajes de nuestros días, que carecían de herramientas y de máquinas y no poseían más que sus medios naturales para producir la unidad de fuerza individual, delineó el desarrollo de las herramientas y de la organización hasta el punto actual, en que el poder productor del individuo civilizado es mil veces superior al del salvaje.

«Cinco hombres bastan ahora para producir pan para mil personas.

Continuará
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I- Los metafísicos

II – Los metafísicos

III- Los Mercenarios -El Talón de Hierro

IV – La lucha de Clases -EL TALON DE HIERRO

V – Esclavos de la máquina -El Talón De Hierro

VI- El capitalismo salvaje- El Talón de Hierro

VI- El capitalismo salvaje- El Talón de Hierro

Jack London

«He visto sostenedores de iglesias que contribuían con gruesas sumas para las Misiones extranjeras, pero que en sus talleres hacían trabajar a jovencitas diez horas diarias por sueldos de hambre..»

El Chasque
10/12/2025
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Estos párrafos corresponden a una increíble obra de anticipación, escrita en 1907 en Estados Unidos. Jack London, su autor, premonitorio y con gran lucidez se adelantó al fenómeno del fascismo, describió como los monopolios, los trust y lo cárteles generaban el una nueva etapa del capitalismo, el imperialismo, al que llamó el Talón de Hierro.

Descarnadamente, describe la lucha de clases, con todo el horror que implica para los explotados y el más oscuro cinismo de los explotadores para justificar sus crímenes.

A través de estas páginas escritas hace más de un siglo, hoy podemos reconocer a Trump, Netanyahu o Milei y a los grandes capitales que los sostienen en el poder. También veremos a los pequeño burgueses que giran en su órbita, con miedo, vacilaciones, débiles, ceden ante el poder, del que no alcanzan a defenderse. Veremos a la Iglesia, la intelectualidad y a una “aristocracia obrera”, transformarse en mercenarios al servicio del Talón de Hierro.
——————— Continuación
Cap. Quinto – Los Filómatas

“He encontrado hombres que, en sus diatribas contra la guerra, invocaban el nombre del Dios de la paz y que distribuían fusiles entre los Pinkertons[44]para abatir a los huelguistas de sus propias fábricas. He conocido gentes a quienes la brutalidad del boxeo la ponía fuera de sí, pero que eran cómplices de fraudes alimenticios que provocaban todos los años la muerte de más inocentes que los que masacró Herodes, el de las manos rojas. He visto sostenedores de iglesias que contribuían con gruesas sumas para las Misiones extranjeras, pero que en sus talleres hacían trabajar a jovencitas diez horas diarias por sueldos de hambre, con lo que de hecho fomentaban directamente la prostitución.

Tal señor respetable, de finos rasgos aristocráticos, no era más que un testaferro que prestaba su nombre a sociedades cuyo secreto fin era despojar a la viuda y al huérfano. Tal otro, que hablaba reposada y sentenciosamente de las bellezas del idealismo y de la bondad de Dios, había hecho una zancadilla y traicionado a sus socios en un buen negocio. Y aquel de más allá, que dotaba de cátedras a las universidades y contribuía a la erección de magníficas capillas, no vacilaba en ser perjuro ante los tribunales por cuestiones de dólares o de céntimos. Tal magnate ferroviario renegaba sin vergüenza de la palabra empeñada como ciudadano, como hombre de honor y como cristiano, al acordar comisiones secretas, y las acordaba a menudo.

Este director de diario que publica anuncios de remedios patentados me trató de asqueroso demagogo porque lo desafiaba a publicar un artículo diciendo la verdad a propósito de esas drogas[45]. Este coleccionista de hermosas ediciones, qué patrocinaba la literatura, pagaba barriles de vino al patrón brutal e inculto de una máquina municipal[46].

Tal senador era el instrumento, el esclavo, el títere de un patrón de máquina política, un individuo de espesas cejas y de mandíbula cuadrada; lo mismo ocurría con el gobernador tal y con el ministro de la Corte Suprema cual. Los tres viajaban gratis en el ferrocarril; y, además, tal capitalista de piel lustrosa era el verdadero propietario de la máquina política, del patrón de la máquina y de los ferrocarriles que entregaban los pases.

«Y fue así cómo, en lugar de un paraíso, descubrí el árido desierto del mercantilismo. Allí no encontré otra cosa que estupidez, salvo en lo referente a los negocios. No encontré nada limpio, noble y vivo, como no fuese la vida que bulle en la podredumbre. Todo lo que encontré allí fue un egoísmo monstruoso y sin corazón y un materialismo grosero y glotón, tan practicado como práctico».

(Avis acota). Me fijé en sus caras y vi que conservaban un aire de superioridad satisfecha. Ya Ernesto me había prevenido que ninguna acusación contra la moralidad podía conmoverlos. Advertí, sin embargo, que el atrevimiento de su lenguaje había afectado a la señorita Brentwood. Daba muestras de aburrimiento y de inquietud.

«Y ahora —declaró Ernesto— voy a hablaros de esta revolución».

Continuará
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I- Los metafísicos

II – Los metafísicos

III- Los Mercenarios -El Talón de Hierro

IV – La lucha de Clases -EL TALON DE HIERRO

V – Esclavos de la máquina -El Talón De Hierro