Las izquierdas, timoratas frente al arrollador avance de las derechas, el autoritarismo, lo retrógrado y lo mágico

Socióloga Liliana Pertuy
El Chasque
13/10/2026

Hablo de izquierdas y derechas, porque se identifica con la historia última de la humanidad, desde la revolución francesa hasta aquí. Lo que hay que hacer es darles densidad actual sin dejar por el camino la historia que nos ha traído hasta aquí.

Una sociedad en transformación y una izquierda que no termina de comprenderla

La transición de la modernidad sólida —con sus normas, reglas, instituciones y clases sociales relativamente estables— dio paso a lo que Zygmunt Bauman denominó modernidad líquida, caracterizada por la provisionalidad de casi todo: el trabajo, los vínculos, los derechos y los referentes que organizaban la vida social.

Hoy, varias décadas después de aquellas formulaciones, podemos afirmar que asistimos a una nueva etapa: la sociedad del malestar, del enojo y de la soledad. Una sociedad fragmentada, atravesada por la incertidumbre, donde se debilitan los vínculos colectivos y se erosiona la confianza en las instituciones, en la política y en la posibilidad de construir un futuro mejor.

Desde hace una década, el avance de las derechas comenzó a mostrar no solamente su presencia, sino también el respaldo social del que eran capaces. En 2016, el triunfo del Brexit en el Reino Unido constituyó una primera alarma que dejó desconcertados a los progresismos. También fue un contundente desacierto de las encuestas, que pronosticaban otro resultado.

Después se sucedieron otros acontecimientos: la primera victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos, en 2016; la de Jair Bolsonaro en Brasil, en 2018; el ascenso de Giorgia Meloni en Italia, en 2022, y la elección de Javier Milei en Argentina, en 2023. A ello se suman los avances de las derechas y las ultraderechas en Europa y América Latina.

No estamos, por tanto, frente a episodios aislados ni a simples alternancias electorales. Estamos ante un fenómeno político, económico, social y cultural que exige explicaciones más profundas.

La globalización y la derrota intelectual de las izquierdas

Me atrevo a sostener que uno de los errores de las izquierdas fue haber clausurado demasiado rápidamente la discusión sobre las experiencias históricas de los países socialistas. La caída de esos modelos exigía un balance crítico, riguroso y sin idealizaciones. Pero una cosa es reconocer sus contradicciones y fracasos, y otra muy distinta es renunciar a extraer aprendizajes de aquellas experiencias concretas.

¿Qué referencias quedaban para construir una alternativa al capitalismo financiero que se consolidaba? ¿Desde dónde pensar otro modelo económico y social, cuando el neoliberalismo se presentaba como el único horizonte posible?

El neoliberalismo consiguió imponer su hegemonía y generar las condiciones para que el capitalismo se reciclara una vez más. Hoy, ese sistema se presenta bajo una nueva configuración: un capitalismo tecnológico, de concentración extraordinaria del capital y del poder, capaz de intervenir en la economía, la política, la información y la vida cotidiana como nunca antes.

Frente a estas transformaciones, los intentos de resistencia no siempre cuentan con un sustento teórico adecuado. Faltan análisis integrales de los cambios producidos y de sus consecuencias sobre la estructura social, las relaciones de poder y las formas de conciencia.

Con frecuencia, quienes intentan comprender esta nueva realidad recurren a las categorías de lucha y análisis del siglo pasado, cuando el capitalismo era predominantemente industrial, las economías se organizaban en torno a los Estados nacionales y existían formas de concentración de trabajadores que favorecían su organización colectiva. Con diferencias entre países y períodos, el horizonte defendido por las izquierdas democráticas era el Estado democrático de derecho, con sus instituciones republicanas y sus derechos políticos, sociales y laborales. Esto no significa desconocer que también existieron autoritarismos, dictaduras y graves violaciones de derechos.

El problema no es recuperar las herramientas del pensamiento crítico del siglo XX, sino utilizarlas sin revisarlas, como si la realidad no hubiera cambiado. Los clásicos siguen siendo indispensables, pero no pueden convertirse en respuestas automáticas a preguntas nuevas.

Al mismo tiempo, se produjo una suerte de interrupción en la producción intelectual de las izquierdas. Una parte importante de esa producción se replegó en los recintos académicos y se especializó en parcelas cada vez más delimitadas, particularmente en las ciencias humanas y sociales. El conocimiento se fragmentó y, en muchos casos, quedó encerrado en círculos de expertos, perdiendo capacidad para dialogar con las organizaciones populares, interpretar las transformaciones de la sociedad y orientar la acción política.

La teoría se alejó de la práctica, mientras la práctica política fue perdiendo herramientas para interpretar el mundo que pretendía transformar.

El capitalismo cambió y también cambió la sociedad

El proceso de desindustrialización se aceleró. Muchas actividades productivas se relocalizaron en territorios donde las empresas encontraban mano de obra más barata y menos derechos laborales. Los beneficios de esa producción no se distribuyeron necesariamente entre las sociedades donde estaban enclavadas, mientras que los costos sociales y humanos se concentraron en los sectores más vulnerables.

Las maquilas en Centroamérica constituyen un ejemplo de esta dinámica: formas de explotación laboral que, en determinados territorios, profundizaron la precariedad, la violencia y el deterioro de los tejidos sociales. La expansión de las maras, el narcotráfico y los femicidios no puede explicarse por una sola causa, pero forma parte de realidades atravesadas por múltiples desigualdades, exclusiones y formas de violencia.

En Uruguay también vivimos estas transformaciones. Durante la década de 1990, la reestructuración económica, la apertura y los procesos de desindustrialización modificaron profundamente las características del capitalismo nacional. La precarización laboral se convirtió en una de sus expresiones más visibles. Miles de personas perdieron sus empleos, se debilitaron sectores productivos y se profundizaron las dificultades sociales, en un proceso que desembocó en la crisis de 2002.

El triunfo del Frente Amplio, en 2004, abrió una etapa histórica. Su modelo de reformas y políticas sociales, junto con el Plan de Atención Nacional a la Emergencia Social (PANES), constituyó una respuesta relevante para atender las situaciones de pobreza y emergencia que atravesaba una parte importante de la población.

Durante los gobiernos frenteamplistas se redujeron los niveles de pobreza, se generó empleo, mejoraron los ingresos y se desarrollaron políticas de protección social. Hubo crecimiento económico y una distribución más favorable de sus beneficios, con avances concretos en la calidad de vida de amplios sectores de la sociedad.

Esos logros son innegables y forman parte de la historia del Frente Amplio. Pero debemos preguntarnos si fueron suficientes para modificar las relaciones sociales, fortalecer la conciencia colectiva y construir sujetos capaces de sostener y profundizar las transformaciones.

Los progresismos mejoraron las condiciones materiales de vida de amplios sectores, pero no siempre consiguieron convertir esas mejoras en conciencia política, organización y poder colectivo. La inclusión económica y el acceso al consumo no producen, por sí mismos, conciencia de clase ni participación política.

Se construyeron también nuevas expectativas sociales alrededor del consumo: las compras, las ofertas nocturnas, los automóviles cero kilómetro financiados en cuotas. No se trata de condenar el consumo ni de desconocer el derecho de las personas a mejorar sus condiciones de vida. El problema aparece cuando el acceso a bienes materiales se convierte en la principal medida del bienestar y desplaza la construcción de ciudadanía, la organización colectiva y la comprensión de las bases materiales que reproducen la desigualdad.

La pregunta es si, mientras mejorábamos las condiciones de vida, construíamos los cimientos necesarios para impedir que la sociedad volviera a quedar sometida a las formas deshumanizantes del capitalismo.

La alternancia no es un destino

Después de los gobiernos progresistas llegó la alternancia. Sus defensores nos explicaron que se trataba de una fortaleza de la democracia, de un ciclo político que había terminado y que, por lo tanto, debía aceptarse como parte de la normalidad institucional.

Pero en esa explicación se instaló, casi sin advertirlo, una idea tranquilizadora: si todo es un ciclo, después del invierno vendrá nuevamente el verano; después de la derecha, volverá la izquierda.

Sin embargo, la historia no funciona como las estaciones. Y, por cierto, hasta la secuencia de las estaciones está siendo alterada por un capitalismo que ha contribuido decisivamente a la crisis climática.

La alternancia electoral es legítima y necesaria en democracia. Lo que no podemos hacer es confundirla con una garantía de retorno. Las elecciones no obedecen a un movimiento circular que asegure que las mismas fuerzas volverán a ocupar el lugar que dejaron.

Hoy, muchos progresismos parecen adormecidos por el clima de época y por la esperanza de que, si moderan sus posiciones, diluyen sus diferencias y se adaptan a las expectativas dominantes, recuperarán el apoyo perdido.

Pero ¿qué tienen para ofrecer a los sectores sociales que hoy viven en la precariedad, la incertidumbre y la exclusión? ¿Los conocen? ¿Han estudiado sus condiciones materiales, sus expectativas, sus frustraciones y sus formas de relacionarse con la política?

Una parte de esos sectores es muy distinta de la clase trabajadora industrial del siglo XX. No alcanza con repetir recetas antiguas ni con apelar a una memoria histórica que, por sí sola, ya no logra interpelar a las nuevas generaciones.

De lo que se trata es de elaborar nuevas respuestas a partir del conocimiento de la realidad material, de las transformaciones producidas y de los sujetos sociales que esas transformaciones han generado.

Un capitalismo de concentración oligárquica

El capitalismo contemporáneo no ha dejado de ser global. Sin embargo, ya no alcanza con describirlo únicamente a partir de la globalización de los mercados y de la circulación internacional de mercancías.

Su poder se concentra en una oligarquía transnacional, tecnológica y financiera, que acumula recursos económicos, capacidad de decisión e instrumentos de control social. Sus formas de organización y dominio adquieren, en algunos aspectos, características que recuerdan a las relaciones feudales: una enorme concentración de poder en manos de actores privados, frente a sociedades que pierden capacidad de decidir sobre dimensiones fundamentales de su propia existencia.

Durante décadas, este capitalismo contribuyó a fragmentar las sociedades, debilitar organizaciones, dispersar luchas colectivas y erosionar identidades compartidas. Al mismo tiempo, se fue instalando una cultura de la desesperanza, el mal humor y el desencanto.

Las personas son convocadas a competir entre sí, responsabilizadas individualmente por sus fracasos y empujadas a resolver de manera privada problemas que tienen causas sociales. La inseguridad deja de percibirse como una condición estructural y se transforma en una experiencia individual, muchas veces acompañada de culpa, frustración y resentimiento.

En ese terreno prosperan los discursos que prometen soluciones simples, identifican enemigos y ofrecen la ilusión de recuperar un orden perdido. Allí encuentran espacio el autoritarismo, el pensamiento retrógrado y las explicaciones mágicas que sustituyen el análisis de la realidad por la búsqueda de culpables.

La hegemonía cultural y los límites de una respuesta parcial

Frente al avance de las ultraderechas, algunos sectores progresistas comenzaron a advertir que sus adversarios estaban utilizando herramientas teóricas que las propias izquierdas habían dejado de trabajar políticamente, entre ellas, las ideas de Antonio Gramsci sobre la hegemonía cultural.

La paradoja merece atención. Las derechas más radicales han comprendido que el poder no se sostiene solamente mediante la propiedad, el control de los recursos económicos y la fuerza, sino también mediante la capacidad de producir sentidos comunes, definir los problemas públicos y establecer qué ideas parecen razonables, posibles o inevitables.

Pero las derechas no necesitan partir de cero: cuentan con el respaldo de las estructuras materiales del capitalismo, de sus recursos económicos y de buena parte de sus instrumentos de difusión y reproducción ideológica.

Las izquierdas, en cambio, necesitan articular la disputa cultural con una propuesta de transformación de las condiciones materiales y de las relaciones de poder. No basta con disputar discursos en las redes sociales, responder a cada provocación ni construir mensajes más atractivos. Se requiere una comprensión sistémica de la sociedad y de los mecanismos que reproducen la desigualdad y la dominación.

La hegemonía no se construye solamente con ideas. También se construye con intereses, instituciones, prácticas sociales, experiencias cotidianas y relaciones materiales. Por eso, una izquierda que pretenda disputar el sentido común debe volver a estudiar la sociedad, reconstruir vínculos colectivos y producir una alternativa capaz de hacerse realidad en la vida de las personas.

¿Quiénes son hoy los sujetos del cambio?

Las nuevas condiciones del trabajo han transformado también la fuerza laboral.

Esto no significa que la clase trabajadora haya desaparecido, sino que se ha transformado, fragmentado y diversificado. Conviven trabajadores industriales, empleados, trabajadores de plataformas, informales, cuentapropistas, desempleados y personas que alternan períodos de trabajo con otros de desocupación.

Entonces, ¿cómo se estructura hoy la sociedad? ¿Qué clases y sectores la componen? ¿Qué relaciones mantienen con los medios de producción, la propiedad, los ingresos, el trabajo y la apropiación de la riqueza? ¿Qué posibilidades tienen de organizarse, reconocerse como parte de un colectivo y construir una representación política propia?

No podemos responder estas preguntas sin estudiar las nuevas condiciones materiales de existencia.

El economista británico Guy Standing, por ejemplo, desarrolló el concepto de precariado para referirse a un sector social caracterizado por la inseguridad laboral y económica, la inestabilidad y la pérdida de garantías asociadas al empleo.

El precariado reúne realidades diversas: trabajadores temporales, informales, contratados por proyectos, mal remunerados y sin perspectivas claras de desarrollo profesional. Muchos carecen de vacaciones pagas, cobertura social suficiente, estabilidad laboral o garantías para acceder a una jubilación digna.

A esa inseguridad se suma una contradicción particularmente dolorosa: personas que estudiaron, se capacitaron y realizaron los esfuerzos que la sociedad les indicó como necesarios para construir un futuro, pero que no encuentran un lugar acorde con sus expectativas y capacidades.

La sobrecualificación, la frustración y la incertidumbre permanente producen malestar y enojo. La ausencia de una identidad laboral estable, de representación política y de espacios de organización colectiva aumenta la vulnerabilidad frente a los discursos extremistas.

En esas condiciones, la frustración puede canalizarse hacia la búsqueda de culpables. Los migrantes, por ejemplo, se convierten en blanco de discursos que los responsabilizan por la pérdida de empleos, el deterioro de los servicios públicos o la inseguridad, ocultando las causas estructurales de esos problemas.

Pero el precariado no constituye un conjunto homogéneo. Lo integran personas con trayectorias, intereses y expectativas diferentes. Por eso, reconocer su existencia no resuelve por sí solo el problema de construir un sujeto político colectivo.

Hay sectores que han perdido su pasado: el trabajo, la profesión, el lugar social que ocupaban y las certezas sobre las que construían su identidad. Otros, como muchos migrantes, llegan a un territorio donde carecen de redes, reconocimiento y derechos suficientes para desarrollar una vida digna, estos carecen de presente. Y están también quienes hicieron todo lo que se les exigía para asegurarse un futuro y descubren que ese futuro no está garantizado.

Son experiencias diferentes, pero atravesadas por una misma incertidumbre: la dificultad de construir un lugar propio en la sociedad y de imaginar un futuro compartido.

La pregunta para las izquierdas es cómo transformar esas experiencias dispersas en conciencia, organización y capacidad de acción colectiva. Cómo construir un nosotros donde hoy predominan la competencia, el aislamiento y la desconfianza.

Del extrañamiento a la cosificación: recuperar la dimensión humana

Aquí resulta imprescindible recuperar algunas categorías del pensamiento crítico.

Para Marx, el extrañamiento o la alienación describe la pérdida del vínculo del ser humano con su propia actividad creadora, con los demás y con sus posibilidades de desarrollar una vida libre. En el capitalismo, el trabajo, que podría ser una actividad consciente, creadora y colectiva, se convierte para quien lo realiza en una actividad ajena, impuesta y subordinada a necesidades que no controla.

El trabajador pierde el dominio sobre lo que produce, sobre las condiciones en que trabaja y, en buena medida, sobre el sentido de su propia actividad. El trabajo deja de ser una vía para realizar sus capacidades y se transforma en un medio de supervivencia.

Esta separación deshumaniza. Las personas pasan a enfrentarse entre sí como competidoras por un empleo, un ingreso, una oportunidad o un reconocimiento cada vez más escasos.

El extrañamiento permite comprender cómo las relaciones capitalistas afectan no solo las condiciones económicas, sino también la relación de las personas consigo mismas, con los demás y con su propia humanidad.

Georg Lukács retoma esta problemática a través del concepto de cosificación. En la sociedad capitalista, las relaciones entre las personas aparecen como relaciones entre cosas, mientras la lógica de la mercancía invade dimensiones cada vez más amplias de la vida social.

La pregunta de fondo es cómo se reproduce la dominación del capital no solamente en la economía, sino también en la conciencia. El ser humano termina percibiéndose a sí mismo y a los demás según criterios de utilidad, rendimiento, precio y competencia, perdiendo la capacidad de comprender las relaciones sociales como una totalidad histórica que puede transformarse.

Estas categorías nos ayudan a interpretar una dimensión fundamental del malestar contemporáneo. No se trata únicamente de pobreza, desempleo o pérdida de derechos. Se trata también de la pérdida de sentido, de la fragmentación de los vínculos y de la dificultad para reconocerse como parte de una comunidad.

Una sociedad que convierte a las personas en competidoras permanentes debilita las condiciones necesarias para construir solidaridad. Y una sociedad sin solidaridad queda más expuesta a quienes ofrecen respuestas autoritarias, identifican enemigos y prometen restaurar un orden perdido.

Por eso, la crítica al capitalismo no puede limitarse a denunciar la concentración de la riqueza. Tiene que incluir la defensa de la dignidad humana, la reconstrucción de los vínculos sociales y la recuperación de la capacidad colectiva para decidir sobre nuestras condiciones de existencia.

La personalidad histórica de una sociedad

La personalidad histórica de una sociedad está constituida por el conjunto de rasgos, valores, prácticas, instituciones y formas de vida que la caracterizan en un período determinado. Se construye a lo largo del tiempo, a través de experiencias compartidas, conflictos, conquistas, derrotas y formas de relacionarse consigo misma y con otras sociedades.

No es una esencia inmutable ni una identidad que permanezca intacta. Es una construcción histórica, atravesada por contradicciones y transformaciones.

Comprenderla resulta fundamental para una fuerza política que pretenda transformar la sociedad. No alcanza con importar modelos, repetir experiencias de otros países o elaborar programas sin conocer las características de la sociedad en la que se quiere intervenir.

Las izquierdas necesitan conocer la memoria histórica, las tradiciones populares, las formas de solidaridad, los conflictos y las aspiraciones que conforman la experiencia colectiva de cada pueblo. Necesitan comprender qué permanece, qué se ha transformado y qué nuevas posibilidades de cambio están emergiendo.

En Uruguay, esta tarea implica reconocer tanto las tradiciones democráticas y republicanas como las experiencias de organización popular, las luchas por los derechos sociales, la resistencia a la dictadura y la construcción histórica del Frente Amplio. Pero también exige estudiar las transformaciones de las últimas décadas, sin suponer que la identidad política del pasado se reproducirá automáticamente en el presente.

La memoria es una fuente de aprendizaje, no una garantía de futuro.

Si aceptamos que estamos ante una transformación profunda del capitalismo y de la estructura social, las izquierdas, el Frente Amplio – si sigue reconociéndose como una fuerza transformadora de la sociedad- debiera preguntarse, ya no solamente cómo mantener votos y gobierno. La cuestión central es cómo reconstruir una alternativa política capaz de comprender el presente, disputar el poder y ofrecer un futuro colectivo.

Para ello, propongo cuatro tareas fundamentales:

1. Encontrar el punto de Arquímedes.

«Denme un punto de apoyo y moveré el mundo». La conocida frase atribuida a Arquímedes nos invita a identificar el punto de apoyo desde el cual es posible producir una transformación. Para las izquierdas, supone reconocer las contradicciones centrales de esta etapa, los recursos sociales disponibles y las capacidades colectivas sobre las que puede construirse una alternativa.

2. Identificar a los sujetos del cambio y construir una alianza social.

Es necesario estudiar la composición actual de las clases sociales, reconocer sus diferencias, comprender sus intereses y encontrar los puntos de encuentro que permitan construir un bloque social capaz de impulsar los cambios.

Los trabajadores y trabajadoras son una fuerza organizada cardinal en esta sociedad, hay que incorporar otros.

Analizar como se transformaron las capas medias. Por ejemplo; ¿en la región del rio de la Plata existió una clase media caracteristica de aquí, sigue siendo hoy predominante?

Los nuevos sectores como los precarizados, que caracterizamos anteriormente.

Las mujeres que constituyen más de la mitad de la población y las encontramos más representadas en los sectores precarizados, explotados y vulnerados.

No se trata de sumar sectores de manera electoral ni de reunir demandas dispersas en un programa. Se trata de construir intereses comunes, conciencia colectiva, organización y voluntad de transformación.

3. Conocer las bases materiales de la sociedad.

Toda estrategia política necesita comprender cómo se produce y distribuye la riqueza, quiénes concentran el poder económico y tecnológico, cómo se organiza el trabajo y qué mecanismos reproducen la desigualdad.

Reconocer el sistema pratiarcal; su división sexual del trabajo, los recurso y los reconocimientos.

Sin ese conocimiento, la política corre el riesgo de convertirse en una administración de lo existente, incapaz de modificar las relaciones que producen la injusticia.

4. Comprender lo nuevo popular.

Es necesario conocer qué moviliza hoy a los sectores populares, qué expectativas tienen y cuáles son sus formas actuales de resistencia y solidaridad. También debemos comprender qué debilita al adversario y qué condiciones permiten disputar su hegemonía.

Esta tarea no puede quedar exclusivamente en manos de especialistas ni limitarse a los períodos electorales. Requiere una red permanente de luchadores y luchadoras sociales, organizaciones territoriales, militantes, trabajadores, intelectuales y colectivos capaces de producir conocimiento desde la experiencia, vincularlo con la teoría y transformarlo en acción política.

El desafío es volver a unir pensamiento y práctica, conocimiento y organización, diagnóstico y proyecto.

El desafío de las izquierdas

Las derechas avanzan porque han sabido aprovechar las fracturas sociales, el malestar y la desconfianza. Pero también porque, en muchos lugares, han conseguido construir una explicación del mundo, identificar adversarios y ofrecer una promesa de orden, aunque esa promesa se sostenga sobre la exclusión, la desigualdad y el autoritarismo.

Las izquierdas no pueden limitarse a denunciar los peligros de ese avance ni confiar en que los errores de las derechas les devolverán el apoyo popular. Tampoco pueden resignarse a administrar las consecuencias de un sistema que dicen querer transformar.

Necesitan recuperar su capacidad de interpretar la realidad, producir pensamiento propio y construir una alternativa que articule justicia social, democracia, soberanía y dignidad humana.

Esto exige volver a politizar la política: dejar de concebirla como una carrera individual, una actividad exclusivamente electoral o una gestión eficiente de lo existente. La política es, ante todo, una construcción colectiva de poder, de sentido y de futuro.

El desafío no consiste en regresar al pasado ni en renunciar a las conquistas alcanzadas. Consiste en comprender por qué las herramientas que fueron eficaces en una etapa ya no alcanzan para responder a las contradicciones de la actual.

Las izquierdas tienen que estudiar nuevamente la sociedad, escuchar a quienes han dejado de sentirse representados, reconstruir sus vínculos con los sectores populares y recuperar una ética política que coloque los intereses colectivos por encima de las ambiciones individuales.

Porque no habrá una alternativa emancipadora sin sujetos capaces de construirla, ni sujetos colectivos sin organización, formación, conciencia y un horizonte común.

La tarea no es esperar que la historia vuelva a colocarnos donde estuvimos. Es comprender la historia que estamos viviendo para tener la capacidad de transformarla.

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