El mundo está mal y puede empeorar

Julio Castillo
El Chasque 246
17/07/2026

Si saliéramos a la calle a preguntarle a la gente si cree que el futuro será mejor que el presente, lo más probable es que la mayoría responda que no o simplemente no la sabe porque no lo tiene imaginado. Hoy se vive el día a día; al igual que el viento empuja las hojas de los árboles en otoño, así vamos rodando por la vida.

Visto el actual rumbo de los acontecimientos en la mayoría de los países europeos y de América Latina podemos identificar algunas señas que no son características aisladas sino que se repiten en mayor o menor medida. Entre ellas nos encontramos con el avance o triunfo de la ultraderecha, el desplazamiento de los sectores liberales democráticos, el descreimiento de la democracia como sistema de gobierno y la derrota de los progresismos.

En particular en América Latina estos procesos se aceleraron a partir del triunfo de Trump y su estrategia de la Seguridad Nacional donde abiertamente se dice que América Latina les pertenece y no van a permitir que esta zona sea disputada por otros intereses (principalmente económicos) contrarios a EEUU.

Podemos decir que ante la crisis estructural del sistema capitalista de no poder impedir la caída de la tasa de ganancias a pesar de los niveles de inversión en tecnología para aumentar niveles de productividad, comienzan a surgir nuevas formas de fascismo, de autoritarismos, de nuevos enemigos externos e internos responsable a la actual crisis, de nuevas guerras y amenazas globales con el objetivo de reconfigurar las relaciones de poder, encontrar nuevos campos para apropiarse de las rentas generadas en esos países e imponer condiciones que favorezcan al despliegue y voracidad del capital. Es la invasión y secuestro del presidente Venezolano y la apropiación del petróleo, el oro y minerales necesarios para su industria. Es Argentina, una nación orgullosa, hoy sometida y entregada por Milei a los intereses de los EEUU… y así va por los distintos países imponiendo sus condiciones.

En la otra punta Israel con su militarismo y fascismo bombardeando el sur del Líbano y apropiándose de territorios de Cisjordania y Gaza. La propia Europa que se debate entre el fascismo y la democracia plantean un marco poco optimista para el conjunto de la humanidad.

Imaginemos esas inmensas fuerzas vistas por un simple ciudadano a través de los medios de comunicación, las redes sociales, va consolidando y construyendo la idea de que es imposible sobreponerse a esa realidad o simplemente queda encomendarse a Dios para ser salvado en el día del juicio final. Otros sobreviven alienados en sus trabajos y en el acto de consumir con la creencia y confusión de que esto último es la esencia de la libertad. “La exigencia se convirtió en autoexigencia, con todo lo que ello implica de cara al agotamiento: el digital burn-out, la ansiedad sin fin, el permanente sentimiento de no estar haciendo lo suficiente” (Byung-Chul Han)

Es el gran triunfo del capitalismo y sus representantes en el plano cultural e ideológico el haber convencido a millones que la salida es individual y el consumo, el fin de todo esfuerzo o sacrificio. Destruir lo público, lo colectivo, barrer con toda experiencia que confronte con ese sentido es parte de la actual batalla. Las personas aisladas entre sí, creyendo que su vida depende exclusivamente de la voluntad y exclusivamente de su propio esfuerzo, son presas de las peores tendencias y manifestaciones políticas del sistema capitalista. Seres sin conciencia social, donde todos son competidores y enemigos entre sí, es la base social para el fascismo actual.

La izquierda no ha sabido confrontar y disputar esta nueva realidad social y emocional. Hasta ahora se ha movido dentro del marco institucional, en una pretendida defensa de la democracia y del sistema capitalista, de la necesidad del consenso, mientras la ultraderecha aparece como “revolucionaria”, apuntando a cambiar aquellas cosas que someten al individuo: léase el Estado, impuestos, derechos, obligaciones conjuntas vinculado a lo público; educación, salud, etc.

¿Qué vendrá en América Latina luego de los gobiernos de ultraderecha?

Ya vemos un adelanto de cómo actúan cuando nos enteramos que la Coalición de derecha no piensa votar la rendición de cuentas. Ellos apuestan a que Uruguay se hunda y no les importa el costo social con tal de lograr el objetivo de hacer fracasar al gobierno del Frente Amplio. La mezquindad es muy grande. Ante esto no alcanza con declaraciones, es necesaria la movilización de la izquierda para desnudar y confrontar con el verdadero sentido y característica de esta coalición reaccionaria.

La ultraderecha no tiene nada nuevo que ofrecer, salvo acciones que reconstituyan una mayor explotación del capital unido a una propuesta represiva hacia los sectores populares bajo la construcción de un enemigo interno y con el apoyo de Dios.

Bukele, dice: “Mi poder viene de Dios”. Trump, Milei y Bolsonaro entre otros ultraderechistas afirman tener el respaldo de Dios. Inclusive existe un pueblo elegido por Dios. Este argumento es evidentemente dirigido a aquellos sectores muy atrasados que creen, como la selección colombiana de fútbol que el resultado de los partidos dependieran de cómo se haya levantado Dios ese día y no de las habilidades de los jugadores y de los imponderables del juego.

Vuelve a sonar la lucha contra el narcoterrorismo, ya conocida desde el período de Ronald Reagan bajo el título de la “guerra contra las drogas”.

Es decir, dolor y desgracias para la gran mayoría del pueblo, salvo una élite económica que se enriquece cada vez más con esas medidas.

La ultraderecha es la última reacción de carácter violento para evitar la caída o el desplazamiento de las clases dominantes, evitar que el movimiento popular avance y construya verdaderos gobiernos democráticos y populares.

Las democracias liberales ya no son funcionales ni acompañan las necesidades y urgencias de reproducción del capital. Esa reproducción es cada vez más violenta porque no le alcanza con apoderarse de los recursos naturales o de la renta creada en los circuitos productivos, sino que toma por asalto las pasividades, desregula el trabajo y destruye los sistemas de protección social, la salud pública, etc.

En el caso de Uruguay hay interés particular por parte de la oligarquía y el capital financiero por las empresas públicas, la salud y la educación. Uruguay es de los pocos países que aún conserva bajo control estatal y públicas determinadas áreas de la actividad social y económica.

Es una vieja receta el argumentar que lo público frena el desarrollo de la sociedad, solo el mercado en su “libre competencia” puede lograr una mejor calidad de vida.

Hasta ahora eso no ha funcionado.

Insisten en atacar ANCAP y proponen la libre importación de combustible refinado. Obviamente que saldríamos de un monopolio estatal y público para pasar a un monopolio privado. Quedaríamos sometidos al vaivén de precios y stock, perdiendo soberanía.

Lucrecia Martel, cineasta argentina, señala que vivimos en un mundo donde la incertidumbre es planetaria y la respuesta a esa situación es la imaginación. En una época increíblemente transparente donde el poder y sus entretelones siniestros se revela con toda su mezquindad de una forma totalmente clara, sin ocultamiento; también abre la posibilidad de confrontar, sin vueltas ni artilugios, a los enemigos de la humanidad.

Por lo tanto creemos que el camino es la lucha y organización de los pueblos contra el capitalismo y el fascismo. Nada nuevo ni nada humano nacerá de los gobiernos de la ultraderecha. La historia así lo ha demostrado. No vale la queja, es necesario saber que podemos cambiar el rumbo de los acontecimientos, que podemos construir un mundo dónde sea posible vivir con dignidad, pero debemos saber que hay que derrotar en forma efectiva a los portadores de las desgracias. Aislarlos y quitarle el poder de tal forma que no puedan hacer más daño.

Por lo tanto, que el mundo empeore o no, dependerá de lo que hagamos.

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