UN MUNDO CON ALMA

Socióloga Liliana Pertuy
El Chasque
21/05/2026

No es casualidad que hoy sea 1° de mayo. No es un día más: es el día en que las mayorías del mundo se miran a sí mismas y recuerdan algo fundamental: nada de lo que tenemos nos fue regalado.

Ningún derecho cayó del cielo. No fue obra de dioses, ni de reyes, ni de oligarcas. Fue producto de la lucha, del conflicto, de la organización y —sí— del sacrificio. Hubo quienes arriesgaron y perdieron todo para que hoy existan condiciones mínimas de dignidad. Recordarlo no es un gesto simbólico: es una necesidad política.

Porque si algo define esta época es la pérdida de esa conciencia.

Vengo rumiando hace unos días —en realidad, hace una vida— algunas ideas, porque no soy la genia de la lámpara de Aladino. El pensamiento se construye, se alimenta, se contradice, va y viene hasta que aparece el click.

En pleno siglo XXI, cuando el desarrollo científico y tecnológico alcanzó niveles inéditos, el poder no se debilitó: se concentró. Nunca fue tan grande, tan sofisticado, ni tan difícil de disputar.

Como señalaba Marx, y la historia no ha desmentido, el conflicto sigue estructurando la sociedad. Y como advertía Mao, el poder no es una abstracción: es lo único verdaderamente real en términos políticos. Hoy ese poder circula en circuitos cerrados, se reproduce entre pares y establece sus propias reglas de acceso. No se comparte: se administra.

Al mismo tiempo, emerge una capa funcional a ese orden: un “lumpen aspiracional burgués”. No posee el poder, pero vive orbitando alrededor de él. Lo defiende, lo legitima, lo ejecuta. Es la corte contemporánea.

La novedad no es solo la concentración del poder, sino su capacidad de penetración. Nunca antes fue posible influir, moldear y manipular a millones de personas en tiempo real. La tecnología amplificó las posibilidades humanas, pero también perfeccionó los mecanismos de dominación.

Y aquí aparece una de las operaciones más eficaces de nuestro tiempo: la apropiación de la idea de libertad.

Se nos dice que somos libres porque elegimos. Pero ¿qué elegimos realmente? Si el deseo es producido, inducido, modelado, ¿qué tipo de libertad es esa? Consumir, mostrarse, circular en plataformas que capturan nuestra atención: eso aparece como realización personal. Pero puede ser, también, una forma renovada de servidumbre.

La filósofa Simone Weil lo planteaba con claridad: no hay libertad sin articulación entre pensamiento y acción. Sin esa unidad, lo que hay es adaptación.

El problema es que esa capacidad de pensar —de interrogar el deseo, de cuestionar lo dado— está siendo erosionada. No solo por la desigualdad en el acceso al conocimiento, sino por algo más profundo: la desvalorización del saber.

Hoy no solo existe ignorancia; existe su reivindicación. Se construye una cultura donde no saber no es un problema, sino casi una identidad. Y eso no es inocente: una sociedad que desprecia el conocimiento es una sociedad más fácil de gobernar.

Mientras tanto, el saber se concentra. Las academias producen conocimiento, pero muchas veces lo hacen hacia adentro, sin circulación social real. Se fragmenta el tejido colectivo, se debilita el capital social, y el malestar se gestiona en lo individual: consumo, entretenimiento, aislamiento.

Sin embargo, no partimos de cero. El siglo XX —ese “siglo corto” del que hablaba Hobsbawm— dejó experiencias, incluso en su fracaso. Hubo intentos concretos de organizar la sociedad de otro modo. No alcanzaron, pero existieron. Y eso importa: porque demuestra que lo dado no es lo único posible. Fue un siglo corto, pero fue el siglo del socialismo; el siglo del auge de estas ideas, de los intentos contrarios al capitalismo. Fracasados, sí, pero no venimos de la nada: tenemos décadas de experiencias. El socialismo real, la planificación, la socialdemocracia frustrada de Olof Palme. Y también tenemos más de 40 años desde el “fin de la historia” proclamado por los agoreros de la muerte de las ansias de liberación de los yugos humanos.

Entonces, la pregunta no es abstracta, es concreta:
¿Vivimos mejor?
¿Somos más libres?
¿Nuestros deseos nos pertenecen?

Responderlas exige algo más que diagnóstico: exige posicionamiento.
Si el problema es la concentración del poder, la respuesta no puede ser la adaptación a sus reglas. Tiene que ser su transformación.

Eso implica, en primer lugar, volver a colocar a las mayorías —a los trabajadores y trabajadoras en sentido amplio— en el centro de la vida política.

Revolucionando la democracia.
Implica también democratizar lo que hoy aparece como intocable: la economía. Los mercados existieron antes del capitalismo, pero hoy condicionan la vida en su totalidad. No puede quedar librado a su lógica aquello que hace posible la existencia: la salud, la vivienda, la alimentación, la educación.

Priorizar la vida.
Hay que quitar del mercado cuestiones esenciales para la vida en el planeta: nada más ni nada menos que sostener la vida. Debo garantizar la vida. Debo regular para garantizarla.

¿Prohibir el mercado? No. Puede existir, como siempre, pero no puede especular poniendo en riesgo la vida humana y la humanidad.
Regular no es un exceso: es una condición de supervivencia colectiva.
Pero no alcanza con limitar. Hay que construir.

Disputar siempre. No se construye desde otro lugar. ¿Para qué? Para no aceptar el poder dominante. Porque si lo acepto, acepto sus reglas.

Construir otra forma de poder. Y eso supone un doble movimiento: dejar de reproducir las lógicas del poder dominante y, al mismo tiempo, generar nuevas formas de organización.

Más horizontales. Más colectivas. Más abiertas a la participación real.
Democratizar, profundizar la democracia.

Haciendo que avance realmente: incorporando a todos y todas. Demodiversidad: sus voces, sus conocimientos, sus prácticas. Diversidad, paridad, igualdad.

Las tecnologías que hoy se usan para concentrar podrían utilizarse para democratizar decisiones, ampliar la deliberación, distribuir la capacidad de incidencia.

No hay garantías. No hay modelos cerrados. Y, sobre todo, no hay salvaciones externas.
No hay paraísos que vengan dados: todo lo que exista tendrá que ser construido.

¿Podrá ser mas corto el medioevo que venga?
Por eso la utopía no es ingenuidad: es dirección. Es lo que permite no aceptar el presente como destino.

Un nuevo espíritu de época no va a surgir espontáneamente. Va a depender de la capacidad de disputar sentido, de reorganizar el poder y de reconstruir el vínculo entre pensamiento y acción.

Ahí, y no en otro lugar, se juega la posibilidad de un mundo con alma.

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