Fuente: Hormiga Roja
Gabriel Delacoste
HR#21 | Los que cambian el mundo -oct 26, 2026
El Chasque 260
6/12/2026
1. Las derechas avanzan. Todo el mes circularon en las redes sociales mapas que mostraban a América del Sur pintada de derecha. La victoria de Lula corrige el mapa, y da para celebrar. Sería un error, sin embargo, que esta victoria nos traiga tranquilidad.
1.1. La fortaleza progresista está rodeada. No está mal recordar que no es imposible ganarle elecciones a las derechas en Sudamérica. Incluso, alejando la mirada, el piso electoral de los partidos históricos de la izquierda es alto si se lo compara con el siglo XX. Una mirada optimista podría decir: siguen el empate y la alternancia, y solo hay que esperar a que el péndulo se mueva a nuestro favor. El problema con esta lectura es que pasa por alto que desde 2015, las derechas, cuando gobiernan, logran hacer reformas relevantes (reglas fiscales, leyes represivas, desregulaciones, etc.) y las izquierdas no solo no hacen reformas de calado equivalente en la otra dirección, sino que ni siquiera son capaces de revertir las de la derecha. Gobernar en esta situación solo sirve para impedir que gobierne la derecha, ganando tiempo para desde la retaguardia reconstruir agenda y fuerza. El progresismo y el nacionalismo popular siguen siendo útiles para ganar tiempo, aunque no sean capaces de producir cambios. El problema es que el costo de ganar es alto. Primero porque las victorias han necesitado coaliciones amplísimas en las que se acepta, bajo la bandera de la democracia, el programa del extremo centro, asegurando que el gobierno resultante no va a resolver ningún problema, y que la sociología que alimentó el crecimiento de la derecha se va a seguir reproduciendo. Para la izquierda, los recursos políticos y mentales necesarios para defenderse como oficialismo desvían las energías de las actividades de retaguardia en las que se debería usar ese tiempo. Es muy difícil celebrar a las democracias nacidas en los 80 como la mejor situación posible y al mismo tiempo proyectar una situación nueva, en la que se pueda resolver algún problema. El centro progresista, incluso moribundo, es mucho más poderoso y cohesionado que la izquierda, y entiende que su supervivencia depende de mantener a raya lo nuevo, solo soltándolo de a ratos para que pelee en las elecciones. Las alianzas con el centro para ganarle a la derecha pueden ser necesarias, pero son también peligrosas. Hacer política en esta situación implica caminar por una cornisa, sin nunca olvidar que la tarea principal es la reconstrucción de la fuerza y el programa.
1.2. La demonización de la extrema derecha tiene un límite. Lo que llamamos extrema derecha ya ocupa, en la mayor parte de América del Sur, toda la mitad derecha del espectro político, y es la fuerza de gobierno por default. Cuenta con élites más creativas, un contexto internacional más favorable y una agenda de reformas más clara. Es evidente que a la mayor parte de la gente no le asustan Milei, Bolsonaro ni Bukele. La demonización, más que aislar a la derecha, nos aísla a nosotros. Si a esto se suma que la demonización acusa a la derecha de antisistema y las alianzas contra ella incluyen a buena parte del establishment, la izquierda queda en minoría, sin programa y defendiendo a un status quo decadente. La polarización, sin embargo, nos ha dado en algunos lugares un regalo inesperado. Es que las derechas también demonizan al socialismo. Es posible dar vuelta su truco y usar la demonización como forma de ganar posiciones en la economía de la atención y desde ahí crecer. Sí: somos esos socialistas de los que tanto hablan.
1.3. La rareza llega a Uruguay. La extrema derecha, por el momento, no es una fuerza relevante en Uruguay. Pero está buscando la rendija por la que colarse. Lacalle reconoce que le faltó audacia, se formó una filial uruguaya de La Libertad Avanza, Ojeda promete bukelismo, los medios levantan a Lust, y pueden aparecer otros (incluyendo la posibilidad de un frenteamplismo freak que abarque el espectro desde Oddone hasta Manini). La oportunidad está, aunque no sepamos quién la va a aprovechar. Todos los países de América del Sur tuvieron una elección rara, bisagra, en la que se desorganizó el sistema político. Es razonable pensar que la próxima va a ser la elección rara de Uruguay. Hace diez años muchos decíamos que el progresismo estaba en crisis y la derecha era favorita para ganar. Hace dos años, que el FA corría el riesgo de ganar las elecciones sin haber resuelto el agotamiento de su proyecto político. Hoy vemos el crecimiento de la desafección política, el escepticismo con la democracia y la atomización social. La mesa está servida. No debemos olvidar que Uruguay tuvo, igual que el grueso del continente, sustitución de importaciones en los 50, movimientos revolucionarios en los 60, dictaduras en los 70, democratización en los 80, neoliberalismo en los 90 y progresismo en los 2000. Es esperable que, a nuestra manera y a nuestro tiempo, acompañemos a la región.
1.4. Una hipótesis: la década derechista. Dado este panorama, debemos pensar al momento actual como el establecimiento de una agenda derechista que va a ser dominante en el mediano plazo. Esta agenda incluye: la intensificación de la represión y la vigilancia, incluyendo la creación de campos de concentración a la salvadoreña; la promoción de la inteligencia artificial, las criptomonedas, los enclaves extraterritoriales y otras formas de gobierno digital tendientes a la superación del estado territorial democrático; la intensificación del extractivismo, tanto de materias primas como de agua y energía, para buscar lanzar una nueva ronda de acumulación de la economía digital; la mercantilización, privatización y automatización profunda de todas las áreas de la vida, especialmente la sociabilidad, la cultura, la educación, la salud y la sexualidad; y la subordinación a Estados Unidos y su idea de dominación hemisférica. Este no es el neoliberalismo del Consenso de Washington, pero sí es una forma de neoliberalismo, más agresiva culturalmente y más profunda en la ambición de sus reformas. No es todavía evidente que los gobiernos de esta tendencia puedan producir hegemonías de largo plazo ni estabilidad política, pero en un punto no la necesitan: les alcanza con quebrar ciertas zonas del estado y la sociedad civil para abrir el camino a las vanguardias del gobierno privado, que son las que están creando nuevas formas económicas, organizativas y subjetivas. Trump es el vehículo de Thiel, no al revés. Que sea el momento de la derecha, de todos modos, no quiere decir que la derecha tenga que ser el centro de nuestra atención.
1.5. Hay que inventar algo. No es la primera vez que Sudamérica vive una década derechista. Los 90 nos recuerdan que, en una década derechista, pueden gobernar el progresismo y el nacionalismo popular: Fernando Henrique Cardoso y Carlos Andrés Pérez eran socialdemócratas, Menem peronista, Lagos socialista, Sánchez de Lozada era del viejo MNR, Sanguinetti batllista. Hoy nos parece ridículo asociar a estos nombres con la centro-izquierda, pero eso es un anacronismo de nuestra parte. Hubo un progresismo plenamente neoliberal. En esos tiempos, el dominio del neoliberalismo era tan total que se hablaba de “pensamiento único”, y había que adaptarse. Las izquierdas que derrotaron al Consenso de Washington no fueron esas, sino otras, las que estigmatizadas como “perfecto idiota”, estaban elaborando desde la minoría una respuesta, y buscando lentamente aliarse a los desertores del centrismo neoliberal. A la etapa que se logró abrir en los 2000 ya no se le puede pedir más. Chávez, Cristina, el Pepe y Lula van a tener que descansar en algún momento. Todo intento de hacer retroceder el tiempo es una distracción autodestructiva. Porque además, aún con todos sus logros, no lograron crear una alternativa de fondo a las formas de gobierno liberales ni crearon un cambio duradero en las relaciones de fuerza. Mirando hacia el futuro, podemos postular que las izquierdas que sí podrán derrotar a estas derechas y crear un momento nuevo no van a ser las mismas que hoy están siendo derrotadas, adaptándose o ganando tiempo. Si más o menos la mitad de la gente en todo el continente asocia a los progresismos y nacionalismos populares de las últimas décadas con la corrupción y la inoperancia (con más razón de la que quisiéramos admitir), lo que logre romper el cerco y llegar a esa gente va a tener que ser otra cosa. Mamdani (y el DSA) en Estados Unidos y Bregman (y el FIT) en Argentina, en países donde el despliegue de la extrema derecha está más avanzado, muestran que se puede abrir un camino socialista, que parte de la crítica a los populismos y progresismos anteriores (no sabemos todavía si van a poder armar alianzas incorporando a bases y desertores sin autodisolverse en el progresismo). Algo de la energía de la victoria de Lula vino de la aprobación del fin del 6×1, una reivindicación laboral nacida de la izquierda y de las periferias. Quizás algo nazca de ahí. Quizás las multitudes en Europa e India estén por producir algo similar. En esto hay que aprender de la derecha. Ellos lograron ser tan poderosos justamente porque mutaron, y no se reconocen en las derechas desacreditadas que siempre perdían con los progresismos.
2. Es necesario repensar las formas de la acción política para la nueva situación. La eficacia de la forma como las izquierdas pensaron y actuaron en lo que va del siglo XXI está decreciendo rápidamente. Esto incluye a todas las tendencias, por supuesto que a los progresistas y populistas, pero también a radicales, autonomistas y marxistas de diferentes pelos que nunca lograron (logramos) crear eficacia política en un primer lugar. No hay lugar para mirar a los demás desde arriba.
2.1. Vivimos una crisis de las mediaciones políticas. Imaginemos a la acción política como un rombo. En el vértice de arriba están los dirigentes políticos y en el de abajo las grandes masas. Los vértices del medio son los militantes y los intelectuales, cuyo trabajo es crear ideas, adaptarlas a cada lugar, producir vida social capilar, condicionar a los dirigentes, reproducir las organizaciones y, crucialmente, mover al abajo hacia transformarse él mismo en intelectual, militante y dirigente. Todo un nuevo mundo de técnicas de comunicación política y de consultores ha hecho obsoletas estas mediaciones. Los dirigentes pueden dirigirse a las masas sin necesidad de esa densidad política intermedia. Además, la institucionalización y profesionalización de ciertas zonas de la acción política han sustituido tareas que históricamente hicieron la discusión pública y el trabajo militante. El problema es que, sin intelectuales y militantes, la acción política se degrada, pierde dirección y continuidad. Militantes e intelectuales discuten, pero el dirigente mira el focus group. El focus group da Bukele, y el dirigente dice Bukele. Las organizaciones pierden sentido. La gente deja de militar. Las organizaciones quedan demasiado grandes para la poca gente que queda, y esos pocos toman demasiadas tareas y se queman. La militancia tiene aún menos peso para condicionar a los dirigentes. Produce menos cuadros y de menor calidad, que no se logran legitimar en los campos sociales e intelectuales. A esto se suma que el estado está perdiendo, con el avance de las formas de gobierno privado, capacidad de intervenir de forma eficaz en la sociedad, y que el mundo académico está cada vez más ensimismado. Es urgente la tarea de reconstruir las mediaciones, pero no como un imperativo moral. Intelectuales y militantes tienen que ser capaces de crear ideas y fuerza que los hagan tan poderosos que no se pueda prescindir de ellos. El pensamiento revolucionario siempre tuvo como base que el autoconocimiento colectivo produce poder. Pero eso requiere de imaginación institucional para reformar las instituciones existentes y crear nuevas.
2.2. Los militantes y los intelectuales tienen que amigarse con la técnica. Solemos pensar la política en términos de fines, estrategias y tácticas. Eso está muy bien, pero pasa por alto el nivel que está por debajo de la táctica: el de la técnica. Que incluye un repertorio enorme de capacidades, más interpersonales o científicas, más creativas o repetitivas, más nuevas o más viejas. Hay técnicas más y menos eficaces y eficientes. Hay técnicas más y menos intensivas en trabajo y capital. Hay técnicas más y menos difíciles de dominar. Estamos hablando, al final, de trabajo. La política es una cadena de montaje que produce ideas y poder. Y no lo está haciendo bien. Sin duda esto es porque no logra orientarse correctamente en sus fines y su estrategia (tenemos, sin embargo, una sobreproducción de genios tácticos), pero esto tiene también una dimensión técnica. Nos hemos encerrado en una mala interpretación de la idea gramsciana de “intelectual orgánico”: un intelectual orgánico no es el que opina y produce ideología, sino la emergencia, desde la clase trabajadora, de intelectuales-trabajadores que, por serlo, pueden llevar su conocimiento técnico a la política para producir capacidad de organizar la economía sin necesidad de la clase capitalista, deviniendo así clase dirigente. Las extremas derechas vienen montadas sobre todo un stack de técnicas políticas, que incluyen el trabajo con datos, la manipulación de emociones, la creación de equipos, etc.; técnicas que a su vez se apoyan en enormes aparatos que tienen atrás mucho diseño y mucha inversión, incluyendo a las famosas plataformas, cuyos efectos vivimos como aislamiento y confusión. Pero ese aislamiento y esa confusión son por diseño: no es en realidad mero aislamiento, sino organización en los términos de la plataforma. Que no tenemos que olvidar que es un medio de comunicación con una línea editorial explícitamente trumpista. Encontrar líneas de fuga para salir de ese encierro es en parte un problema práctico, técnico, que a su vez es necesario para reconstruir las mediaciones y la vida social. No solo hay que saber cómo usar la máquina, también hay que inventarle nuevos usos, saber cuándo no usarla y cómo crear máquinas nuevas. Esto implica ser anfibios, dentro y fuera del mundo virtual: si el militante se tiene que mover como pez en el agua en el pueblo, y el pueblo está en instagram, twitch, tiktok, discord o donde sea, ahí hay que estar. Necesitamos un espíritu de investigación y experimentación, de ensayo y error, y también de drástica disciplina para abandonar prácticas obsoletas, y para aplicar lo que encontramos que funciona, sea nuevo o viejo. No conviene negarse a explorar herramientas que pueden multiplicar la productividad del trabajo militante, especialmente cuando faltan manos. Las últimas semanas de la campaña de Lula muestran algo de esto, pero el desafío es transformarlo en capacidades permanentes. No es descabellado decir que consultores, influencers, gestores, tecnócratas y expertos en datos son nuevas formas de intelectuales orgánicos, que expresan transformaciones en el trabajo y, por lo tanto, en la clase trabajadora. No se trata entonces de rechazar sus saberes, sino de pensar cómo enmarcarlos, cómo hacerlos orgánicos, como hacer que dejen de ser freelancers, espontaneístas y consejeros del príncipe y pasen a construir organización permanente e ideas transformadoras. Algo más: gestionar grupos y organizaciones también es una técnica, que se aprende y se puede hacer mejor o peor. Si bien los seres humanos tenemos una capacidad inherente para la sociabilidad, conviene no confundir a la tarea (muy importante) de promover la sociabilidad con la de crear organización eficaz.
2.3. Sufrimos de una negatividad exagerada y mal dirigida. Tenemos muy claras las razones por las que no nos gusta la situación actual, pero no tenemos idea de lo que queremos. El radicalismo de la crítica va hasta el fondo: diagnostica que la vida entera fue tomada por el capital, ataca a la política, reniega de áreas de conocimiento enteras. No quiere disciplina ni libre elección. Al sufrimiento le agrega razones para sufrir más aún. La negatividad y la crítica, por supuesto, son indispensables, son de hecho el punto de partida de toda autoconciencia. Pero tienen que ser precisas y estar bien dirigidas. No debería ser necesario exagerar cuando las cosas están realmente tan mal. No deberíamos negarnos a la practicidad justo cuando el problema es nuestra impotencia. No nos ayuda crear reglas arbitrarias e imposibles de cumplir, ni inhibir la iniciativa y la decisión. A veces parece que el deseo de ser feliz, o de ser competente, son por sí mismos sospechosos o funcionales al sistema, lo que produce una capa totalmente innecesaria de neurosis. Aunque no parezca, estos son problemas ideológicos, que tienen que ver en buena medida con formas de pensar que se hicieron dominantes en algunos campos intelectuales de la izquierda en las últimas décadas. Esto tiene una dimensión generacional: los fallos autoinflingidos de la izquierda millenial fueron vistos por los más chicos. Si muchos se hicieron de derecha, fue en parte por ver nuestra inoperancia. Y si otros se están formando en la izquierda, tendrán que hacer algo distinto (en algunas zonas de internet la gente chica habla de la post-izquierda). La tarea por delante es la que no pudimos hacer en estos diez años de crisis de progresismo: ser capaces de ir más allá de identificar cosas problemáticas a deconstruir para inventar, por lo menos como idea, un futuro vivible, deseable, bueno.
2.4. No es fácil armar la coalición de los rotos. Por definición, la izquierda busca acercarse a los sectores subalternos de la sociedad. No es agradable ser subalterno, porque implica tener menos recursos, menos prestigio, menos oportunidades. Este es un momento especialmente difícil, en el que a las personas y las comunidades les está costando sostenerse. La tarea de la organización política puede ser demasiado exigente. En muchas zonas de la sociedad es necesario un trabajo pre-político, de crear o reconstruir, con infinita paciencia, el mínimo de mundo social en el que la organización pueda germinar. En otros momentos históricos, esto venía dado por las capacidades sociales espontáneas de las personas, pero en medio de la destrucción creativa neoliberal, es necesario hacerlo artificial y deliberadamente. Una de las razones por las que esto no es fácil es que no somos gente agradable. El aislamiento digital, la historia de fracasos, la tristeza, el resentimiento que nace de la desigualdad, y la falta de espacios para hacer síntesis profundas de lo que ha sucedido en estos años hace que no sea fácil soportarnos entre nosotros, incluso entre los parecidos. Mucho más cuando hay que hacer política de masas. No existen los normales en el mundo de los nichos digitales. No hay una lingua franca en la que comunicarnos: tenemos que hacer grandes esfuerzos de diplomacia, sin perder la autenticidad de la rareza de cada quien, que es la única base sobre la que se puede crear identificación y confianza. Debemos reconocer la racionalidad en la antipolítica que ve, con toda razón, que la política no resuelve nada. Debemos ver lo valioso en que las personas quieran mantenerse cuerdas, sanas y a flote económico y social, aunque lo hagan con recursos que tienen a la mano, que quizás no son los que elegiríamos. Ahí está la base social que hay que disputarle a la derecha. Tenemos que inventar excusas para poder invitar a las militancias desactivadas y desparramadas por ahí, que no necesariamente están al día con las que desde adentro se consideran discusiones actuales. Todo esto requiere de mucha generosidad, y de una mezcla extraña entre autoestima y capacidad de dejar de lado el ego, para poder soportar la presencia del otro. Sabiendo que, como con toda técnica que de a poco empezamos a dominar, se puede tener fe en que después del sufrimiento del aprendizaje inicial viene la explosión del saber, el placer y el poder.
2.5. La Extraña Guerra Mundial está acá. Un largo y confuso frente de guerra va de Rusia y Ucrania al Cáucaso al Levante a la Mesopotamia al Golfo Pérsico al Mar Rojo al Cuerno de África a los Grandes Lagos al Nilo al Sahara y el Sahel. Estados Unidos y China se disputan y reparten el mundo. La guerra extrema la presión competitiva de las economías y desestabiliza los flujos de bienes y dinero, y acelera la inflación. La propaganda enrarece la información y la discusión pública. La violencia se naturaliza. Lo que llamamos extrema derecha es, en parte, una emergencia de esto. Hace mucho que la disputa política en Sudamérica está permeada por la lucha entre potencias, y la región no es capaz de pensarse junta porque cada país está desgarrado internamente. Sobre la lucha de clases se monta la polarización ideológica, y sobre esta los bandos geopolíticos. Y la descomposición social, en última instancia producida por la competencia carnívora en un mercado mundial enloquecido, produce reclamos desesperados de orden. El clima político espantoso que vivimos es una expresión de la misma guerra que vemos por Youtube. No tenemos obligación de elegir un bando ni de pelear peleas que no son la nuestra. Pero no tenemos otra opción que resistir a los intentos de dominación de Estados Unidos, la potencia que nos reclama como zona de influencia. En eso, todo triunfo, aunque sea parcial y pasajero, cuenta. Sabiendo que las otras potencias pueden ser buenas para aprender cosas de ellas, para venderles y para contrabalancear, pero no nos van a venir a salvar. La guerra no está lejos, y nuestro pensamiento estratégico tiene que partir de una buena caracterización de lo que está sucediendo, que incluya ideas sobre cómo enfrentar los problemas de nuestro presente. Lo que necesita de una capacidad de ajustar el rumbo a la velocidad que cambian las situaciones, y de buscar aliados inesperados. Y, también, de ser conscientes de que la extrema incertidumbre del presente puede traer oportunidades, que nos fuerzan a tener siempre a mano un programa de máxima.
3. Hay que discutir en serio. La única forma de estar seguros de que no vamos a resolver los problemas es negándolos. Si nos enamoramos de nuestro régimen político, de los logros del pasado, de la autoimagen de la sociedad, el golpe de la realidad va a ser mucho peor. La incorrección política de la derecha nos hizo sospechar de los que dicen hablar sin prejuicios ni eufemismos, porque sabemos que lo suyo es pura imbecilidad y mala fe. Pero no deja de ser verdad que nos envolvimos a nosotros mismos de un lenguaje que nos impide comunicarnos y pensar. Que nuestros enemigos señalen nuestro punto débil nos debería ser útil. Es cierto que en las dinámicas micropolíticas virtuosas está lo fundamental, pero sin instituciones que protejan esa virtud, sin soluciones grandes a los problemas grandes, aún los más virtuosos se rompen de cansancio y aislamiento. Las ideas que nos saquen de acá tienen que ser tan directas y tan claras que parezcan ingenuas e inocentes, totalmente emancipadas de lo que la mediocridad de nuestra discusión actual pone como límites. Pero tienen que ser también implacablemente pragmáticas, capaces de dejar en ridículo a la confusión ideológica del centro, que se niega a soltar sus fantasías ochentosas y noventosas. La extrema derecha es espantosa, pero por lo menos es una expresión de la realidad actual. La izquierda que necesitamos tiene que encontrar algo luminoso en ese mismo presente. Para esto, no hay otra opción que enfrentar de forma metódica, uno a uno, los problemas. Lo que requiere de espacios protegidos en los que pensar, discutir y reconstruir, pero también la voluntad de salir al entrevero de la turbulencia.
